Libro "1976: El Exilio el Terror" de Jorge Majfud.
"Nadie está interesado en la libertad de expresión aquí, en Miami. Sólo en La Habana”.
Bernardo Benes Baikowitz
Por muchos años, innumerables activistas del exilio cubano (como Ramón Donestévez, se autodefinían como combatientes) habían sido detenidos varias veces por cargar explosivos en sus yates o por almacenarlos en sus residencias.
El 19 de diciembre de 1975, la aduana en Miami le había incautado a Donestévez el yate Luciano Nieves, con 75 personas. El finado Donestévez había cobrado 400 dólares por cabeza para llevarlas a Cuba. El nombre del yate era un homenaje a otro exiliado anticastrista, también ejecutado tres años antes en el estacionamiento del Hospital Infantil Variety de Miami por sus camaradas, por diferencias metodológicas en la guerra contra el comunismo.
En abril de 1976, la Brigada 2506 de veteranos de Bahía Cochinos ametralló a varios barcos de pesqueros cubanos, matando al menos a un pescador. El New York Times tituló: “La investigación sobre el barco cubano no reveló ningún sospechoso”.[i]
En realidad fueron dos barcos de pescadores, El Ferro 119 y el Ferro 123. El presidente de la Asociación de Veteranos de Bahía de Cochinos, Juan Pérez Franco, dijo al Miami News que, “como cubanos y veteranos de Bahía de Cochinos, apoyamos cualquier acción contra el comunismo castrista. Felicitamos a esos comandos. Representan a todos los cubanos libres”.[ii]
―Voy a tener que leerlo, porque ya me perdí con tantas ejecuciones.
―Por alguna razón, todo eso fue echado rápidamente al olvido, a pesar de que cada una de las ejecuciones tuvo lugar no muy lejos de aquí. No muy lejos del centro político y mediático del mundo.
―Queda lo que repiten los medios ―dijo Hunter―. Si no hay película ni hay diarios ni canales de televisión repitiendo mil veces lo mismo, no existe. Nunca existió.
Los yates cargados de armas y bombas iban y venían libremente por todo el Caribe. Al fin y al cabo, era “nuestro lago”. Claro que, cada tanto, no había otra que aplicar la ley del País de las leyes. Para cuando el Luciano Nieves se averió a poco de salir del puerto de Miami, Donestévez ya había violado su prohibición de abandonar el condado de Crandon Park y fue detenido por la guardia costera de Florida.
Mientras, las vendettas entre los exiliados cubanos de Miami y Nueva Jersey aumentaban cada año. Muchos eran ejecutados por francotiradores o por mercenarios aprendices, pero el método favorito eran las bombas, sobre todo la dinamita y la plasticina blanca, el C4, en los viejos buenos tiempos provista en grandes cantidades por la CIA.
―¿No era más fácil pegarle un tiro a alguien por la espalda que poner una bomba? ―dijo Hunter.
―Claro que era más fácil. Pero más importante que matar, eliminar y suprimir era educar, persuadir, aleccionar, intimidar. Una bomba siempre tiene su lugar en los medios y en el miedo de la gente. Matar a alguien con una pistola puede ser mucho más fácil, pero no se clasifica como terrorismo porque a pocos impresiona cuando la víctima no es alguien conocido o cercano. Luego de una explosión exitosa, las donaciones de los grandes empresarios aumentaban.
En una ocasión, Jerry Luack y Newton Porter, dos expertos en explosivos de la policía de Miami, acudieron por una denuncia del mismo Donestévez. Alguien había colocado un paquete con varios cilindros de dinamita en su fábrica de yates. Luack y Porter lograron desarmar el circuito de dinamita un minuto antes de las 8:55 de la mañana, hora marcada en el reloj de detonación. El reloj activó el detonador, hizo el ruido metálico previsto, pero la dinamita ya había sido desconectada. Donestévez no olvidó el incidente. Seis meses antes de su muerte, el rengo Rolando Masferrer, empresario y líder de una facción de exiliados de Miami, murió cuando su auto voló por el aire. Partes de su cuerpo fueron encontradas a una cuadra de distancia.
Masferrer era director del periódico Libertad de Miami y del semanario Verde Olivo Nacionalista. Su reputación y diez millones de dólares los había traído de Cuba años atrás, en uno de sus yates. Había sido senador de Fulgencio Batista y acusado por el gobierno revolucionario de La Habana de haber masacrado a dos mil cubanos en Sierra Maestra. Luego de la Revolución, había participado de diferentes atentados en la isla, como la explosión del barco francés en La Habana que costó la vida de 101 personas. Poco después, se reunió con el mismo presidente John Kennedy, pero éste lo descartó por su fanatismo. El filántropo Howard Hughes, uno de los hombres más ricos del mundo, le había facilitado su rancho para organizar atentados contra la isla. Para entonces, la red de influencias políticas y financieras de Masferrer era, por lo menos, envidiable.
En Miami, su semanario Libertad competía con la publicación de Donestévez, aunque este dato puede considerarse irrelevante. Más importante es que Masferrer consideraba comunistas a líderes del exilio como Orlando Bosch y que el mismo Masferrer fue asesinado por ser considerado comunista. El grupo Cero se atribuyó su asesinato y lo justificó porque el director de los diarios Libertad y Verde Olivo Nacionalista se había convertido en una figura divisiva en la comunidad cubana, por lo cual se sospechaba que podía ser un agente de Fidel Castro.[iii] El Comando Cero, autor de varias ejecuciones en Miami, ese mismo mes había recibido los créditos (en común acuerdo de su principales autores, Michael Townley y Virgilio Paz) por el atentado que dejó parapléjicos al exsenador chileno Bernardo Leighton y a su esposa, en Italia.
El 31 de octubre de 1975, el mismo día en que el auto bomba terminó con Rolando Masferrer, Verde Olivo Nacionalista salió a la calle con su foto sobre las iniciales QDEP. Como era sabido, la Revolución lo había condenado en 1959 a la pena de muerte, por lo que la radio y la televisión de Miami informaron que Fidel Castro había organizado el atentado. Ni la policía de Miami, ni el FBI ni la CIA se molestaron en traducir estos artículos. Ninguno tenía dudas de que se trataba de otro ajuste de cuentas en la capital del terrorismo.
Las listas de condenados a muerte continuaron circulando por las calles de Miami. Casi todos los nombres, excepto los auto implicados por razones de publicidad, habían sido clasificados como traidores. Muchas veces, eran advertidos con una nota pegada en la puerta de sus casas. La policía de Miami avanzó en la investigación de los responsables de la ola de matanzas, pero no logró poner en la cárcel a sus autores intelectuales. El primer alcalde latino de Miami, el puertorriqueño Maurice Ferré, no se cansó de apoyar a los freedom fighters cubanos del sur de la Florida. Apoyó la creación del “Día de Orlando Bosch” para homenajear cada 25 de marzo al héroe. Ferré también contribuyó con miles de dólares para grupo terrorista Alpha 66, argumentando que la organización había sido acusada de terrorismo fuera de Estados Unidos, no dentro. En 1983, visitó a Orlando Bosch en la cárcel de Caracas.[iv] Junto con el embajador y lobista Otto Juan Reich, exigió su liberación a la Casa Blanca. De la misma cárcel se escapará Luis Posada Carriles con la ayuda del dinero enviado por el magnate Jorge Mas Canosa para sobornar a los guardias.
Claro que para todo hay reglas y se respetan ciertos valores. Los ajusticiamientos de Torriente y de Donestévez habían sido los únicos que habían roto la regla no escrita de no comer carne el viernes santo ni matar cristianos durante Semana Santa. El periodista Emilio Milian también sufrió un atentado días después, ya fuera de la protección de la Semana en que ejecutaron a Jesús.
Milian era conocido por su programa de radio Habla el Pueblo y se había manifestado en contra del gobierno de La Habana y en contra de los atentados terroristas de los exiliados de Miami. Una bomba plantada debajo de su auto le arrancó las dos piernas y lo dejó medio sordo y medio ciego. Cinco años más tarde, los cubanos Gaspar Jiménez y Gustavo Castillo serán encontrados culpables del atentado por un jurado de Estados Unidos, pero no serán encarcelados porque ya lo estaban en México, por el secuestro de un cónsul cubano en aquel país.
Los cubanos de Miami, sin importar su rango en las filas de la CIA, del FBI o de sus propias obsesiones, nunca dejaron de estar bajo amenaza de sus propios camaradas. Uno de los activos más usados de la CIA en América Latina y fundador de Alpha 66, Antonio Veciana, sufrirá un atentado contra su vida el 21 de septiembre de 1979, poco antes de las 7:00 de la noche, cuando se disponía a entrar a su casa. El exagente siempre hacía un camino diferente de regreso del trabajo, pero siempre debía volver a su casa. Dos desconocidos le dispararon desde un auto. Una bala calibre 45 se alojó en su estómago y la otra en su cabeza. En sus memorias reconocerá sus sospechas de otros agentes de la CIA. Su hija, por entonces periodista de The Miami News, solo podrá (o solo querrá) sospechar de Fidel Castro, que es lo único que conoce y sobre lo único que ha escuchado toda su vida.
Según un informante cubano del FBI, Dionisio Suárez, uno de los participantes de la ejecución de Orlando Letleier, antes de radicarse como exiliado en Miami había ejecutado él mismo en Cuba a más de setenta batisteros acusados por la Revolución de participar en tortura y desapariciones de indeseables.[v] La cifra podía ser una exageración, pero no era la primera vez que testigos en Miami identificaban a exiliados anticastristas de haber participado en lo que luego señalarían como una prueba de la brutalidad del régimen comunista de Fidel Castro.
En 1977, durante el juicio por el asesinato de Letelier y su asistente, Suárez, como El Mono Ricardo Morales, estaba protegido por la ley como informante.
―Suárez tiene inmunidad ―se quejó el fiscal Eugene Propper―; él puede plantarse ante el Gran Jurado y decirles que fue él quien puso la bomba que mató a Letelier y Moffitt, y luego salir por la puerta como si nada. Lo he intentado agarrar por alguno de sus múltiples delitos, pero es prácticamente imposible.[vi]
El legajo de Pou, aunque moderado, también era complicado. En 1979, había sido detenido por el FBI por traficar armas en un avión comercial. En 1994, junto con Francisco Hernández y José Antonio Llama, fue detenido otra vez por la guardia costera de Puerto Rico, por traficar rifles con alcance de dos kilómetros y armamento militar más potente en el yate privado La Esperanza, financiado por la Cuban American National Foundation, con el propósito de asesinar a Fidel Castro en la reunión de mandatarios en Isla Margarita de 1997. El mismo grupo había alquilado un apartamento en Venezuela para preparar el largamente ansiado objetivo.
―Ser dueños de un yate y poseer armas no hacen a nadie culpable de nada ―declaró el abogado defensor José Quinon al Tampa Bay Times, el 22 de agosto de 1998―. Hay razones políticas detrás de estas acusaciones. El gobierno de Estados Unidos está intentando unirse a Cuba… Mis defendidos están a la procura de la democracia en Cuba por métodos pacíficos.
Aunque el gobierno de Cuba había denunciado con anterioridad varios ataques organizados contra la isla por la Cuban American National Foundation, y aunque el FBI confirmó haber abortado este plan de magnicidio, los cinco involucrados fueron absueltos de cargos.[vii] El juicio, llevado a cabo en la colonia de Puerto Rico, será el único intento de 638 de asesinar a Fidel Castro que alcanzará una corte de Estados Unidos.
El 9 de diciembre de 1999, el New York Times informará que “el poderoso lobby cubano”, la Cuban American National Foundation, insistió con el mismo argumento del abogado defensor: “nuestros métodos de oposición al gobierno de Cuba son pacíficos… Los pesados rifles de metro y medio decomisados tenían como propósito la defensa personal”.
El fiscal no pudo aportar pruebas de que los acusados tenían alguna motivación política para matar a un mandatario extranjero. Sin mala intención, no hay delito.
―Queremos enviarle un mensaje a la comunidad cubana ―dijo Carlos Ávila, uno de los miembros del jurado―: ustedes no están solos.
La declaración ideológica del jurado fue rematada con un enroque maestro de los abogados de la defensa, lo que prueba que la ley es igual para todos, pero no todos son iguales para la ley.
A la espera de la sentencia final, el abogado Ricardo Pesquera declaró:
―El gobierno de Estados Unidos entendió que no puede acusar a ninguno de sus ciudadanos de intentar hacer lo que él mismo había hecho tantas veces, es decir, intentar matar Fidel Castro.
Los acusados fueron declarados inocentes.
Capítulo del libro 1976: El exilio del terror (Jorge Majfud, 2023)
[i] “Cuban Boat Inquiry Yields No Suspect”. The New York Times, 24 de abril de 1976, pg. 4.
[ii] Terroristic Activity. Terrorism in Miami Area. Hearings before the Subcomitte to investigate the Administration of the Internal Security Act. 6 de mayo de 1976, pg. 642.
[iii] Branch, Taylor & Eugen Propper. Labyrinth. Penguin, 1983, p. 313.
[iv] Bardach, Ann Louise. Cuba Confidential: Love and Vengeance in Miami and Havana. United Kingdom, Knopf Doubleday Publishing Group, 2007, p. 116.
[v] Branch, Taylor & Eugen Propper. Labyrinth. Penguin, 1983, p. 234.
[vi] Idem.
[vii] “Cuban-American Group’s Chief Linked to Seized Rifle Gun Is 1 of 2 Suspected in Plot to Kill Castro VTC.” Baltimore Sun, Baltimore Sun, 22 de diciembre de 1997.
(Tomado de Majfud)