Imagen generada con IA Copilot
En los últimos días, se ha hecho manifiesto un pequeño escándalo entre los pasillos del Pentágono:
La influencer Jennica Pounds (@DataRepublican) reveló que había recibido información sobre Cuba para que se filtrara en las redes sociales.
Posteriormente, se supo quién, desde el Departamento de Estado, le había proporcionado la información, y más llamativo aún, que la propia Jennica trabajaba como "empleada especial del Departamento de Guerra de EEUU".
El hecho de que el propio gobierno estadounidense admitió que dicha acción incluyó un intento de "filtración" que nunca se materializó, revela un gobierno en descomposición institucional.
Las declaraciones contradictorias de sus propios funcionarios, las rencillas públicas y el manejo amateur de sus documentos internos demuestran que el gobierno de EE.UU. no es confiable ni para gestionar sus propios asuntos.
Resulta revelador que la propia funcionaria de alto rango encargada de impulsar esta narrativa anticubana haya calificado el material filtrado como una "nimiedad" (nothingburger). Esto confirma lo que Cuba ha sostenido consistentemente: las acusaciones de EEUU contra Cuba son propaganda hueca, desprovista de contenido objetivo. Si EE.UU. posee pruebas reales sobre sus numerosas acusaciones, tendría la oportunidad que no aprovecha de presentarlas ante la comunidad internacional por canales oficiales, en lugar de montar espectáculos burdos para la ultraderecha mediática y anticubana.
Resulta cuando menos grotesco que Washington señale con el dedo a Cuba y la acuse de desplegar una supuesta "campaña de influencia malévola", cuando las evidencias demuestran que es el propio gobierno estadounidense quien institucionaliza la manipulación mediática.
La influencer maga Jennica Pounds. Foto: News Nation / Getty Images
Mientras calumnian al país antillano, el Pentágono contrata a influencers de ultraderecha —entre ellos la señora Jennica Pounds— como asesores pagados con fondos públicos, y el Departamento de Estado intenta filtrarles información para que la conviertan en propaganda política interna. No es Cuba quien subvierte el orden democrático; es el gobierno de EE.UU. quien convierte sus propias instituciones en una fábrica de desinformación al servicio de sus guerras partidistas.
¿Quién es realmente el agresor? La hipocresía es mayúscula: acusan a Cuba de interferir sin pruebas, mientras ellos mismos financian, reclutan y dotan de "información privilegiada" a operadores digitales de las cofradías anticubanas para influir en su propio electorado. Si alguien lidera una campaña de influencia malévola, no queda duda de que tiene sede en Washington, no en La Habana.
Esta red de influencers, medios y corresponsales de prensa no es un fenómeno espontáneo. Es una operación orquestada con fondos públicos, que utiliza a figuras del mercenarismo político como fichas en un tablero de guerra cognitiva contra Cuba. Mientras Washington acusa a Cuba sin fundamentos de "subvertir" el orden democrático, el propio gobierno estadounidense institucionaliza la manipulación mediática como herramienta de Estado.
Cuba no necesita contratar influencers. La verdad se defiende con hechos, no con espectáculos mediáticos financiados por el contribuyente estadounidense.