Comandante de la Revolución Ramiro Valdés Menéndez. Foto: Juvenal Balán.
La pregunta sería. ¿Cómo un joven sencillo de La Matilde, en Artemisa, de larga familia muy pobre, tan pobre que apenas tenían para comer y vestirse, logra reconocer en sí mismo a un miembro de la vanguardia civil y política, capaz de jugarse la vida empuñando las armas, en aquella sociedad burguesa que le ha cobrado la cuenta de la explotación clasista?
Hay que retroceder al pasado o como decía un amigo, “ponerse los espejuelos del tiempo”. A los falsos historiadores (de todas las partes), los irresponsables y los artífices del mal, les conviene inventar el pasado de acuerdo a sus intereses y en el caso de la Revolución Cubana no se aplica lo que con otras revoluciones, porque lo primero que hacen es desconocerla y separarla de sus características comunes con cualquier otra, sea rusa, americana, mexicana o francesa.
El país donde Ramiro se empina y se hace grande, padecía de una ficción resuelta entre costumbres republicanas, obtenidas de siglos de colonización española y años de neocolonia estadounidense que ostentaba el signo de la modernidad.
Los hombres como Ramiro Valdés y aquellos que se dedicaron a la lucha decidida contra la injusticia y el crimen, especialmente los llamados de “la Generación del Centenario” que siguen a Fidel, venían del ejemplo que les dejó la lucha de los antimachadistas y la práctica que les propició el período posterior de los años 40, etapa de grandes frustraciones y mayores desilusiones, pero de aprendizaje y consolidación de la idea de que es la lucha armada la vía.
En mi opinión, uno de los grandes aciertos de Fidel Castro es haber puesto en práctica y convencido a su generación, que se podía repetir la experiencia bélica de 1895, sesenta años después. Si la idea de atacar los cuarteles Moncada de Santiago de Cuba y Carlos Manuel de Céspedes de Bayamo, con fusiles de bajo calibre y una fuerza constituída por inexpertos, fue de una extraordinaria audacia, mantener una guerra en la Sierra Maestra y organizar expediciones como en época de los mambises, no lo fue menos.
Cuentan que Ramiro era quien le cuidaba las espaldas a Fidel en México. Ya había demostrado en el asalto de lo que era capaz, cuando neutralizó la posta 3, por donde debían ingresar y quitó la cadena para dar paso al resto de la caravana. Ahí fue herido en un pie y estuvo mucho tiempo con ese plomo guardado entre la piel, hasta que años después en la Sierra, cortándose un callo con el cuchillo de campaña, según ha contado Raúl, apareció el plomo.
Estamos en época en que se cambian las narrativas, los hechos históricos y los contextos. Los cubanos se han mantenido sobre las armas más tiempo que el que la historia recoge.
Los años 20 ya eran de lucha y preparación de la Revolución que vino en los 30, adquirió diversas formas y predominaron distintas ideas partidistas, sectoriales y de clase. Se extendieron las posiciones obreristas, anarcosindicalistas, comunistas, pero no se detuvo, hasta encontrar el camino en los primeros años de la década del cincuenta.
Los hombres del Moncada, entre ellos Ramiro, no eran la clase obrera, pero no tenían nada que perder, como ella.
Ramiro que luego del Mocada había sufrido prisión con sus compañeros en Isla de Pinos, es de los que desafían al mar en el precario yate Granma, sobrecargado por una tripulación de 82 hombres. Sobrevive al combate de Alegría de Pío, y logra, en medio del acoso de las tropas batistianas, reunirse con sus compañeros.
Es uno de los capitanes del Che en la Columna 4 y la dirige cuando él no está. Vencida la ofensiva de la dictadura en la Sierra Maestra, participa como segundo jefe de la Columna invasora Ciro Redondo que dirige su amigo Guevara, con la que deben avanzar hacia occidente y con él toma Santa Clara en días decisivos y todavía nítidos de la Revolución.
Pero es después del triunfo cuando el joven de La Matilde, uno de los grandes comandantes de un ejército popular que fuera sólo proyecto el 26 de julio de 1953, se convierte en el jefe revolucionario que hace temblar a las fuerzas que, sin esperar un minuto, desde el primer momento, pretenden derribar a la revolución.
Ramiro Valdés, el hombre del chivito, escogido por Fidel para garantizar la seguridad del estado y luego el Ministerio del Interior, levantó una barrera contra los enemigos que dura hasta hoy. El.aparato de seguridad que creó, probablemente inspirado en la KGB soviética, pero con el añadido de la astucia y la picardía cubanas, se puso a la altura de los grandes aparatos de inteligencia del mundo como la CIA, la KGB, el Mossad, el MI6 o La Entidad (del Vaticano).
¿Cómo aquel joven, de humildad real pocos años atrás, logró tanto de sí en tan poco tiempo? Son muchas las razones, poco el espacio. Espero que algún día, estos grandes personajes de la Revolución Cubana, cuando se acabe la trampa de cambiar las narrativas y borrar sus esfuerzos y sacrificios, sean investigados y observados por la historiografía con la científicidad necesaria, la visión crítica imprescindible y el esclarecimiento de los contextos en que hombres y acontecimientos se producen.
A Ramiro lo han atacado de todas las maneras posibles, porque fue el terror de los yanquis y los contras, su nombre ponía a correr al enemigo y su intransigencia se convirtió en barrera insuperable entre la revolución y las fuerzas de la reacción.
Era de los que cuando entraba en combate lo hacía a muerte, quizás por aquello de que “en una revolución se triunfa o se muere, si es verdadera”.
Hoy los reaccionarios del mundo y la contra están de fiesta, porque ha muerto el Comandante Ramiro y conocen la calidad del cadáver. Pero ese que acaba de morir les saldrá, como un fantasma en la noche y los seguirá aterrorizando.