Francisco Pichón, coordinador residente de Naciones Unidas en La Habana. Foto: Enrique González Díaz (Enro)/Archivo.
Al concluir su misión, el Coordinador Residente de Naciones Unidas en Cuba, Francisco Pichón, reflexiona sobre algunas de las experiencias y lecciones que han marcado su mandato.
Toda misión deja huellas. Pero hay países que exigen algo más que el cumplimiento de nuestro rol como Coordinadores Residentes: exigen un compromiso con su historia, su trayectoria, sus desafíos… No sé cómo explicarlo mejor, pero servir en Cuba ha sido eso para mí.
Trabajar en Cuba es relacionarse a diario con su historia única y compleja, comprender su peso, sus contradicciones y su esperanza inquebrantable. Como Coordinador Residente, llegué convencido de que el apoyo de Naciones Unidas debía estar a la altura de la dignidad de Cuba, de su trayectoria y de su complejidad. Ese es un compromiso que no se improvisa, debe abrazarse y renovarse a través de la experiencia.
Recuerdo los días posteriores al huracán Melissa, cuando recorrimos algunas de las comunidades rurales más afectadas en Santiago de Cuba junto a la Defensa Civil cubana y colegas de OCHA. Encontramos puentes destruidos, plantaciones arrasadas por las inundaciones y casas reducidas a escombros. Apenas había pasado la tormenta cuando la Defensa Civil ya estaba allí: despejando carreteras, organizando brigadas de limpieza, convirtiendo escuelas en albergues, y las comunidades se movilizaban a su alrededor: familias cocinando para los vecinos y compartiendo lo poco que tenían.
Gracias a un mecanismo de acción anticipatoria, el primero de su tipo en Cuba, respaldado por OCHA y el CERF, alimentos, tanques de agua, medicinas y otros suministros esenciales llegaron a las familias afectadas con una rapidez notable. Pero la verdadera respuesta vino de la propia gente, guiada por una Defensa Civil que conocía cada camino y cada familia. Con sus gestos y sus manos estrechando las nuestras, transformaron una simple palabra en algo mucho más grande: “gracias”.
He escuchado esa palabra muchas veces en los últimos cuatro años. Al mirar atrás y repasar las experiencias y lecciones que han marcado mi misión, quiero devolverla, con la misma calidez y convicción, a nuestras contrapartes nacionales, a nuestros socios cooperantes, a cada miembro del Equipo País de Naciones Unidas y a los miles de cubanos y cubanas que tuve el privilegio de conocer en el camino.
La confianza: El activo más importante
Los resultados de la cooperación suelen medirse en fondos movilizados, proyectos ejecutados y personas alcanzadas. Sin embargo, no siempre damos suficiente peso a los intangibles.
Más allá de los proyectos y los fondos movilizados, lo más importante es la presencia. Permanecer cuando es difícil. Escuchar en medio de las tensiones. Trabajar juntos para construir soluciones, poniendo siempre a las personas en el centro.
Los desafíos que enfrenta el desarrollo sostenible en Cuba exigen que vayamos más allá de las fórmulas convencionales y liberemos la capacidad de innovación de las personas. Me gusta pensar que hemos contribuido a ese esfuerzo no solo con experiencia técnica y acceso a estándares internacionales, sino también escuchando, comprendiendo, discrepando cuando era necesario y ayudando a dar forma a soluciones adaptadas a las complejidades del contexto cubano.
La confianza construida con el país no se ha forjado únicamente a través de visiones compartidas y diálogo político. También ha surgido en el trabajo cotidiano: acompañando a quienes corren el riesgo de quedar atrás, reuniendo a diversos actores en torno a objetivos comunes y fortaleciendo constantemente nuestras alianzas. He encontrado en nuestras contrapartes interlocutores abiertos, dispuestos a escuchar, a discrepar cuando era necesario y, sobre todo, a buscar soluciones incluso cuando las circunstancias parecían dejar poco margen.
Esa confianza, construida a través del trabajo y el respeto mutuo, constituye uno de los principales activos de la cooperación entre Cuba y Naciones Unidas.
En el centro, no en la periferia de los desafíos del desarrollo
La confianza alcanza su máximo valor cuando nos permite avanzar más rápido y con mayor propósito. Guiados por esa convicción, desarrollamos el Marco de Cooperación 2026–2030 a través de un proceso de diálogo que involucró a unas 50 instituciones nacionales durante más de un año.
Como resultado, se han abierto nuevas oportunidades para el sistema de Naciones Unidas en Cuba. Temas tradicionalmente ausentes de muestra cooperación internacional, como la gestión macroeconómica y las finanzas públicas, junto con enfoques innovadores para la transformación productiva y la protección social, forman ahora parte de una agenda más ambiciosa.
El contexto cubano ha reforzado una lección fundamental: cuanto más complejos son los desafíos, mayor es la necesidad de alinear capacidades, mandatos y experiencia. Ninguna agencia por sí sola puede abordar problemas que afectan simultáneamente a la economía, la protección social, la seguridad alimentaria, la energía y la acción climática. La fortaleza del sistema de Naciones Unidas reside precisamente en su capacidad para trabajar de manera integrada, como uno solo.
Esto es lo que hemos hecho en áreas particularmente sensibles como el financiamiento del desarrollo, marcado por casi siete décadas de sanciones externas y restricciones crónicas en el acceso a los mercados financieros internacionales. Durante el ciclo del Marco de Cooperación 2020–2025, Naciones Unidas movilizó 418,5 millones de dólares, al tiempo que abrió nuevas oportunidades de acceso a financiamiento, fondos climáticos e instrumentos financieros innovadores, reuniendo las capacidades de agencias residentes y no residentes en torno a objetivos compartidos.
En 2026, comenzamos un nuevo ciclo de cooperación con la mitad de los 451 millones de dólares requeridos ya movilizados. Sin embargo, una vez más, prefiero medir el éxito no por las cifras, sino por nuestra capacidad para seguir presentes y relevantes en un contexto donde simplemente mantener los servicios básicos y proteger los medios de vida se ha convertido en un logro en sí mismo. En última instancia, el éxito reside en una determinación compartida de permanecer en el centro, no en la periferia, de los desafíos del desarrollo, incluso cuando el horizonte ofrece un optimismo cauteloso.
Junto a su trabajo de desarrollo a largo plazo, Naciones Unidas en Cuba también ha apoyado la respuesta y recuperación ante desastres. Durante mi tiempo en Cuba, el país fue impactado por al menos cuatro huracanes importantes y dos terremotos. Entre 2022 y 2026, cinco asignaciones del CERF, por un total de aproximadamente 60 millones de dólares, movilizados a través de tres Planes de Acción con el apoyo de nuestros socios. Pueden ser cifras modestas en comparación con la magnitud de las necesidades, pero siguen siendo significativas en un contexto de graves restricciones financieras.
En muchos casos, el desafío no ha sido simplemente movilizar recursos, sino garantizar que medicamentos, equipos médicos, sistemas de tratamiento de agua y otros suministros esenciales lleguen a las comunidades que más los necesitan. La respuesta humanitaria, sin embargo, no consiste solo en reparar daños y restaurar servicios. También se trata de reconstruir la esperanza, incluso cuando la esperanza parece un lujo.
Convertir la abogacía en acción
La implementación del Marco de Cooperación 2026–2030 ha coincidido con un nuevo entorno de sanciones para Cuba. Estas medidas se concentran ahora en sectores estratégicos como la energía, la minería, el turismo y las finanzas. El resultado ha sido una contracción económica más profunda y una crisis energética sin precedentes, con consecuencias humanitarias cada vez más graves para millones de personas.
Siempre he creído que Cuba merece un debate internacional más informado, libre de estereotipos y narrativas preconcebidas. En los últimos meses, esa convicción ha adquirido una nueva urgencia. Ya sea en un artículo de opinión publicado en The Guardian o durante conferencias de prensa en Nueva York, he insistido constantemente en que la crisis energética se ha convertido en el principal multiplicador de riesgos humanitarios en el país.
No caen bombas sobre Cuba. Sin embargo, los impactos silenciosos de una crisis prolongada son visibles en todas partes: cirugías pospuestas, incluidas las de 11.000 niños; aumento de las tasas de mortalidad infantil, que solo en La Habana pasaron de 5,3 en 2020 a 14,2 en 2026; mujeres embarazadas que enfrentan interrupciones en la atención prenatal; programas de vacunación retrasados; y millones de personas afectadas por cortes en el acceso al agua potable.
Hemos denunciado la situación de suministros humanitarios varados por falta de combustible. Hemos fortalecido alianzas con el sector privado para mover cargamentos bloqueados. Hemos trabajado con diferentes partes del sistema de Naciones Unidas y con los Estados Miembros para asegurar el acceso sin obstáculos al combustible humanitario, esencial para mantener la continuidad de nuestras operaciones.
La abogacía es parte inherente de mi rol como Coordinador Residente, y en tiempos de crisis se ha convertido en una herramienta indispensable. No se puede permitir que una crisis prolongada se convierta en una crisis olvidada, y por eso es importante alzar la voz.
Pero la abogacía alcanza su máximo valor cuando conduce a soluciones estructurales; cuando se convierte en catalizador de consensos regionales y globales; cuando los mensajes resuenan entre actores influyentes en torno a un sentido compartido de urgencia; y cuando la movilización y la acción ayudan a defender el derecho internacional y los principios de la Carta de Naciones Unidas.
Más allá del diálogo y el compromiso diplomático, sigo convencido de que cada día que pasa sin una solución real a la actual situación humanitaria se suma a una deuda que la comunidad internacional tiene con el pueblo cubano, una deuda que Naciones Unidas, como parte de esa comunidad, no puede saldar plenamente pero debe seguir reconociendo a través de su presencia y su trabajo.
Me llevo el país conmigo
Al concluir esta misión, me voy con proyectos y lecciones, pero sobre todo, con las personas que encontré en el camino. Las conversaciones en las comunidades afectadas por huracanes. El compromiso silencioso de activistas y sociedad civil. La apertura de las contrapartes y socios nacionales. La creatividad de mujeres y jóvenes. La resiliencia de un pueblo que se crece en medio de las circunstancias más difíciles.
Estos años me han enseñado una verdad sencilla: lo más importante es estar ahí cuando más importa. Permanecer cuando es difícil. Escuchar antes de actuar. Construir soluciones juntos, con el compromiso de no dejar a nadie atrás.
Servir en Cuba ha sido un privilegio, un profundo sentido de pertenencia y conexión con su historia. Un homenaje a su gente y a ese amor por la vida que nunca se rinde. Hay luces que ninguna adversidad puede apagar.
Cuba es mucho más que un lugar en el mapa. Es una forma de entender el mundo, una experiencia transformadora y una realidad que llevaré conmigo dondequiera que vaya.
Y mientras pueda, seguiré contando su historia.