El joven Fidel durante su histórica intervención conocida como “Palabras a los Intelectuales”, en el Salón de Actos de la Biblioteca Nacional de Cuba. Foto: Granma.
La Revolución cubana alcanzó la victoria rompiendo muchos esquemas ideológicos y políticos (no se podía triunfar si se luchaba contra el ejército; a 90 millas de los Estados Unidos ningún gobierno socialista podría sobrevivir; únicamente los Partidos Comunistas serían capaces de conducir un proceso de liberación nacional socialista; los proletarios debían ser los sujetos y protagonistas fundamentales de esos procesos).
Fidel Castro y sus compañeros saltaron las barreras del pesimismo y el dogmatismo de esas concepciones preconcebidas. Se lanzaron a la toma del poder con la fuerza de las armas y, una vez derrocada la tiranía de Fulgencio Batista, tuvieron la certeza de que para lograr la hegemonía era preciso construir el consenso.
Inmensos fueron los obstáculos: ataques de la contrarrevolución interna y del imperialismo norteamericano, urgencias materiales, errores en diversos campos de la vida nacional y, ante la necesidad de sobrevivencia, búsqueda aliados externos. En tanto se dispusieron a crear una nueva cultura. El primer paso en ese sentido fue la Campaña de Alfabetización.
El Ministerio de Educación rigió esa tarea y, a través de su Dirección de Cultura, desarrolló también festivales de música, ballet y teatro, exposiciones artísticas, distribución gratuita de libros, certámenes literarios, etc. El 16 de enero de 1961 se creó el Consejo Nacional de Cultura. El país se preparaba en esos momentos para una invasión mercenaria gestionada por el gobierno yanqui.
En ese contexto, dos jóvenes cineastas, Orlando Jiménez y Sabá Cabrera filmaron el cortometraje “PM”, estrenado en la primera quincena de mayo en un programa de televisión. Cuando los autores pidieron permiso para proyectarlo en el cine, no fue aprobado, con el argumento de que solo reflejaba una parte de la realidad nocturna citadina (personas bailando, oyendo música, bebiendo), mientras omitían los esfuerzos de los ciudadanos para defenderse de las agresiones externas. Entonces un grupo de intelectuales entendió que dicha medida limitaba las libertades de creación e informó a las autoridades su decisión de no participar en el Congreso de Escritores y Artistas que se estaba organizando.
En junio de 1961, La Habana no dormía. Apenas dos meses antes, las milicias habían derrotado la invasión de Playa Girón, y el primer ministro Fidel Castro había proclamado oficialmente el carácter socialista de la Revolución. Entre la tensión de una embestida militar y la efervescencia de una transformación social radical, se libraba otra batalla crucial, pero invisible, por el alma y la mente de la nación. En ese contexto, el presidente Osvaldo Dorticós lanzó una exhortación: “Nadie guarde silencio”. Aquel llamado convocó a los creadores cubanos a reunirse con la dirección política del país en la Biblioteca Nacional José Martí los días 16, 23 y 30. ¿El objetivo? Definir, por primera vez, las reglas del juego entre el poder político y la libertad de creación en la naciente sociedad socialista.
El universo intelectual que se citó allí era un mosaico fascinante y heterogéneo. Por un lado, se encontraban figuras consagradas de la vanguardia tradicional, literatos y artistas que cargaban con el peso de la herencia cultural cubana, como el novelista Alejo Carpentier, el poeta Nicolás Guillén y el dramaturgo Virgilio Piñera. Por el otro, jóvenes creadores con un deseo ferviente de innovación, como el periodista Guillermo Cabrera Infante y algunos realizadores de cine. Coexistían dos visiones sobre el “intelectual”. Para el pueblo, era el guardián de las obras del espíritu, las letras y las ciencias. Sin embargo, desde los sectores de izquierda más dogmáticos, se miraba a los creadores con recelo: se les consideraba un estrato intermedio de origen pequeñoburgués, marcado por un “pecado original” de individualismo, especialmente porque muchos de ellos no habían participado de manera directa en la lucha clandestina o guerrillera. Esas reuniones fueron el escenario para que esta intelectualidad buscara su legitimidad y definiera su espacio frente al nuevo aparato hegemónico del Estado.
Los grandes debates revelan discusiones que iban mucho más allá del destino del cortometraje censurado. La disputa principal giró en torno a la responsabilidad del artista ante el pueblo. ¿Debía el arte ser un arma pedagógica y directa de propaganda, o preservar su autonomía estética?
El 30 de junio de 1961, tras escuchar durante dos viernes consecutivos las dudas, quejas y propuestas de los creadores, Fidel Castro pronunció el discurso de clausura, conocido como Palabras a los intelectuales. Consciente de que la Revolución necesitaba el prestigio internacional y la fuerza simbólica de sus artistas, buscó calmar los temores del sector creativo dictando la que se convertiría en la máxima directriz de la política cultural cubana:
“¿Cuáles son los derechos de los escritores y de los artistas revolucionarios o no revolucionarios? Dentro de la Revolución: todo; contra la Revolución: ningún derecho”.
Con esta afamada fórmula, Castro estableció un marco político amplio y, al mismo tiempo, selectivo. La Revolución no exigiría que todos los creadores fueran marxistas-leninistas, ni impondría un estilo artístico oficial como el realismo soviético. Se aceptaría a los creadores “honestos” que, sin ser revolucionarios activos, respetaran y no combatieran el proceso político. Nadie debía presumir de ser infalibles, y pretender que todos los que no pensaran exactamente igual estaban equivocados. El espíritu de la crítica debía ser provechoso y constructivo.
Aquel verano, cuando los intelectuales cubanos rompieron el silencio, no solo discutían sobre estética, cine o literatura; estaban diseñando los contornos ideológicos de la Cuba del futuro. La historia cultural nos demuestra que el arte y el poder político sostienen un romance complejo, a menudo trágico, pero siempre definitivo para la identidad de un pueblo. Recordar aquellos debates en toda su complejidad es un ejercicio indispensable para entender la cultura. Y nos permite calibrar las ideas de aquel líder que iba a cumplir entonces 35 años y que hoy estaría alcanzado su centenario.