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La paz que se premia suele ser una pausa. No una reparación. El Nobel nació como símbolo. Hoy funciona como liturgia. Bendice un relato y crea una coartada. La coartada de que el mundo avanza porque alguien posa con una medalla.
Hay dos tipos de paz. La negativa (silencio de las armas). Y la positiva (justicia, verdad y restitución). El Nobel casi siempre elige la primera. Porque es más cómoda. Porque no toca los cimientos. La violencia continúa en las estructuras (hambre, sanciones, extractivismo y fronteras). Solo cambia de forma.
Cuando se entrega a María Corina Machado, el mensaje es nítido. La paz es orden. El orden es mercado. El mercado es moral. La democracia se reduce a procedimiento (urnas, comunicados y conferencias) y se separa de la ética del daño. Se absuelve la arquitectura que produce la herida y se premia a quien promete gestionarla sin romper nada esencial.
El Nobel fabrica memoria oficial. Decide quién merece duelo y quién silencio. Quién encarna humanidad y quién sobra del cuadro. Por eso sus sombras pesan. Kissinger como pedagogía del cinismo. Obama como estética de la guerra limpia. La Unión Europea como paz de Schengen para dentro y muro para fuera. No son anécdotas. Son una teoría del mundo.
La pregunta no es quién recibe el premio. La pregunta es qué mundos quedan fuera para que ese premio sea posible. Qué cuerpos. Qué pasaportes. Qué ríos envenenados. Qué cárceles sin nombre. La paz sin justicia es administración del sufrimiento. La justicia sin verdad es decorado. La verdad sin reparación es mercancía.
Un Nobel puede proteger vidas si abre puertas reales (visados, garantías y juicios). Puede también anestesiar conciencias si convierte la violencia en estética. El criterio es simple. ¿Disminuye el daño? ¿Redistribuye poder? ¿Nombra a los invisibles? Si la respuesta es no, no es paz. Es protocolo.
Porque la paz no es un aplauso. Es un ajuste de cuentas con la historia. Y eso no cabe en una medalla.
(Tomado de Spanish Revolution)