La Habana viajera

Habana Colonial: Foto: Good Free.

La Habana es una ciudad viajera. Tal afirmación no surge por su cercanía al mar y ese balcón colgado hacia el Caribe que es su Malecón. Ni siquiera por las tantas arribazones, en sus más de cinco siglos de existencia, de mujeres y hombres destinados a prensarse de sus encantos. Su condición trashumante se debe a las sucesivas mudanzas que sufrió el asentamiento primigenio desde la costa sur hacia la norte.

Aprendí del buen oficio del segundo Historiador de la Ciudad, Eusebio Leal Spengler, que mucho debemos estudiar todavía para aproximarnos con certeza a la fecha fundacional de la villa. Se cree que, en 1514, en un punto de la Ensenada de la Broa y con mayor exactitud en el entorno de Melena del Sur, los españoles plantaron la cruz y levantaron un poblado de nombre San Cristóbal.

Algunos investigadores como el primer Historiador de la Ciudad, Emilio Roig de Leuchsenring o la norteamericana Irene A. Wright, defendieron la tesis de que ese poblado sureño se fundó un 25 de julio, día que corresponde en el calendario juliano a San Cristóbal.  Otros, como Hortensia Pichardo y el gran paleógrafo Jenaro Artiles, tienden a explicar que las razones de haber elegido a San Cristóbal se deben más que a la fecha, a su condición de santo de los viajeros y navegantes.

Y, por si fuera poco, algún apunte en las Actas Capitulares del período colonial habanero y cierta correspondencia hallada en los Archivos de Indias, en Sevilla, España, pueden favorecer hasta la creencia de que La Habana se fundó en la zona sureña - mucho antes que Santiago de Cuba – durante un recorrido que realizaron por el occidente de la isla Pánfilo de Narváez y el Padre Bartolomé de las Casas, entre 1513 y 1514.

Roig, sin embargo, es terminante en una conclusión:

“El hecho es que no fue, como se ha visto, la hoy capital de la República de Cuba, la primera de las poblaciones fundadas en la Isla por su primer teniente gobernador Diego Velázquez de Cuéllar, ni se encuentra situada, tampoco, actualmente, en el primitivo lugar que para erigirla escogió Velázquez.”[1]

Con el fin de ofrecer más complementos históricos, podemos colocar otros enigmas al verdadero “descubrimiento” de La Habana por los españoles, si agregamos a esta rica exposición de conjeturas la primera circunnavegación de nuestro archipiélago realizada por Sebastián de Ocampo en 1509, durante ocho meses. Halló entonces, por primera vez, el que apodó Puerto de Carenas, hoy Puerto de La Habana. Y lo bautizó así porque en sus riberas encontró suficiente material para carenar las naos y calafatearlas.

Además de encontrar el tesoro de un fondeadero excepcional, con el bojeo, Ocampo echó por tierra la obstinada pretensión de Cristóbal Colón en su afán de encontrar el asiático Cipango en estas latitudes caribeñas. Según Salvador de Madariaga, en su extensa biografía del conquistador, el 12 de junio de 1494, durante su segundo viaje a estas latitudes, el Almirante de la Mar Océana obligó a las tres tripulaciones que le acompañaban “que jurasen que Cuba era tierra firme”. Y para que constara, Fernando Pérez de Luna, escribano de la flota, los hizo firmar “bajo amenaza de cortarles la lengua”.[2]

Para llegar a su destino final, el Puerto de Carenas, La Habana atravesó la isla desde la costa sur a la norte. Halló cobija en la zona conocida por Puentes Grandes, con las aguas maravillosas de El Husillo y plantó caseríos en ambas orillas del río Casiguaguas, hoy Almendares. A la altura de 1519, la ciudad viajera ancló en puerto seguro. Sin embargo, quedan testimonios de que todos esos poblamientos, especialmente el de la costa sur, convivieron al unísono durante un tiempo, como así lo refleja el mapa «Cuba Ínsula. Hispaniola Ín­sula»[3] de Jocodus Hondius y Ge­rardus Merca­tor donde aparecen señalados los pueblos S. Christhophori y Havana.

La tradición reconoce como fecha de fundación de La Habana el 16 de noviembre de 1519, cuando el conquistador español Diego Velázquez ―representante de los reyes de España― estableció su tercer y definitivo asentamiento. Cada 16 de noviembre acudimos a la Plaza de Armas, el marcado como sitio fundacional, en el cual se dice que en ceremonia pública se celebró la primera misa y el primer cabildo en la urbe caribeña.

Donde todo parece indicar que se reunieron las autoridades gubernativas y la población residente, bajo la frondosa cobija de un árbol, el capitán general de turno, Francisco Cajigal, ordenó construir un templo neoclásico para evocar aquel momento. El primer Historiador de la capital cubana, Emilio Roig, colocó durante su mandato una inscripción al pie de la columna que exhibe a relieve el tronco de una ceiba, en el edificio conocido como El Templete:

FUNDOSE LA VILLA HOY CIUDAD DE LA HAVANA EL AÑO Đ 1515 Y AL MU­DARSE Đ SU PRIMITIBO ASSENTO A LA RIVERA DE ESE PUERTO EL Đ 1519 ESTRADICION QUE EN ESTE SITIO SE HALLO UNA FRONDOSA SEIBA BAXO Đ LA QUAL SE CELEBRO LA PRIMERA MISSA Y CABILDO: PERMANECIO HASTA EL Đ 753 QUE SE ESTERILISO. Y PARA PERPETUAR LA MEMORIA GO­BER­NAN­DO LAS ES­PAÑAS NUESTRO CATHOLICO MO­NAR­CHA EL SEÑOR DON FERNANDO VI  MANDO ERIGIR ESE PADPON EL SEÑOR MARISCAL Đ Đ  CAMPO D(n) FRANCISCO CAXIGAL ĐĐ LA VEGA, DE EL ORDEN DE SANTIAGO GOVERNADOR Y CA­PITAN GENERAL Đ ESTA YSLA SIENDO PROCURADOR GENERAL. DOCTOR D(n) MANUEL PHELIPE ĐĐ ARANGO AÑO Đ 1754.

El sucesor de Roig, Eusebio Leal, nos advertía:

“Nótese cómo en la fecha de inscripción se tomaba el año 1515 para indicar la fundación, lo cual resultó luego una de las raíces de la polémica infinita”[4].

Durante el reinado de Felipe II, en diciembre de 1592, el monarca intituló la ciudad como San Cristóbal de La Habana “de la dicha isla de Cuba”, “para siempre jamás”.[5] Quince años más tarde, una cédula real nombró a esta ciudad capital del país dejando claro que no sería más Santiago, al oriente, la cabecera de los asuntos gubernamentales y reales.

Han pasado siglos y en pie siguen las tradiciones. Pero a estas alturas del nuevo milenio abundan las referencias bibliográficas y arqueológicas que atestiguan una verdad de Perogrullo: cuando Cristóbal Colón, el denominado pomposamente Almirante de la Mar Océana atisbó tierras cubanas, estas estaban habitadas por una cifra aproximada de 300 mil indios. El gran sabio Fernando Ortiz, en su libro Cuba primitiva, las razas indias lo expresa con claridad y hasta cierto lirismo en su prosa:

…”la isla de Cuba había sido descubierta varias veces y poblada desde siglos anteriores por unos aventureros en rústicas canoas, sin carabelas, brújula, ni astrolabios, habían llegado a este país en sucesivas oleadas migratorias.”

Siboneyes, taínos, guanahatabeyes, aunabeyes, los temidos caribes… se asentaron o pasaron por estos territorios mucho antes de que la crueldad desenfrenada de Diego Velázquez, Pánfilo de Narváez y sus hombres, redujera en menos de 40 años a 4000 la población aborigen existente, dato corroborado por Roig en las Actas capitulares de la villa. El historiador se refiere a las violentas persecuciones de que fueron víctimas, los abusos de los encomenderos, los rudísimos trabajos, principalmente en las minas de oro y, con mucha frecuencia, el suicidio de familias enteras.

Lo cierto es que cualquier relato de las celebraciones contemporáneas de nuestra existencia como nación y del asiento poblacional definitivo en la ciudad capital, quedaría incompleto sin reconocer que, como ha sido usual en incontables momentos de la vida humana, los conquistadores imperaron a fuerza del exterminio y la dominación.

Pero las culturas se afirman y resisten; la precolombina también. En extraña paradoja del destino, las investigaciones sobre el origen del nombre de la villa se aproximan por consenso a señalar una etimología aborigen. Quien señoreaba los dominios enmarcados desde el Mariel hasta la bahía de Matanzas, era el cacique Habaguanex, como atestiguan en sus relatos los propios colonizadores.

Así que después de adentrarnos en su fabulosa historia, La Habana, esa ciudad viajera y mestiza gracias a sucesivos poblamientos provenientes de allende los mares y desde todos los puntos cardinales, seguirá siendo un enigma para quienes hurgan en su pasado; tanto, que los poetas como Fayad Jamís, han llegado al colmo de afirmar, al reverenciarla por amor, que si no existiera la habrían inventado.

 

[1] ROIG DE LEUCHSENRING, EMILIO, La Habana, apuntes históricos, p 54, Ediciones Boloña, 2023.

[2]  MADARIAGA, SALVADOR, Vida del muy magnífico señor Cristóbal Colón, Editorial sudamericana, 1942, p.398.

[3]Fechado en Ámsterdam en 1613.

[4] LEAL, EUSEBIO, “Y no perezca en lo porvenir la fe habanera”, Granma, 13 de noviembre de 2014.

[5] Valdés, Antonio J., “Historia de la Isla de Cuba”, La Habana, 1813, p. 74-75.