Bandidos

Foto: Ernesto Mastrascusa/EFE.

El 25 de febrero de 2026 un grupo de hombres armados intentó infiltrarse por el norte de Villa Clara. Una vez más.

Fueron interceptados por un pequeño grupo de combatientes del Ministerio del Interior, que los enfrentaron con el mismo espíritu de Girón, y los capturaron. Una vez más.

Mientras esperamos que las investigaciones determinen cuáles eran sus verdaderas intenciones, solo nos queda la historia para imaginar cuál habría sido el desarrollo de esta operación.

En Cuba ha habido dos tipos de infiltraciones armadas. Por un lado, las protagonizadas por verdaderos patriotas, dispuestos a dar la vida por Cuba; y que una vez en tierra, tras un inevitable período de organización, no han dado tregua al enemigo. Se enfrentaron a las fuerzas armadas (ya fueran españolas o las de la dictadura de Batista) sin torturar ni asesinar a campesinos indefensos, mucho menos a niños.

En el otro extremo están aquellos que solo han buscado sobrevivir hasta que Estados Unidos invadiera esa misma Cuba que decían defender. Entonces aparecerían como los que “se alzaron”, los que “combatían el comunismo”. Su verdadero objetivo: obtener un pedazo del pastel en que convertirán la Isla si logran salirse con la suya.

Los hechos lo demuestran: mientras que los bandidos contrarrevolucionarios solo combatieron a las milicias y tropas regulares cubanas cuando no les quedó otro remedio (cercados o cayendo en emboscadas), los mambises y rebeldes se caracterizaron por batir al enemigo, enfrentando tropas más numerosas, mejor armadas y entrenadas.

De hecho, en toda la historia de la contrarrevolución, de 1959 hasta hoy, solo se registra un único hecho combativo, uno solo, que pudiera calificarse de ataque a un objetivo militar: el realizado contra la estación de policía de San José de los Ramos, en Colón, Matanzas.

Allí, contaban con el factor sorpresa, más hombres y más armamento: trece bandidos contra tres policías (alertado por el tiroteo se sumó un cuarto, armado solo con su pistola). A pesar de matar a dos policías y herir a un tercero, los bandidos desistieron de tomar el lugar y se retiraron. El resto de su triste “gloria” combativa se limitó a asaltos, incendios de viviendas, escuelas, tiendas del pueblo, cooperativas y transportes civiles, así como salvajes asesinatos de maestros y campesinos, incluyendo niños.

Así podemos inferir cuál era el plan de estos tardíos infiltrados de febrero de 2026: esconderse en una loma, lejos de cualquier combate real que pusiera en riesgo sus vidas antes de la anhelada invasión gringa, cometer actos vandálicos para ganar currículum y, finalmente, conseguir un puestecito en el banquete de la Cuba post-revolucionaria.

Pero, ¿cuál habría sido la reacción del pueblo?

Un hecho de 1970, enfrentado por el entonces comandante Raúl Menéndez Tomassevich, nos puede dar la respuesta.

Ese año los “valientes” cabecillas de ALPHA 66 convencieron a una docena de ingenuos, dirigidos por un tal José Rodríguez Pérez, de infiltrarse en Cuba. La historia era la de siempre: “los cubanos están desesperados porque alguien les ayude a derrocar al comunismo…”, “los americanos están a punto de invadir y tumbar eso…”, “cuando eso se caiga, todos ustedes serán ministros, generales, héroes…”.

¿Cuál fue la realidad?

El grupo logró infiltrarse exitosamente el 14 de septiembre de 1970 por Río Seco, Banes, actual Holguín. A punta de fusil ocuparon un camión y obligaron a su conductor a llevarlos hacia la Sierra Maestra, en un intento de alejarse lo más posible del punto de desembarco.

Pero a la altura de Baire, unos dos kilómetros antes de llegar al poblado, una patrulla de la Policía Nacional Revolucionaria les hizo señas para que detuvieran el vehículo. Temerosos, los mercenarios conminaron al chofer a no parar, pero este convenció al jefe: “Mira, es posible que yo les dé coba y podamos seguir”. José Rodríguez Pérez, recordándole que le estaban apuntando con una docena de fusiles, le permitió bajarse y hablar con los policías.

El diálogo fue breve: “¡Tengo eso lleno de alzados!”, gritó el camionero lanzándose al piso.

Se desató el tiroteo. Desde el camión disparaban con armas largas. Los policías, con sus pistolas reglamentarias. Uno de los contrarrevolucionarios agarró el volante y aceleró a fondo. La patrulla salió en su persecución.

Ya en Baire, los policías lograron reventar los neumáticos del camión. El vehículo se detuvo y los infiltrados se desbandaron por el pueblo.

Lo que no esperaban fue la respuesta de la gente alertada por los disparos: uno de los infiltrados fue detenido por un albañil que le saltó encima desde una rastra que pasaba; otro, armado con un fusil FAL, se escondió en un patio donde lo apresó el dueño de la casa armado con un cuchillo; y a otro, según contó Tomassevich, “una vieja le cayó a sopapos y lo desarmó”.

Todos, excepto tres que fueron capturados en operaciones militares posteriores, fueron apresados en pocas horas por los pobladores de Baire, sin esperar indicaciones ni armas. Sí, los “libertadores” fueron capturados por esos  a quienes venían a “liberar”.

Un detalle de esta aguerrida tropa venida del norte: no traían casi comida (confiaban en que los campesinos los alimentarían “desinteresadamente”), sino una cantidad importante de desodorantes. Porque la prioridad en campaña, como todos sabemos, es oler bien.

Además, la documentación ocupada indicaba que todos, absolutamente todos, eran “oficiales”. De hecho, se establecía que el cabecilla, Rodríguez Pérez, que había salido capitán de Miami, ascendería a comandante a los 21 días tras desembarcar en Cuba, a coronel tras 79 días, y finalmente a General del Ejército a los 183 días de campaña. No se me ocurre comentario alguno.

Otros documentos revelaban intenciones más siniestras: portaban más de setenta sentencias de muerte ya impresas y firmadas por los “líderes del exilio”, solo faltaba poner la fecha y el nombre de las víctimas de estos asesinatos disfrazados de justicia.

Estos enviados de ALPHA 66 vestían un uniforme que, aunque no idéntico al de las FAR, compartía con este su color verde. Por eso, la misma anciana que a base de sopapos capturara a uno de los infiltrados pidió una sola cosa a Tomassevich: que cuando fueran a retratar a los detenidos, les cambiaran la ropa, porque “el verde olivo es demasiado honroso para que lo vistan gusanos”. Grande la doña.

Hoy la historia se repite: los mismos sueños de grandeza sin sacrificio, los mismos grados autoconcedidos, los mismos autoproclamados líderes de un supuesto exilio, los mismos planes de sentarse a esperar una invasión ajena mientras otros exponen el cuerpo.

Pero recuérdenlo siempre, este pueblo no necesita de uniforme para reconocerse defensor de su Patria. Porque en Cuba la libertad no se pide prestada. Se construye a base de sacrificios cotidianos; y se defendió, se defiende y se defenderá con lo que se tenga a mano: un AK, un cuchillo, o un sopapo.