La marginalización del bloqueo: Cuando el relato pretende sustituir a la realidad

Foto: Tomada de The Guardian.

En los momentos de mayor tensión histórica, cuando las condiciones materiales de existencia se ven sometidas a una presión extraordinaria, conviene formular preguntas incómodas. No para eludir responsabilidades, sino precisamente para ubicarlas en su justa medida. Cuba atraviesa hoy uno de esos momentos. Y en ese contexto, la batalla no es solo económica o energética, sino profundamente política y comunicativa.

¿Alguna vez han pensado si quien ha sido objeto de asfixia por ahorcamiento, ya sea por decisión propia o no, puede pedirle a su pie derecho que coordine con su pie izquierdo, o con sus brazos, los movimientos a realizar? Es una imagen cruda, pero útil, para entender lo que está en juego. En esa situación límite, nadie le exige coordinación a las extremidades; la reacción inmediata es intentar desatar el nudo que impide respirar. La analogía no es retórica. Permite situar el orden de las prioridades y, sobre todo, identificar el núcleo del problema.

Sin embargo, en los últimos meses se ha intensificado una operación discursiva que busca desplazar ese núcleo. Diversos medios, plataformas digitales y actores políticos insisten en colocar el foco casi exclusivo en los errores internos del sistema cubano. No se trata de una crítica legítima —que es necesaria y forma parte de cualquier proceso político vivo—, sino de una construcción interesada que magnifica esas deficiencias mientras minimiza, diluye o directamente omite el impacto estructural del bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por Estados Unidos.

Este desplazamiento no es inocente, implica una inversión de causalidad: se pretende presentar como origen lo que en muchos casos es consecuencia. El bloqueo —que ha mutado hacia formas cada vez más agresivas y sofisticadas, con efectos extraterritoriales y un carácter abiertamente coercitivo— deja de ser la variable estructural para convertirse en un elemento secundario, casi marginal en el análisis.

A partir de ahí, se articula una secuencia política reconocible. Primero, se promueve la idea de un reconocimiento público de errores por parte de los principales dirigentes, no como ejercicio de responsabilidad política, sino como mecanismo de deslegitimación y apertura de escenarios de presión externa. En ese movimiento se inserta una lógica más profunda, orientada a personalizar la responsabilidad política y sentar precedentes que puedan legitimar acciones directas o indirectas contra esos liderazgos, en línea con estrategias de descabezamiento que buscan erosionar la capacidad de dirección y cohesión interna de los procesos políticos. Después, esos errores se reinterpretan como evidencia de un supuesto fracaso sistémico del modelo socialista cubano, ignorando el contexto de asedio en el que opera. Finalmente, se introduce la solución: una transición hacia esquemas de liberalización económica profunda, presentada como única vía de salida.

Es aquí donde el análisis debe ser especialmente riguroso. Porque lo que se ofrece no es una alternativa neutra, sino un cambio estructural con consecuencias previsibles. La experiencia histórica en América Latina y otras regiones muestra que esos procesos suelen ir acompañados de pérdida de soberanía, concentración acelerada de la riqueza, aumento de la desigualdad y subordinación a intereses externos, particularmente de grandes corporaciones y centros financieros vinculados a Estados Unidos.

Reconocer errores no equivale a aceptar ese marco. Cuba, como cualquier proyecto social complejo, ha cometido y comete errores en la gestión económica, en la planificación y en la implementación de políticas públicas. Negarlo sería irresponsable. Pero conviene precisar su naturaleza: no se trata de errores de principios políticos, ideológicos o humanistas, sino de problemas asociados a su aplicación en condiciones extraordinariamente adversas. En buena medida, es precisamente la persistencia en esos principios —soberanía, justicia social e independencia— lo que ha situado al país bajo un régimen de máxima presión por parte de Estados Unidos. Reducir la crisis actual a esos errores es, en el mejor de los casos, un análisis incompleto; en el peor, una operación política consciente.

La cuestión de fondo es otra: ¿puede evaluarse con rigor la situación de un país sometido a un régimen de sanciones que limita su acceso a financiamiento, tecnología, comercio y recursos básicos? ¿Puede hablarse de “potencialidades internas” sin considerar las restricciones externas que condicionan cualquier margen de maniobra?

La respuesta exige honestidad intelectual. No se trata de elegir entre autocrítica o denuncia del bloqueo, sino de comprender la relación dialéctica entre ambos elementos. La crítica es necesaria para mejorar la gestión y corregir desviaciones. Pero la denuncia del bloqueo es imprescindible para entender por qué muchas de esas dificultades existen y por qué su resolución no depende exclusivamente de decisiones internas.

En última instancia, la pregunta vuelve a ser la misma, aunque formulada en términos políticos: ¿qué pesa más en la situación actual de Cuba, las limitaciones propias o la estructura de asfixia que las condiciona? ¿Qué ahoga más? ¿La soga o el pataleo que provoca? Ignorar esta cuestión no es un error analítico menor; es una toma de posición.

Porque en el terreno de la comunicación —como en el de la geopolítica— no solo se disputa qué ocurre, sino cómo se explica. Y en esa disputa, convertir el bloqueo en un elemento marginal no es describir la realidad: es reescribirla.

(Tomado de Cubainformación)