Gente haciendo fila para comprar bombonas de gas de cocina en Nueva Delhi este mes. Foto: Ritesh Shukla/Getty Images.
En los libros de economía, el aumento de los precios de la energía a causa de la guerra en Medio Oriente pone de manifiesto la capacidad de los mercados para decidir de manera eficiente quién obtiene qué. Sin embargo, en el mundo real, parece actuar un tipo de poder más primitivo.
El conflicto ha restringido de manera grave el suministro de petróleo del golfo Pérsico. Los países con medios financieros —China, Japón, Europa, Estados Unidos— se están asegurando gran parte de lo que necesitan, pagando lo que haga falta. Algunos están restringiendo las exportaciones para conservar lo que tienen.
Esto ha hecho subir los precios en todas partes. Al mismo tiempo, la escasez amenaza a las naciones menos ricas de Asia, África subsahariana y América Latina.
Algunos economistas califican esta situación como un acaparamiento.
“El mercado no es un mecanismo de asignación armonioso, sino que acaba siendo la ley de la selva”, dijo Isabella Weber, economista de la Universidad de Massachusetts, Amherst. “El racionamiento por explosión de precios termina siendo fundamentalmente injusto”.
No es la primera vez que el mundo se enfrenta a la realidad de que el miedo a la escasez pueda convertirse en una profecía autocumplida. El aumento de los precios de materias primas críticas como el petróleo y el gas natural se amplifica por un bucle de retroalimentación de alarma y compra febril. Mientras los gobiernos nacionales tratan, comprensiblemente, de proteger sus economías para que no se queden sin bienes vitales, sus compras afirman el ímpetu de otros por bloquear el suministro.
Durante décadas, esta verdad ha quedado ilustrada por las crisis del suministro mundial de alimentos. Algo parecido ocurrió durante la pandemia de la covid, cuando las naciones prohibieron las exportaciones de equipos de protección y compitieron por dosis limitadas de vacunas que salvaban vidas. Ahora, la misma dinámica parece estar haciendo subir los precios de la energía en todo el mundo, provocando escasez de gas para cocinar en India y de combustible para aviones en el sudeste asiático.
Una instalación de procesamiento de petróleo en California. Foto: Mario Tama/ Getty Images.
“Una vez más, una gran crisis imprevista sacude la economía mundial y cada país se las arregla por su cuenta”, dijo Eswar Prasad, experto en comercio internacional de la Universidad de Cornell. “No se trata de que el mundo esté unido e intente resolver el problema conjuntamente. Cada país está en modo de supervivencia”.
La semana pasada, el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y la Agencia Internacional de la Energía exhortaron conjuntamente a los países a no acumular reservas de energía ni prohibir las exportaciones, y advirtieron que esas medidas empeorarían la situación del planeta.
“No hagan daño”, instó la directora gerente del FMI, Kristalina Georgieva, cuando su institución rebajó su previsión de crecimiento económico mundial.
Esta advertencia se produjo después de que China y Tailandia detuvieran las exportaciones de combustible de aviación, tratando de garantizar unas reservas adecuadas en su país.
Para Tailandia, cualquier problema para la aviación representa un peligro para su enorme industria turística. Y la preocupación por quedarse sin energía ya se había hecho realidad. Después de que el gobierno limitara el aumento del precio del diésel, los conductores se agolparon en las gasolineras en una oleada de compras de pánico. Después, las autoridades se prepararon para racionar el combustible.
Pero el impacto de la prohibición de las exportaciones de combustible de aviación extendió el sufrimiento por toda la región, y provocó escasez en países importadores como Vietnam, Birmania y Pakistán.
Las principales compañías aéreas de Europa han advertido sobre el riesgo de quedarse sin combustible. Lufthansa Group citó la duplicación de los precios y dijo el martes que reduciría 20.000 vuelos hasta octubre.
El sector turístico de Tailandia, una parte crucial de la economía, está en peligro a medida que aumenta el temor por los precios del combustible. Foto: Anthony Wallace/ Agence France/ Getty Images.
Europa depende de los proveedores del golfo Pérsico para tres cuartas partes de su combustible de aviación, y la mayor parte se mueve a través del estrecho de Ormuz, el estrecho canal en el centro de las hostilidades entre Estados Unidos e Irán.
El gobierno chino, preocupado desde hace tiempo por la dependencia energética de Medio Oriente, ha aumentado en los últimos años sus vastas reservas de petróleo y gas natural. China también se ha convertido en líder mundial en la obtención de electricidad a partir de fuentes de energía renovables, como la solar y la eólica. Sin embargo, China compra alrededor del 13 por ciento de su petróleo a Irán, por lo que la guerra es motivo de gran preocupación en Pekín.
Desde que Estados Unidos e Israel iniciaron la guerra a finales de febrero, China ha intentado sustituir los envíos de petróleo bloqueados por el conflicto con mayores compras a Rusia y Brasil.
Sin embargo, no es una operación sencilla. En conjunto, las importaciones chinas de crudo han descendido alrededor de un 10 por ciento este año en comparación con 2025. Pero la incomparable capacidad de China para almacenar petróleo reduce en gran medida el riesgo de quedarse sin reservas.
Las economías más pequeñas carecen de esa capacidad, lo que las pone en una gran desventaja.
Filipinas, que importa el 90 por ciento de su petróleo del golfo Pérsico, declaró el mes pasado la emergencia nacional ante el aumento de los precios de la gasolina. El presidente Ferdinand Marcos Jr. ha intentado aliviar la tensión concediendo subvenciones a los conductores de triciclos motorizados y jeepneys, una forma popular de transporte. Pero eso no ha aplacado el enojo de los conductores, que han organizado huelgas. El gobierno también ha interrumpido la recaudación de impuestos sobre el gas licuado de petróleo, una de las principales fuentes de combustible para cocinar en las zonas urbanas.
En India, que también depende en gran medida del gas licuado de petróleo para cocinar, las autoridades han hecho redadas en negocios acusados de acaparar bidones, lo que ha agravado la escasez.
Trabajadores del transporte en Manila manifestándose a finales de marzo. Filipinas importa el 90 por ciento de su petróleo del golfo Pérsico. Foto: Ezra Acayan/ Getty Images.
En Estados Unidos, el presidente Donald Trump ha intentado limitar las perturbaciones económicas de su guerra liberando millones de barriles de la Reserva Estratégica de Petróleo. Japón ha adoptado un enfoque similar.
Los importadores europeos de energía, especialmente vulnerables a las turbulencias en el golfo Pérsico, han hecho subir los precios mundiales al pujar más alto que sus rivales asiáticos por el combustible para aviones y otros productos.
Algunos ven la disponibilidad desigual de energía como una crítica al dogma económico que ha impulsado la globalización desde el final de la Segunda Guerra Mundial: la idea de que un mayor comercio produce estabilidad al ampliar el acceso a bienes vitales.
“El marco posterior a la Segunda Guerra Mundial se basaba en la idea de que las fronteras no importan”, dijo Joseph Stiglitz, economista de la Universidad de Columbia galardonado con el Premio Nobel. “Hay un precio global para todo. Pero una vez que se produce el acaparamiento nacional, eso ya no es cierto. Las fronteras importan”.
No es la primera vez que se produce una escasez como consecuencia de una guerra campal multinacional.
Hace más de medio siglo, en 1972, la sequía asoló las cosechas de arroz en gran parte del sudeste asiático, amenazando un alimento básico para decenas de millones de personas. Al año siguiente, Tailandia —el mayor exportador de arroz del mundo— prohibió las ventas al extranjero para poder garantizar unas reservas adecuadas nacionales. A principios de 1974, los precios del arroz se habían cuadruplicado en los mercados mundiales, según un análisis de C. Peter Timmer, experto en desarrollo de Harvard.
Los importadores ricos, como Japón y el Reino Unido, pagaban más por el arroz. China redujo sus exportaciones para dar prioridad a su propia población. Pero Bangladés e India —ambos dependientes de las importaciones y ambos carentes de reservas de divisas— lucharon para alimentar a sus poblaciones.
Buques de carga en el golfo, cerca del estrecho de Ormuz, el mes pasado. Foto: Reuters.
En 2007, el aumento de los precios del trigo y el maíz causó preocupación por el suministro mundial de alimentos. Los países menos desarrollados que dependían en gran medida del arroz trataron de acumular existencias de ese cultivo básico. Los compradores de Filipinas aumentaron drásticamente las importaciones de arroz. India y Vietnam restringieron las exportaciones.
A principios de 2008, los precios del arroz se habían duplicado con creces, lo que obligó a los hogares comunes de gran parte de Asia a limitar su ingesta calórica y sumió en la pobreza a casi mil millones de personas, según un análisis del Banco Asiático de Desarrollo.
La pandemia ofreció otra lección sobre los peligros de la rivalidad nacional por los bienes en ausencia de coordinación internacional. Durante los primeros meses, 76 países impusieron restricciones a la exportación de suministros médicos críticos, según una recopilación de Simon J. Evenett, experto en comercio de la Universidad de St.
Las autoridades nacionales estaban ansiosas por priorizar el bienestar de su propia población ante una catástrofe mundial. Pero el efecto neto fue limitar la disponibilidad de componentes para la fabricación de respiradores y otros equipos necesarios para tratar a los pacientes de covid.
Las restricciones de China a los envíos de equipos de protección fueron especialmente potentes, dado que sus fábricas eran la fuente de más del 40 por ciento de muchos de esos productos, según una investigación de Chad Bown, experto en comercio del Instituto Peterson de Economía Internacional. Los precios de los equipos de protección se multiplicaron en todo el mundo.
Incluso en los países ricos de Norteamérica y Europa, los gobiernos federales competían con las autoridades locales por el acceso a los productos médicos. La capacidad de pago se impuso a las consideraciones de protección colectiva.
“Acapararon incluso los productos químicos que se utilizaban en las vacunas”, dijo el economista Stiglitz. “Eso interrumpió la cadena de suministro y dificultó la producción de algunas de las vacunas. Fue destructivo, pero todo el mundo dijo: ‘No sabemos lo que vamos a necesitar’”.
Equipo de protección, en unas instalaciones de Atlanta, durante la pandemia de 2020. Foto: Curtis Compton.
Una dinámica similar determinó qué países obtuvieron acceso a las vacunas de la covid. A mediados de 2021, tres cuartas partes de las personas que habían recibido las vacunas vivían en solo 10 países, entre ellos Estados Unidos, el Reino Unido, Alemania y Francia, según una investigación publicada en una revista científica. Solo el 5 por ciento de la población humana había recibido una sola dosis de vacuna.
Pfizer, el gigante farmacéutico estadounidense, desarrolló una vacuna covid líder en el mercado. La empresa prometió aportar 40 millones de dosis a precios sin fines de lucro a Covax, una iniciativa destinada a garantizar que los países pobres obtuvieran protección. Ese volumen era menos del 1 por ciento de los 11 mil millones de dosis que se estimaba que se necesitarían para garantizar que el 70 por ciento de la población mundial estuviera cubierta. Y a mediados de 2021, mientras Pfizer registraba grandes ganancias por su venta de vacunas al mejor postor, la empresa solo había entregado 1,25 millones de dosis a Covax, menos de las que producía en un solo día.
Las consecuencias de dejar a gran parte del mundo fuera del alcance de las vacunas suponían una vulnerabilidad colectiva.
Las crisis energéticas son igualmente universales: el acaparamiento eleva los precios de mercado en todas partes. Sin embargo, la cuestión de qué países consiguen asegurar amplias reservas es una historia de desigualdad.
“Los países ricos pujan más que los pobres”, dijo Weber, economista de la Universidad de Massachusetts. “Los ricos aseguran su consumo de lujo mientras la mayoría de la gente se ve exprimida”.
(Tomado de The New York Times)