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El corazón blanco de Xabi Alonso ha sufrido muerte súbita. Tras la agónica noche de Arabia, el mar pareció quedar en calma al recorrer el planeta fútbol la instantánea de su abrazo con Florentino Pérez. Toda apariencia. Quizás fue el planteamiento conservador o la ilusión de un título para cambiar dinámicas.
Sin consumirse 24 horas, el ex centrocampista se ha visto obligado a cerrar la puerta de su sueño veraniego. Tridente en mano, el mandamás de la entidad Blanca fulminó al héroe de Leverkusen como hiciese con Rafa Benítez hace diez años. La solución, mirar al Castilla, réplica de 2016.
Por aquel entonces Zinedine Zidane se enfocaba en ascender al fútbol profesional a un filial de rendimiento estable. De hecho, hasta su último partido, el 3 de enero de 2016, la cúspide de la cantera Merengue marchaba en la segunda posición de la extinta 2da B.
La historia del francés como primer entrenador en Chamartín se resume en su afamada flor. Tres reinados europeos consecutivos son logros de otra época. No estuvo exento de polémica su nombramiento, pero en el ecosistema del resultadismo, labor incuestionable.
Con la varilla por las nubes, Carlo Ancelotti respondió con el récord de títulos para un entrenador del equipo más ganador en España y en Europa. Una última temporada de mucho desgaste, sin lograr el empaste entre el recién llegado Kylian y el entristecido Vinicius, condenó al adiós definitivo del italiano.
En su lugar, un hombre de casa, sabedor de la exigencia y la necesidad de un cambio en el estilo. Claro, a Xabi le ha faltado un Alonso. La reconversión de Arda Güler se evaporó junto a la energía de los primeros meses. Y sí, el Real Madrid comenzó con esa presión alta tan de estos tiempos, pero hasta ahí.
Con la victoria en el Clásico liguero el plan se confirmaba. Espejismo. Desde entonces nada fue igual. La goleada del Metropolitano resurgió cada fin de semana de resultado negativo. Mientras tanto, la vida del Tolosarra se agarró a una Supercopa infravalorada.
Raphinha con su doblete apagó los latidos del nacido en Guipúzcoa. Quizás solo él era consciente de su destino. Se despidió fiel a una postura alejada de los preceptos competitivos del madridismo. El conformismo de sentirse reforzado luego del 3-2 y las justificaciones de Anfield no gustaron en el palco.
Para mucho se traicionó con lo planteado ante el Barça. No obstante, cuando los proyectos comienzan se necesita paciencia. Si bien en Valdebebas, de eso se tiene poco, los retoques a la plantilla no se completaron en el mercado estival y por lo tanto, toda la culpa no es de Xabi. Ah, ojo a la plantilla.