Foto: Jorge Alejandro Ortega
Una pequeña lesión en el dedo de Diego destapó una enfermedad que ni él ni su familia esperaban. Tenía quince años cuando comenzó el proceso diagnóstico y le confirmaron cáncer. Hoy, a punto de cumplir los 19, ha pasado por cirugías, quimioterapia y ciclos de radiación mientras sostiene su tratamiento en un contexto que se vuelve cada vez más difícil.
Cambiar el concepto de casa es posible cuando los hospitales se convierten en un espacio recurrente. Para Diego Alexander Rodríguez, los viajes desde su natal Villa Clara hasta el Instituto de Oncología en La Habana han impuesto esa sensación. La atención especializada que recibe allí resulta indispensable para su vida.
“Yo tengo miedo a veces de que el equipo se apague o haya alguna complicación. Pero siempre hay que pensar positivo y nunca mirar para atrás, porque no resuelve nada. Hay veces que me siento agobiado con el tratamiento, pero, con la compañía que yo tengo, no tengo mucho tiempo para pensar en eso”.
Su madre, Licet Rodríguez Alonso, es ese apoyo permanente al que Diego alude. Reconoce la calidad humana del personal médico, pero también enfrenta una realidad marcada por traslados interprovinciales, medicamentos difíciles de conseguir y la incertidumbre de que, en un procedimiento en curso, el hospital, simplemente, se detenga.
Foto: Jorge Alejandro Ortega
“Con mi madre al lado, ¿quién se puede sentir mal? Yo estoy muy orgulloso de ella porque, de verdad, ella hace un trabajo especial”, dice Diego.
Desde hace casi cuatro años, su vida transcurre entre ingresos hospitalarios y períodos de recuperación. Ha aprendido a convivir con el cansancio físico y a reorganizar su cotidianidad alrededor de cada ciclo de tratamiento.
“Es increíble, porque el dolor es algo que yo he olvidado muy fácil. Nada más me queda la alegría (…) es un tema de compensación que yo saco a veces. La vida no es fácil, pero uno la sobrelleva”.
También piensa en quienes comparten sala con él. Pacientes conectados a equipos que dependen de electricidad constante.
“Imagina que a alguien en la terapia se le vaya alguna máquina a la que esté enchufado, ¿me entienden? No es cosa de que puedas esperar un minuto; si un minuto pasa, esa persona fallece. Y no es fácil. Nada fácil”.
Hoy Diego continúa su ciclo de radiación mientras espera completar esta etapa del tratamiento. Su historia se mide en procedimientos médicos que deben sostenerse sin interrupciones. Cada sesión depende de transporte, energía, equipos activos y medicamentos disponibles. Para él, como para muchos otros pacientes, la continuidad del cuidado es una ecuación diaria atravesada por condiciones materiales cada vez más frágiles.
Foto: Jorge Alejandro Ortega
(Tomado de Naturaleza Secreta)