La razón, si quiere guiar; tiene que entrar en la caballería

Óleo sobre tela (1990), del pintor cubano Ernesto García Peña (1949).

(Fragmento de A caballo y con el sol en la frente)

Aquel domingo 19 de mayo de 1895, mientras un sol inclemente se elevaba casi hasta el cenit, tropas españolas avanzaban por la margen izquierda del Contramaestre. Estaban al mando del coronel José Ximénez de Sandoval y Bellange, que había quedado a las órdenes del general Juan Salcedo y Mantilla de los Ríos en la reorganización de los territorios militares de la “provincia de Cuba”, hecha por el recién arribado general Martínez Campos. El general en jefe español estaba convencido de que si no lograba ahogar la revolución en su cuna, si Máximo Gómez conseguía pasar el Jobabo y la presencia de Maceo avivaba la llama de la contienda en Oriente, habría guerra para rato. Eso en cuanto a los dos grandes caudillos cubanos, a quienes conocía personalmente y respetaba, pero en esta ocasión sabía que se enfrentaba también a otro líder que, si bien no era militar, se había acreditado como el alma de la revolución, el abogado José Martí y Pérez, que según los medios españoles tenía el título de Presidente de la República o de la Cámara Insurrecta.[1]

Ximénez de Sandoval había arribado a la isla el 5 de abril y 10 días después ya estaba al mando de la 2ª media brigada, de la 1ª brigada, de la 2ª división.[2] El coronel había nacido en Málaga, pero estaba muy relacionado con la isla porque su padre, de igual nombre, también militar, había estado prestando servicios largo tiempo en Cuba, sobre todo en Pinar del Río. Ximénez de Sandoval, de innegable valor, combatiente durante la guerra de los Diez Años en la Sacra, Naranjo, Mojacasabe y Las Guásimas, fue herido por segunda vez en este combate, por todo lo cual lucía sobre el uniforme cinco cruces militares y la placa de San Hermenegildo. También de estos hechos sus rápidos ascensos.[3]

Tan pronto asumió el mando, el día 15, salió de operaciones por la zona de San Luis. Por la tercera decena del mes, al mando de tres compañías del batallón 2º Peninsular y un escuadrón de caballería del regimiento Hernán Cortés, se había enfrentado con algunas fuerzas del general Maceo en Siragüeca y Lombriz y el 30 sostuvo fuego de menor importancia con las tropas de Quintín Bandera, primero en la Isabelita y después en las lomas de Mogote.[4] Luego del encuentro, anunciaba que los insurrectos habían tenido tres muertos y sus fuerzas ninguna novedad.[5] Podía ser verdad, pero resultaba tan frecuente que no pocos militares españoles aumentaran las bajas enemigas y redujeran las propias, que Martínez Campos se vería obligado durante la campaña a lanzar más de una severa advertencia contra esa práctica.

El 2 de mayo, ante el anuncio de que Maceo, con 200 hombres bien armados y disciplinados y con una escolta de 40 caballos, había pasado rumbo a un lugar llamado La Yaya y se le suponía la intención de atacar Palma Soriano, el general Salcedo comunicó al general Gasco que ordenara a Ximénez de Sandoval que con una columna y guerrilla saliera en persecución “de la partida”.[6] Sin mayores detalles, el general José Arderíus, segundo cabo de la isla, mencionaba que el día 6 las fuerzas del coronel nacido en Málaga habían sostenido un fuego,[7] y el 11 se informaba que, durante operaciones en Palma Soriano, esa columna había dado muerte “al cabecilla Pablo Nueva”.[8]

Ahora, rumbo a donde el Contramaestre busca el Cauto, Ximénez de Sandoval estaba al mando de fuerzas de los batallones 2º, 5º y 9º Peninsulares y de caballería del regimiento Hernán Cortés n° 29, que en total sumaban unos 800 hombres. El jefe español había salido el 18, de Palma Soriano, para trasladar un convoy de vituallas con que abastecería al destacamento que defendía un fortín en Ventas de Casanova.

[9] Allí había llegado al caer la tarde de ese día sin ser hostilizado[10] y, en este lugar, le habían dado noticias de que tropas enemigas que lo esperaban entre Remanganaguas y Ventas se habían retirado, porque no se había producido acuerdo “entre Máximo Gómez y Massot” y que, la tarde anterior, como en otras ocasiones, habían estado “unos doscientos caballos a la vista del fuerte tocando toques de corneta y sin disparar un tiro”.[11] No sabía el coronel español que los vistos no eran 200 jinetes, sino 40, y menos aún que el jefe al mando de esa fuerza era nada menos que Máximo Gómez.[12] Tampoco, nadie pudo decirle con exactitud dónde podía estar el campamento de los mambises, pero él dedujo por todo lo oído y, sobre todo, porque siempre los insurrectos se retiraban por la orilla derecha del Contramaestre y rumbo al Cauto, que debían vivaquear en una zona entre Dos Ríos y La Vuelta Grande.[13] A las cuatro de la madrugada del 19 ordenó tocar diana y, después de permitir que unos acemileros cuyas arrias había requisado anteriormente para llevar las vituallas de aprovisionamiento se marcharan, formó su columna.[14] Todos creyeron que retornaban a Palma Soriano, pero con evidentes deseos de buscar camorra, el coronel tomó rumbo a Dos Ríos.[15] Después del paso del Contramaestre, por Limones,[16] soldados de caballería del Hernán Cortés detectaron un jinete solitario que trató de ocultarse. Luego de breve persecución, hicieron prisionero al campesino canario Carlos Chacón. De inicio, al ser interrogado, Chacón negó vínculos con los mambises. Pero, al encontrársele un papel en que Martí había anotado algunos efectos para que los adquiriera en el comercio de José Falancón, en Ventas de Casanova, y, también, dinero,[17] se ablandó y confesó que actuaba de mensajero en busca de las mercancías. Según Ximénez de Sandoval, de esa forma supo que “Martí, Máximo Gómez, Massot y Francisco Borrero se hallaban entre Vuelta Grande y Dos Ríos con unos setecientos hombres montados”.[18] Después de su confesión, Chacón aceptó guiar a las tropas hasta el vivac insurrecto.

Según Ximénez de Sandoval, al llegar a la finca La Bija,[19] en la zona de Dos Ríos, su vanguardia fue hostilizada por unos 30 jinetes y, añadiría, que por unas mujeres conoció que el enemigo estaba acampado en la margen derecha del Contramaestre “aunque a bastante distancia”.[20] Evidentemente, lo estaban desinformando porque los mambises se hallaban en la margen izquierda y a no tanta distancia.

Sobre las 11:45 de la mañana ordenó detener la marcha. En las inmediaciones quedaba la casa del campesino José Rosalío Pacheco, insurrecto de la Guerra Chiquita, el hombre que, de nuevo incorporado a las fuerzas mambisas, había sido designado prefecto de la zona, aquel a quien Martí había caracterizado en su diario de campaña, como “fornido, y viril, de trabajo rudo, y bello mozo”, el esposo de Emilia Sánchez, “la linda andaluza” que les sirvió por aquellos días, durante una estancia en su casa.[21] En realidad, se llamaba José Rosalía, y se dice que el Maestro se negaba a usar la dulzura y delicadeza de ese apelativo para alguien tan varonil y, por eso, masculinizaba el nombre.

Ximénez de Sandoval, aparte de lo exactamente que las tropas del país ibérico cumplían sus rutinas, y había llegado la hora del rancho, sacó una cuenta: posiblemente estaba a la vista del adversario y, de proseguir, entraría en combate con una tropa que no había recibido más descanso que las breves paradas durante la marcha para mantenerla unida y organizada y que, además, se hallaba hambrienta. Resultaba más acertado dejarla que se recuperase, comiese un rancho ligero y, después, seguir hasta hallar el enemigo o hasta donde lo sorprendiera el atardecer. Si para entonces no lo había enfrentando, continuaría la búsqueda al día siguiente.[22]

Al establecer el campamento, el coronel hizo posesionarse a la 2ª compañía del 2º batallón, del lado norte, entre el río y el camino estrecho y descuidado que costeaba su rivera e iba a dar por el sur al camino real que discurría entre Ventas de Casanova y Remanganaguas, y por el lado septentrional al Cauto; y a la 6ª compañía de ese mismo batallón, la apostó entre el camino y un bosque inmenso y añoso que llegaba a los lindes del paraje. A la 5ª compañía del 2º batallón, a la 2ª del 5º batallón y la 6ª del 9º batallón, las dislocó en las márgenes del Contramaestre. Por allí, donde los taludes de las márgenes tenían un declive menos pronunciado, el río podía ser vadeado fácilmente y sobrevenir el ataque. Dos avanzadas adelantaron a la 2ª compañía y otra a la 6ª. Una de las avanzadas que adelantaban a la 2ª compañía quedaba del lado del Contramaestre, quizás a menos de 125 metros de la rivera y la otra quedó sobre el camino. La situada en la posición delantera de la 6ª compañía, a la derecha del camino, no estaba dislocada de manera inmediata a este. Pero todas se posesionaban en dirección al Cauto y frente al bosque y a una cerca de cuatro hilos. La caballería quedó acantonada detrás de la 6ª compañía.

El corresponsal de La Discusión, de la Habana, Eduardo Varela Zequeira, describiría de la forma siguiente las condiciones del lugar: “La columna se hallaba acampada en un lugar intermedio, entre “Bijas” y “Dos Ríos”. Aquel sitio es una llanura formada por dos sabanas, divididas por una cerca de alambre, de un radio como de 500 metros, teniendo a un lado el río Contramaestre, y más allá en esa dirección, como en la restante, el monte”.[23]

El día antes, en los ranchos abandonados de José Rafael Pacheco, capitán mambí, hermano de José Rosalío, donde se había dispuesto desde el día 13 el campamento insurrecto, después de preparar circulares de guerra e instrucciones, Martí había comenzado a redactar su carta a Manuel Mercado, en la que un pasaje resulta vital para comprender con toda profundidad su pensamiento y proyección. Le decía: “...ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país y por mi deber ‑puesto que lo entiendo y tengo ánimos con que realizarlo‑ de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América. Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso. En silencio ha tenido que ser y como indirectamente, porque hay cosas que para lograrlas han de andar ocultas, y de proclamarse en lo que son, levantarían dificultades demasiado recias para alcanzar sobre ellas el fin (...) Viví en el monstruo, y le conozco las entrañas: -y mi honda es la de David”.[24] Poco después había llegado Masó al campamento, con un día de demora sobre lo que le había dicho en su nota del día 16. Entonces, el Apóstol levantó la pluma del papel, dejó la misiva inconclusa y la guardó en un bolsillo de su saco.

El campamento de los ranchos no era lugar espacioso para alojar la tropa, compuesta por unos 350 hombres que acompañaban al general Masó, ni abundante de pasto para la caballería de esa fuerza.[25] Mas, no solo por esa razón sino porque desde el 16 había recibido un mensaje de Gómez ordenándole que fuera a acampar en la zona de La Vuelta Grande,[26] en la margen izquierda del Contramaestre, el general manzanillero acordó con Martí que más tarde continuaría con el rumbo indicado. Esa noche, Martí y Masó, en medio de la alegría del encuentro, intercambiaron largamente sus criterios en relación con la contienda y, como a las 10, el general partió. A las cuatro de la madrugada del 19, el alma de la revolución y la docena de mambises que estaban con él marcharon también rumbo a La Vuelta Grande.

En aquella jornada que se tornaría terrible, Martí, para enterar a Gómez del paso de Masó al otro campamento, le envió una comunicación. En una hoja pequeña de libreta de bolsillo, escribió a lápiz: “General:// Como a las cuatro salimos, para llegar a tiempo a la Vuelta, a donde pasó desde las 10 la fuerza de Masó, a acampar y reponer su muy cansada caballería: desde anoche llegaron. No estaré tranquilo hasta no verlo llegar a Vd. -Le llevo bien cuidado el jolongo.// La fuerza, aunque sin animales útiles, hubiera querido salir a seguirlo, en la busca del convoy; pero temían confundirse en idas y venidas, en vez de serle útil. -Mucho ha violentado a Masó el viaje inútil a la Sabana”.[27]

Aunque Martí apuntaría que el 17 el generalísimo de las fuerzas cubanas, había salido del campamento para hostilizar un convoy,[28] precisamente el que conducía Ximénez de Sandoval, y, según Gómez, su salida para alcanzarlo por Ventas de Casanova se había producido el día antes,[29] el esfuerzo de este había resultado inútil. El 18, desde bien temprano, había emboscado a la fuerza española a algo más de un kilómetro de Remanganaguas, adonde las tropas del país ibérico habían entrado la tarde anterior; sin embargo, nada pudo obtener porque posiblemente la exploración se descuidó y la tropa enemiga logró marcharse sin el menor inconveniente. Entretanto, al general en jefe le llegó el mensaje que le daba a conocer el arribo de Masó, y con su acostumbrado y lacónico lenguaje militar le respondió a Martí con tres palabras: “Que acampe y espere”.[30]

Por fin, el 19, Gómez retornó al campamento. Apareció en el lugar tarde en la mañana. Un estrecho abrazo envolvió al general en jefe con los otros dos generales, el terrateniente que había sido uno de los fundadores de la revolución de 1868, en el ingenio Demajagua, y el abogado que no había tenido nunca una experiencia militar y, sin embargo, había recibido el mayor de los grados del ejército mambí porque había fundado con su genio, tesón y voluntad, la nueva revolución. En aquella ocasión, el noble manzanillero, en un gesto magnífico, le comunicó al general Gómez su decisión de despojarse de su mando y solicitó se le estimara un soldado más. Por el contrario, el jefe militar de la revolución tomó la determinación de dividir Oriente en dos cuerpos de ejército y que Masó encabezara el del oeste de la provincia, mientras Maceo tendría el mando del primero, que operaría en el este.

El encuentro derivó en un pase de revista a las tropas agrupadas en el lugar. Ahora, los hombres de Gómez más los de Masó sumaban unos 400, una cifra importante para el tipo de operaciones que desarrollaban los mambises y, sobre todo, para la experiencia bélica del talento guerrillero más grande que hasta entonces había conocido América. Con su palabra, Gómez estremeció a la tropa que sabía estaba ante el vencedor de Las Guásimas y la invasión a Las Villas, en la Guerra Vieja. Allí, encomió la conducta relevante del general manzanillero. Masó logró sacudir a su auditorio, porque, sin dudas, aquellos hombres congregados en La Vuelta Grande lo veneraban como al patriarca que tres décadas atrás, junto a Céspedes, había puesto cemento a la nación al proclamar la independencia y darle la libertad a los esclavos, y ahora había sabido impedir que la derrota sellara el nuevo impulso liberador. Por último, desde su cabalgadura, habló Martí y, una vez más, como en los tiempos en que en Cayo Hueso o Tampa seducía con su palabra  a los tabaqueros cubanos, conmovió a unos campesinos orientales que poco antes nada sabían de este hombre magro, de mirada penetrante y verbo ensortijado, cuyos giros quizás no entendían en todo su detalle y, sin embargo, los volvía cautivos. Otra vez, el misterio de Martí se producía. Para quienes pensaban que hechizaba a los tabaqueros, porque los conocía y sabía cómo acudir a las claves que los movilizaban, tendrían que ver la respuesta emocionada a sus palabras que daban estos hombres con los que solo había tenido contacto a partir de aquella noche del 11 de abril cuando saltó a una tierra, en la que de sus cortos 42 años solo había vivido en la isla, sumados, apenas 19. Por Cuba estaba dispuesto a dejarse clavar en la cruz, afirmó. Y, también, quiso reafirmar a aquellos hombres que buscaban un lugar más justo y digno bajo el sol, que esa sería la divisa de la revolución: “Con la Revolución triunfará la verdadera república y el decoro del hombre. La Revolución triunfará por la abnegación y el valor de Cuba, por su capacidad de sacrificio y decoro de modo que el sacrificio no parezca inútil, ni el decoro de un solo cubano quede lastimado. La Revolución trabaja para la República fraternal del porvenir. Sobre las filas heroicas la bandera de Cuba abatirá al opresor”.[31] Los gritos y los viva de la tropa a los tres jefes, formada en dos carrileras frente a frente, sellaron el compromiso de morir por la independencia si era preciso. Se afirma que para Martí hubo gritos de “Viva el Presidente”.

Luego de almorzar en la casa de la finca, se asegura -aunque resulta dudoso-, que Martí comenzó a dictar a Plutarco Artigas unas cuartillas sobre “una nueva Constitución del Gobierno Revolucionario”,[32] y los otros jefes ya iban a colgar la hamaca en el portal para una siesta cuando el teniente Álvarez, de las tropas de Masó, arribó a toda carrera con la noticia de que se habían escuchado disparos en dirección a Dos Ríos.[33]

De inmediato, Gómez ordenó “¡A caballo!”. A Masó le instruyó que marchara con sus tropas a su zaga. Había determinado estrechar el lance con el enemigo que tuviese delante. El generalísimo aspiraba a encontrarlo más allá de Boca de Dos Ríos, porque conocía que hacia el corazón de la extensa cuchilla formada por el entronque del Cauto y el Contramaestre, podría maniobrar con la caballería. Pero no iba a serle posible porque las tropas españolas, acampadas hacia La Bija, a unos 5 kilómetros, y apoyadas en el Contramaestre, tenían bien organizada la defensa de su campamento en sus accesos y flancos.

Las fuerzas cubanas salieron tan aceleradamente al encuentro del adversario, que iban a resultar las atacantes.[34] A pesar de que todo se había producido de manera fortuita, el caudillo cubano esperaba del encuentro los mejores resultados. Sobre este, diría más tarde: “...combate rudo y mal preparado, lo confieso, pero donde yo me prometía obtener otro `Palo Seco'“.[35] Mas, en definitiva, él no había escogido el terreno y tampoco aquella tropa tenía un gran fogueo ni mucha organización y, finalmente, por falta de organización precisa, quienes iban a tomar parte en la lucha serían solamente una parte de los efectivos. Mientras la vanguardia iba adelante en busca de un vado más seguro para un Contramaestre crecido por las copiosas lluvias de mayo, Gómez se lanzó con arrojo y dificultad a cruzarlo por el paso de Santa Úrsula. El veterano campeón de tantas batallas marchaba al frente y a su lado el general Paquito Borrero, detrás “en línea de cuatro en fondo”, Martí, Masó y los jóvenes Dominador y Ángel de la Guardia, ayudantes del general manzanillero.[36] Ramón Garriga corroboraría después que el héroe había pasado el río junto a Gómez y Masó y las fuerzas que venían con estos.[37] La puja por el cruce, desorganizó todavía más la fuerza. Después de ganar la orilla y avanzar, no encontraron de inicio al enemigo. En eso se les abrió una senda que en su dirección sur iba a dar al camino real. Una fuerza de unos 150 hombres enfiló por esta, y, a pesar de tener que atravesar una portada en la cerca de alambre, que solo permitía el paso de uno en uno, como si hubiese sentido en su interior aquel grito de los almogavares, “¡Desperta ferro!”, acometieron con tal fuerza a una de las avanzadas españolas, la dislocada sobre el camino, que la destrozaron. Incluso, tomaron dos prisioneros.[38]

Al impulso afortunado del ataque, Gómez ordenó continuar el avance. Mas, tropas de la 2ª compañía del 2º batallón, que recibieron a los sobrevivientes de la avanzada, lograron detener el ímpetu mambí. Allí, los cubanos tenían que enfrentar en un calvero delante de la casa de Rosalío Pacheco a un enemigo que se había desplegado a manera de un arco, en línea por compañías, y al correrse hacia lugar la 5ª compañía las tres unidades de infantería se apoyaban unas a otras. Al mismo tiempo, el ala izquierda de la fuerza española se apoyaba en la margen del Contramaestre y la derecha llegaba al bosque. La acometida cedió ante el fuego por descargas cerradas del enemigo. A pesar de todo, Gómez ordenó avanzar: por la derecha debía de hacerlo el general Borrero con sus fuerzas, y él por la izquierda. Pero al intentar cumplir su objetivo, el general en jefe comprendió que no lograría romper el frente del adversario ni envolverlo. Ximénez de Sandoval precisaría al respecto: “Dispuse la colocación en el lado derecho del campamento durante el fuego, y en previsión de que el enemigo se corriera por aquel lado como así lo hizo, de compañías en linea escalonada por secciones modificando la colocación de retaguardia y del resto de la columna”.[39]

Sobre el desarrollo de la lucha, escribió Gómez: “Jamás me he visto en lance más comprometido- pues en la primera arremetida se barrió la vanguardia enemiga, pero en seguida se aflojó, y desde luego el enemigo se hizo firme con un fuego nutridísimo”.[40] En efecto, mientras las descargas españolas eran compactas, mortales si alguien se ponía a su alcance, la de los mambises resultaba poco efectiva. Algunos jinetes, que comprendieron la inefectividad de la carga, desmontaron para combatir como dragones. Entonces, el general en jefe dio orden de replegarse: debía reorganizar sus fuerzas, antes de intentar una nueva acometida. Según Juan Masó Parra, en aquella jornada jefe de día del campamento insurrecto, habían transcurrido tres cuartos de hora desde el comienzo del combate.[41] Serían entonces, posiblemente, alrededor de la 1:30 del mediodía.

Si bien hay quien afirma que Martí participó en el acuchillamiento de la avanzada,[42] Gómez asegura que antes, a cierta distancia del enemigo, le instruyó al Apóstol, que vestía de saco negro, pantalón claro, sombrero negro de castor y borceguíes negros y galopaba a su lado, que volviera a retaguardia. Aquel no era su lugar, le apremió. Gómez sabía que su compañero, rebosante de voluntad de lucha, no era uno de aquellos centauros capaz de batir al enemigo con tajos poderosos de su machete o disparar el remington de manera certera desde la montura de su cabalgadura. Sin embargo, no radicaba en esto su preocupación. Había algo mucho más determinante: el valor trascendente para la revolución de aquella vida que, de hecho, tenía confiada y que, por tanto, debía preservar a toda costa. Pero, ¿cómo esperar que el temperamento del Maestro aceptara sumisamente la determinación? ¿Acaso en Santo Domingo, cuando quisieron impedirle que se incorporara al campo de batalla, no había demostrado su decisión de enfrentar sobre el terreno el lance bélico y, en La Mejorana, cuando le plantearon que su puesto estaba en el exterior, no anunció que no abandonaría la manigua sin antes haber presenciado uno o dos combates? ¿Y, acaso, venir a Cuba no era participar en la lucha? ¿Acaso presenciar refriegas bélicas no excluía la posibilidad de quedarse en el campamento, de estar lejos del mosconeo de las balas? Señalarle que estuviera ausente del peligro, cuando hacía poco había estremecido el espíritu viril de la tropa con una exhortación a luchar hasta la muerte por la conquista de la patria libre, resultaba exigirle en demasía a aquel hombre de nervio entero. Tal parece que pudiera escuchársele, cuando después de ir al frente hubiese tratado de justificar su desacato a una orden que no tenía por qué obedecer, con la afirmación de que le habría parecido femenil quedar aguardando el regreso de los combatientes.

Martí era demasiado lúcido para no estar consciente de su propia valía en relación con la marcha de la revolución, pero también sabía que la muerte sería un riesgo perpetuo para los que, como él, habían escogido el camino de la lucha. Por eso, no se desdobló para hacerse comprender que su vida resultaba tan preciosa que no la podía entregar en cualquier incidente bélico, y menos en aquella escaramuza, sin mayor valor estratégico. Sus sentimientos, su pasión, sin dudas llevados a la exacerbación por el combate y hasta por el reto interno que constituyó la orden de que se retirara del frente, se impusieron. En medio de la confusión causada por la dureza de la defensa española, que presagiaba la retirada y el revés, decidió avanzar heroicamente quizás con la idea de que su ejemplo podría arrastrar a una tropa que Gómez apuntaría que en esos momentos flojeaba y le faltaba brío. Sin dudas, en aquellos instantes, recordó que él era el hombre que hacía poco, con su apasionada convocatoria, la había enardecido.

Se ha dado la versión de que Martí, con un destacamento desperdigado, capitaneado por el coronel Bellito, con el que se encontró accidentalmente, fue quien cargó contra la avanzada y la macheteó y, luego, esta fuerza entró en la casa de José Rosalío Pacheco para perseguir a los soldados fugitivos del degüello. También se dice que Emilia Sánchez, la esposa del prefecto, escondida bajo la cama con sus hijos, había escuchado afuera la voz de Martí. Según esta versión, después, Martí habría conminado a Ángel de la Guardia a marchar adelante solos, hasta que tropezó con los soldados de la otra avanzada española, situada a la izquierda del camino.[43] Todo apunta en contra de esta versión que, hasta donde resulta posible conocer, no tiene sustentación real ni lógica algunas. Es de pensar que si este destacamento hubiese existido, alguno de sus integrantes se habría constituido en testimoniante de los hechos y, sin embargo, en ningún momento los protagonistas de mayor relieve se refirieron a algo así o mencionaron que conocieran de este pasaje.

En realidad, todo indica que Martí, después de la indicación imperativa de Gómez de que retrocediera, no se marchó del lugar. Seguramente, mientras se producía el primer choque contra la avanzada española, debió quedar a la derecha de la ruta que tomaba curso paralelo al Contramaestre, y a unos 150 metros de la margen del río. A su izquierda, hacia el centro del lance bélico y batido por la defensa española, bregaba Gómez con sus fuerzas. Posiblemente, Martí merodeó por el entorno en busca de la manera de aproximarse al escenario inmediato de lucha. Hasta que al fin, y sin que nadie se percatara, acompañado de Ángel de la Guardia, de quien se dice pasó a su lado después de cumplir una misión encomendada por Masó, y al que invitó a marchar con él a la carga,[44] en arranque ardoroso se lanzó al galope en pos del olor a pólvora y el zumbido de los plomos. En la mano solo llevaba, aquel mediodía, su revólver colt con empuñadura de chapas de nácar, regalo de Panchito Gómez Toro. Estaban a unos 50 metros a la derecha y delante del general en jefe de las armas cubanas cuando, sin saberlo, presentaron un blanco excelente a la avanzada española, que estaba envuelta por los yerbazales del campo de batalla.[45] Al pasar entre un dagame seco y un fustete corpulento caído, los disparos de los emboscados dieron en el cuerpo del Maestro, la luz cenital lo bañó, soltó las bridas del corcel, y su cuerpo aflojado fue a yacer sobre la amada tierra cubana. De su revólver, atado al cuello por un cordón, no faltaba ni un cartucho. Había acontecido la catástrofe de Dos Ríos.

Mientras Gómez hizo residir la causa del arranque de Martí en “su valor temerario y la fogosidad de su caballo”,[46] algunos han querido ver en su acción un suicidio, una muerte provocada conscientemente. Una frase expurgada de sus escritos, como la de “Para mi, ya es hora”,[47] de la carta a Federico Henríquez y Carvajal, de marzo del 95, ligada a las diferencias de criterio con Maceo y Gómez en relación con su salida de la manigua más su presencia terca e intempestiva en el teatro del combate, casi solo, han llevado a uno que otro a afirmarlo o, al menos, a hacer veladas sugerencias que lo implicarían. Si aquella frase no se extrae de su contexto, nada apuesta por la tesis del sacrificio buscado, del martirio, del hombre que se hizo matar. En la misiva a Henríquez y Carvajal, Martí se refiere a la idea, de la cual se le había tratado de convencer en Montecristi, de que su papel esencial en la lucha estaba fuera de la isla. Para establecer la verdad, debe señalarse que previamente a la manoseada sentencia, el Apóstol le había afirmado a Henríquez y Carvajal: “Yo evoqué la guerra: mi responsabilidad comienza con ella, en vez de acabar”, y, después añadía: “...hay que hacer viable, e inexpugnable, la guerra; si ella me manda, conforme a mi deseo único, quedarme, me quedo en ella; si me manda, clavándome el alma, irme lejos de los que mueren como yo sabría morir, también tendré ese valor (...) De mí espere la deposición absoluta y continua”.[48] Y todavía, más adelante, asegura que, ante la opción expuesta, prefería quedar en el escenario de la querella, aunque fuese como el último peleador y como tal morir, y pronuncia la frase. Mas, enseguida, en su desdoblamiento de siempre, consciente de su responsabilidad en la nueva contienda y del objetivo que perseguía con ella, que no solo era la independencia de Cuba sino servir a América, oponía a cualquier deseo hipotético un deber que creía estaba por encima de sí mismo. Por ende, esta frase solo queda como imagen del ser individual no del ser histórico -de cuya investidura tenía conciencia-, que se ha autoimpuesto una empresa grandiosa y de fondo revelada en la carta inconclusa a Manuel Mercado.

En la mente de un hombre que el día anterior a su caída estaba proyectando los objetivos que se exponían en la misiva a su amigo mexicano, en la de alguien que apuntó en su texto “cuanto he hecho hasta hoy y haré” -obsérvese el tiempo futuro-, no hay cabida para un martirologio provocado, buscado de manera consciente, porque sabía que la muerte truncaría empresa de tal calado, que tal vez estaba convencido de que no tendría realización si no era conducida por sus manos, pues solo él la entendía en todo su alcance.

Por añadidura, se olvidaría que, el 14 de mayo, cinco días antes de su muerte, Martí había anotado en su diario que iba meditando en la conducta que debía adoptar en relación con su marcha de la manigua o su permanencia y formación del gobierno; es decir, en el porvenir. Él, probadamente, había previsto desde hacía largo tiempo la posibilidad de que no pudiera permanecer en la manigua. Recuérdese que, ya el 20 de octubre de 1894, le había escrito a Gómez: “Aquí, los primeros ímpetus, con la fuerza y crédito de la guerra armada, serán todo lo que deben ser, y el auxilio fácil mensual que dejo organizado. Allá, Vd. sabe mi alma y mis propósitos y encenderé, y juntaré, y quitaré estorbos, y haré eso cuanto quepa en mí. Y si luego debo echar a la mar el corazón, y volver a ordenar el esfuerzo último, sin el descrédito que acompañaría a un revolucionario meramente verboso, volveré, donde sirva más”.[49]

Otro dato más niega la posibilidad de un suicidio, no por menor poco importante: si hubiera querido marchar al sacrificio, no habría invitado a Ángel de la Guardia a acompañarlo. Para un hombre de su ética, hubiera sido injusto arriesgar la vida del joven -casi un niño-, en un destino que, en todo caso, debía ser únicamente suyo.

En cuanto a la fogosidad del caballo, aunque no debe ser la razón del avance impetuoso, resulta de interés conocer numerosos testimonios que reiteran el carácter brioso e incontrolable del corcel. Si bien algunos aseguran que la bestia procedía de las ocupadas a las fuerzas del coronel Copello, en Jobito, otra versión afirma que procedía de una recría de la zona de Guantánamo, y el año anterior, un primitivo comprador del caballo lo había devuelto a su propietario, “porque padecía el mal de asustarse y desbocarse”. Este propietario se incorporó después a las huestes mambisas con sus corceles.[50] Pero hay que decir, que si bien Martí no era un jinete consumado tampoco era un inexperto. Desde su niñez había galopado y, de nuevo, durante sus viajes, lo había hecho muchas veces.

Además, sobre todo, hay que pensar que de habérsele desbocado el caballo hubiese llegado antes a las filas españolas y por y por los disparos recibidos por Martí y por el córcel de Ángel de la Guardia, se evidencia que marchaban a la par.

A propósito, Baconao, al que una bala hirió en el vientre y le salió por el anca, sobrevivió y Gómez ordenaría soltarlo en la finca Sabanilla, con la prohibición expresa de que nadie más lo montara.[51] Era un tributo de respeto y cariño hacia Martí.

A todas estas, según un relato de lo acontecido, que Ángel de la Guardia dio a conocer a su esposa tiempo después, en un campamento mambí, y el hijo de ambos refirió, media legua después de cruzar el Contramaestre, junto con Gómez, Martí, Borrero, Masó, su hermano Dominador y otros, una hondonada desvió los caballos del Apóstol y el suyo y galoparon en una línea diagonal respecto a la fuerza del jefe militar de la revolución hasta tropezar con la avanzada española.[52] Es decir, en este testimonio no muy repetido en las reseñas relacionadas con aquel hecho, se aduce que la separación de las otras fuerzas cubanas fue resultado de un accidente del terreno. Desde luego, en él, relato de un relato, a su vez tomado de un relato, hay imprecisiones tales que no permiten asumirlo al pie de la letra.

Incluso, los corresponsales de La Discusión y de Diario de la Marina, sostendrían que Martí, revólver en mano, arengaba a los mambises a avanzar cuando fue herido de muerte, relato que obtuvieron de los soldados de la avanzada.[53] Esta versión circuló ampliamente, pero como no la corroboró una fuente cubana, y el único que podía hacerlo murió, nunca se ha valorado, sin embargo, no puede ignorarse totalmente.

En fin, hablar de la búsqueda deliberada de la muerte por parte de José Martí solo evidencia desconocimiento de su carácter, afiliarse a esa tesis únicamente puede conducir a pensar que lo suyo -y lo de todo revolucionario auténtico- consistía en utopías y que en él todo emergía de una veta romántica. Después de eso, en la acción de Dos Ríos solo quedaría un arrebato hijo de la frustración, de la obcecación, de la desilusión, porque lo hacían salir de la manigua. Se desconocería u olvidaría que Martí era un político depurado que sabía de litigios, ataques injustos y hasta de humillaciones, sin que esto lo condujera nunca a depresiones: por la sencilla razón de que no podía permitírselas. Él, estaba preparado para apurar acíbar, hiel. Cómo no recordar estas palabras suyas, todavía frescas, cuando cayó: “No habrá dolor, humillación, mortificación, contrariedad, crueldad, que yo no acepte en servicio de mi patria”.[54] Por el contrario, a encrespadas tormentas, borrascas temibles y cielos encapotados, siempre respondió de manera altiva, firme, valerosa. De hecho, nunca se vio flaquear a su membruda voluntad y, en todo momento, se sobrepuso al peor contratiempo. Porque fue siempre un luchador que se enfrentó, sin lirismo alguno, con temple y nervio, a la adversidad y cuando se impuso la tarea de independizar a Cuba, sabía que su ruta se repletaría más de zarzas que de flores. Para aquel hombre, la meta resultaba más importante que el camino.

Por todas estas razones, la acción del Apóstol en Dos Ríos queda más bien prefigurada en otras palabras que escribió tiempo atrás: “La muerte engrandece cuanto se acerca a ella; y jamás vuelven a ser enteramente pequeños los que la han desafiado”.[55] Es decir, en aquella hora había montado porque después podría sentarse a continuar el debate con los hombres que sabían montar, y había avanzado porque consideraba que una vez en medio de la batalla ya no era la palabra sino el ejemplo el que debía movilizar. Sería su demostración de que, como aquellos, se volvía capaz de arrostrar la muerte.

A propósito, hay un hecho que ha creado leyendas sobre si Martí, en los momentos del combate, marchaba hacia la costa para salir de la manigua y fue sorprendido por el enemigo. En una carta del corresponsal del Herald, de Nueva York, fechada en Tunas, el 29 de mayo, según este asegura, Gómez había declarado dos días antes que, en las horas de la tragedia de Dos Ríos, Martí se disponía a abandonar la isla.

De ser verdad, Máximo Gómez le habría manifestado: “Si Martí se hubiera quedado conmigo viviría todavía, pero los intereses de la Revolución lo llamaban fuera. Había emprendido marcha para la costa, con objeto de embarcarse para Jamaica, cuando cayó en una emboscada y fué traidoramente muerto, virtualmente asesinado, con casi todo el Estado Mayor por tropas del coronel Sandoval. Fué un mártir de su causa, como Crombet, aquí tenemos todavía quiénes lo sepan vengar. Después que Martí se despidió oímos fuego en la dirección que el llevaba. Tenía una pequeña fuerza, en espera de encontrarse con Rodríguez o Banderas. Borrero se apresuró a llegar al lugar donde se oían los disparos; levanté el campamento y corrí en su socorro, ya era tarde. Martí ya había muerto y toda la columna de avanzada había sido barrida; Martí había sido muerto y la totalidad de la columna de avance había sido derrotada. El cadáver de Martí, con otros cuerpos humanos y caballos heridos yacían en el suelo. La emboscada había sido tan bien preparada que nos fue imposible hacer un ataque de concentración. Estábamos copados. Me hirieron ligeramente. Borrero me salvó rompiendo las líneas españolas y dejando el cadáver de Martí en el campo de batalla”.[56]

Sin dudas, este pasaje va contra lo anotado el 19 de mayo en el propio diario de campaña de Gómez y lo que con intimidad escribiría en su correspondencia para explicar, con todo dolor, cómo había ocurrido la muerte de Martí. Al leerlo, por lo pronto respóndase: ¿por qué Martí no se había dirigido antes a la costa, y lo iba a hacer cuando marchaba por el centro de la provincia?, ¿cómo iba a encontrarse con un Bandera que, desde el 9 de mayo, le quedaba a sus espaldas?, ¿quién era Rodríguez? Todavía más, en carta de Gómez a Masó, del 21 de mayo, el generalísimo le dice que le ha escrito al entonces coronel Miró Argenter para darle a conocer lo ocurrido “en este punto o Dos Ríos”,[57] y, en efecto, en misiva suya del día 20 no hay nada parecido a lo que se narra en el Herald, como tampoco lo hay en el espléndido libro, Crónicas de la Guerra, de aquel autor,[58] para cuyo relato partió de lo referido por Gómez. Desde el cuartel general de La Vuelta Grande, el general le explicó al coronel Miró: “Entre las doce y la una de la tarde de ayer, a una legua de este punto, he sostenido rudo combate con las fuerzas de caballería al mando del general Bartolomé Masó, contra columna enemiga de más de mil hombres, de caballería e infantería. El enemigo sin poder tomar nuestro campamento, se retiró destrozado, dejando dos prisioneros, algunas armas y siete hombres muertos en el campo.// Por nuestra parte, la baja sensible de José Martí, cuyo cadáver no se pudo recoger pues en la confusión de la arremetida, debido a su valor temerario y a la fogosidad de su caballo, traspasó los límites que la prudencia aconsejaba defender. El Delegado, no obstante que le di orden, ya cerca del enemigo, de que se quedara detrás, no quiso obedecerla y siguió separándose de mi lado. La gente novicia no me siguió en la carga sostenida, a pesar de mis esfuerzos por arrastrarla, y aunque fué desecha su fuerza de vanguardia, su centro quedó entero, fácil le fué nutrir sus fuegos, que no era posible apagarlos con los disparos mal dirigidos por nuestros jinetes. Necesario fué retirarse a distancia conveniente y esperar: el enemigo no avanzó y emprendió su retirada por caminos no a propósito para ser perseguido por caballería”.[59]

Y, en agosto, sobre lo acontecido, Gómez le narraría a Estrada Palma: “¿Y por qué lo dejó Ud. lanzarse [a Martí]? pudiera observarseme. A alguna distancia del enemigo le ordené se retirara, él desdeñó mi orden y mientras yo ordenaba la carga no era posible que yo mirase mas a Martí. Cuando me pude apercibir de su caída, lo más que podía hacer lo hice, lanzarme solo a ver si recogía su  cadáver. No me fue posible, y puedo asegurar a Ud. que jamás me he visto en tanto peligro. La noticia de fuente española de que yo estaba herido, no dejaba de tener su fundamento”.[60] En una misiva de ese mismo mes, a Benjamín Guerra, Gómez dio otros detalles: “Aquel día oímos los fuegos a distancia de más de media legua de nuestro campamento, y cuando yo acudo, con la gente que tenía, a salirle al encuentro, Martí marchaba a mi lado. `Hágase Vd. atrás, Martí, no es ahora este su puesto' le ordené yo, lo oyeron varios. El detiene, es verdad, un tanto su caballo, pero yo con toda mi atención al enemigo no miré más a Martí, en la brusca acometida que se le dió aquel día al enemigo”.[61] Todavía, en La Discusión, el 19 de mayo de 1908, Gómez publicaría: “Avanzamos rápidamente y pronto nos encontramos frente a un enemigo, que en la pequeña sabana de Boca de Dos Ríos había formado sus cuadros para esperar el ataque, pues acaba de saber por la familia de Pacheco, que no eran solo los 40 hombres que yo tenía emboscados, sino que se había reunido Masó con 300 caballos. Sin embargo, la acometida fue terrible, no sin indicar a Martí que se retirara hacia atrás que aquel no era su puesto. Yo no pude ocuparme más de Martí”.[62]

Pero, incluso, eso no es todo para llegar a pensar en la inautenticidad del relato del Herald: basta leer la masa de documentos cubanos y españoles, sobre los días previos y posteriores a Dos Ríos o sobre la acción misma, y la correspondencia de Martí de esos días, sobre todo la carta a Mercado, para saber que, o bien el corresponsal del Herald hizo un montaje, o Gómez empleó aquel discurso de la “emboscada traidora” y el “martirio” para levantar en la opinión pública internacional odio contra el enemigo y opiniones favorables a la causa cubana.

Por todo lo expresado, también se hace monumentalmente palmario que Martí no quedó en el campamento cuando se dio la orden de montar. En alguna otra versión, se pone en boca de Gómez lo contrario; pero, en este caso, no se trata de una afirmación directa sino de alguien que dice haberlo escuchado.[63]

Resulta necesaria esta disgresión sobre los acontecimientos, porque alguna que otra vez, desde 1895, elaboradores de fantasías y ficciones de género diverso, han pretendido, contra toda evidencia histórica, retorcer hechos, aferrarse a relatos inexactos o a documentos repletos de lagunas y, sin contrastación adecuada o haciéndolo de manera forzada, han presentado una versión particular y totalmente errónea de los acontecimientos.

A todas estas, ahora podemos conocer otra versión sobre aquellos momentos del combate. El coronel Ximénez de Sandoval, dos días después del lance de Dos Ríos, informaría al general Salcedo: “Un cuarto de hora haria habian tomado las compañias el punto que en el campamento les señale y colocado el servicio de centinelas que indique, cuando un numeroso grupo á caballo no haciendo caso del alto y disparos de la avanzada en la prolongación del camino de Dos Ríos se echó sobre ella machete en mano trabandose reñida lucha cuerpo á cuerpo de la que resultaron los nuestros victoriosos por la rápida intervención de la 2ª compañia del 2º batallon peninsular, más no sin lamentar la muerte de un sargento y dos heridos de arma blanca, soldados de la expresada compañia.// Generalizose el fuego por la intervencion de numerosa caballeria enemiga y refuerzos que sin perder un instante ordené acudieran adonde yo me hallaba animando la tropa con mi presencia. En el costado izquierdo del frente de nuestras fuerzas cayó con cinco balazos el titulado Presidente Don José Martí, siendo la posesión de su cadaver muy disputada por los suyos que en su empeño llegaron a nuestros soldados que los rechazaron con brio”.[64]

Ese día 21, Ximénez de Sandoval dibujó tres croquis de la defensa del campamento, el combate y la retirada, que también envió al general Salcedo. En el número 1 (ver anexos), se aprecia con una línea de pequeñas cruces, a la orilla del bosque y frente a la 2ª compañía del batallón 2° Peninsular, lo que debió ser la cerca de cuatro hilos. Y, también, entre esta y la compañía, dos pequeños rectángulos a la izquierda del camino, que representan las avanzadas. La dislocada sobre el camino, debe ser la macheteada y la situada más a la izquierda, cercana a la margen del Contramaestre, la que disparó contra Martí. Resulta muy probable que este haya avanzado paralelamente al camino y en la inmediatez de la sección española. Entonces, se escuchó la desflagración de unas armas que todavía resuenan en la historia de Cuba, y el Apóstol cayó.

Notas
[1]. "Del general Arderíus a gobernadores militares de Puerto Príncipe, Santa Clara, Matanzas y Pinar del Río", 21 de mayo de 1895. A/SHM, Fondo Capitanía General de Cuba, caja 887; "Certificado de inhumación de José Martí, Santiago de Cuba", 27 de mayo de 1895. A/SHM, Fondo Capitanía General de Cuba, caja 714.
[2]. Hoja de servicios del teniente general José Ximénez de Sandoval y Bellange. Archivo General Militar de Segovia, expte. J-520.
[3]. Ibíd.
[4]. Ibíd.
[5]. "De Salcedo al general en jefe", [1] de mayo de 1895. A/SHM, Fondo Capitanía General de Cuba, caja 717.
[6]. "Traducción al telegrama cifrado no. 19 de Songo, depositado el dia 2 de Mayo 1895 á las 10´10 de su mañana y recibido a las 11 de la mañana. A/SHM, Fondo Capitanía General de Cuba, caja 717.
[7]. "De Arderíus al ministro de la Guerra", 20 de mayo de 1895. A/SHM, Fondo Capitanía General de Cuba, caja 887,
[8]. Enrique Ubieta: Efemérides de la revolución cubana, Librería e Imprenta La Moderna Poesía, La Habana, 1920, t. IV, p. 200.
[9][9]. Guillermo Calleja Leal: "La muerte de  Martí en el combate de Dos Ríos", en, La presencia militar española en Cuba (1868-1895). Ministerio de Defensa: Monografías del CESEDEN, no. 14, Madrid, octubre de 1995, p. 98.
[10]. "Del coronel Ximénez de Sandoval al general Salcedo", 21 de mayo de 1895. A/SHM, Fondo Capitanía General de Cuba, caja 714.
[11]. Ibíd.
[12]. Máximo Gómez: Diario de campaña, Talleres del Centro Superior Tecnológico, Ceiba del Agua, 1940, p. 335.
[13]. Gonzalo de Quesada y Miranda: Alrededor de la acción en Dos Ríos, Imprenta de Seoane Fernández y Cía., La Habana, 1942, p. 33.
[14]. Ibíd.
[15]. "Del coronel Ximénez de Sandoval al general Salcedo", 21 de mayo de 1895, doc. cit.
[16]. Gonzalo de Quesada y Miranda, op. cit., p. 24.
[17]. Rafael Lubián: La ruta de José Martí (De Playitas a Dos Ríos), Ministerio de Educación, La Habana, 1953, p. 33; Rafael M. Senmanat: El calvario de Martí (De Playitas a Dos Ríos), Editorial América, La Habana, 1925, p. 8.
[18]. "Del coronel Ximénez de Sandoval al general Salcedo", 21 de mayo de 1895, doc. cit.
[19]. Posiblente, por entonces, hubo algún caserío por allí. Para 1935, según Gerardo Castellanos, en su obra Los últimos días de Martí, Ucar, García y Cía, La Habana, 1937, el nombre de La Bija ya había sido borrado por el arado y la caña que antes abundó y por la yerba de guinea.
[20]. "Del coronel Ximénez de Sandoval al general Salcedo", 21 de mayo de 1895, doc. cit.
[21]. José Martí, op. cit., t. XIX, p. 239.
[22]. Ibíd.
[23]. La Discusión, 31 de mayo de 1895.
[24]. José Martí, op. cit., t. IV, pp. 167 y 168.
[25]. José Miró Argenter: Crónicas de la guerra, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1970, p. 25.
[26]. Destinatario José Martí, ed. cit., p. 356; Gonzalo de Quesada y Miranda, op. cit., p. 39.
[27]. José Martí, op. cit., tomo IV, p. 170.
[28]. Ibid., t. XIX, p. 242.
[29]. Gonzalo de Quesada y Miranda, op. cit., p. 39.
[30]. Ibíd.
[31]. Enrique Loynaz del Castillo: Memorias de la guerra, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1989, p. 167.
[32]. Ibíd., p. 51.
[33]. Gerardo Castellanos, op. cit., p. 301.
[34]. "Dos documentos sobre la muerte de Martí. El testimonio de Ángel de la Guardia Bello, según su hijo Ángel de la Guardia Rosales". Anuario de Estudios Martianos no. 2, Departamento Colección Cubana, Consejo Nacional de Cultura, La Habana, 1970, p. 420.
[35]. Máximo Gómez, op. cit., p. 433.
[36]. Francisco Ibarra: Los cinco entierros de José Martí, Palacio de Convenciones, La Habana [s.a.], p. 5.
[37]. Diario de la Marina, 22 de febrero de 1948.
[38]. Enrique Ubieta, op. cit., p. 301; "Carta del coronel Juan Masó Parra al capitán Juan Maspons Franco, secretario privado de Maceo...", 25 de junio de 1895; Anuario de Estudios Martianos no. 2, citado, p. 422.
[39]. "De Ximénez de Sandoval al general Salcedo", 21 de mayo de 1895, doc. cit.
[40]. Máximo Gómez, op. cit., pp. 335 y 336.
[41]. "Carta del coronel Juan Masó Parra al capitán Juan Maspons Franco, secretario privado de Maceo...", 25 de junio de 1895; Anuario de Estudios Martianos no. 2, citado, p. 422.
[42]. Ibíd.
[43]. Enrique Loynaz del Castillo, op. cit., pp. 168 y 169.
[44]. José Miró Argenter: ob. cit., p. 28; Rafael Lubián: Martí en los campos de "Cuba Libre", Homenaje de la Cervecería Polar al apóstol José Martí, La Habana, 1953, p. 116.
[45]. Ibíd. Tanto la versión que se da de las palabras de Ángel de la Guardia, como la de Dominador de la Guardia, que estaba en las fuerzas de Gómez, publicadas en el libro de Enrique Ubieta, op. cit., p. 301, coincide en que la distancia que los separaba era de unos 50 metros.
[46]. Gerardo Catellanos, op. cit., p. 317.
[47]. José Martí, op. cit., t. IV, p. 111.
[48]. Ibíd.
[49]. Ibíd., t. III, p. 299.
[50]. Véase el trabajo de Ricardo Ronquillo Bello y Víctor Hugo Purón, "Cabalgadura en la encrucijada", en el diario Juventud Rebelde, de 19 de mayo de 2000.
[51]. Rafael Lubián: Martí en los campos de "Cuba Libre", ed. cit. p. 116.
[52]. "Dos documentos sobre la muerte de Martí. El testimonio de Ángel de la Guardia Bello, según su hijo Ángel de la Guardia Rosales". Anuario de Estudios Martianos no. 2, citado, p. 420.
[53]. Pedro Castillo: "¿Quién mató a Martí?", revista Bohemia, no. 20, 16 de mayo de 1968.
[54]. Ibíd., t. IV, p. 117.
[55]. José Martí, op. cit., t. XIII, p. 306.
[56]. Enrique Ubieta, op. cit., pp. 411 y 412.
[57]. Roberto Pérez de Acevedo: "Martí en Dos Ríos", Anuario de Estudios Martianos no. 2, citado, p. 412.
[58]. Véanse las páginas 24 y ss., de las Crónicas de la guerra, del general José Miró Argenter. A pesar de varias inexactitudes y deducir el carácter de la muerte de Martí, en Dos Ríos, como hecho deliberado, la versión para nada tiene que ver con la "marcha en busca de la costa" y la "emboscada traidora".
[59]. Gerardo Castellanos, op. cit., p. 317.
[60]. "De Gómez a Estrada Palma", 22 de agosto. ANC, Fondo Delegación cubana en los Estados Unidos, caja 116, doc. 15 631.
[61]. "De Gómez a Guerra", 29 de agosto de 1895, La revolución del 95 según la correspondencia de la Delegación cubana en Nueva York, Editorial Habanera, La Habana, 1932, t. I, p. 71.
[62]. Gonzalo de Quesada y Miranda, op. cit., p. 41.
[63]. Aníbal Escalante Beatón: Calixto García: su campaña en el 95, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1978, p. 88.
[64]. "Del coronel Ximénez de Sandoval al general Salcedo", 21 de mayo de 1895, doc. cit.