Peralejo 130 años después

La acción de Peralejo, por su envergadura y repercusión, marca una diferencia significativa dentro de la guerra.

Las acciones combativas del Ejército Libertador cubano durante la guerra de 1895, estuvieron marcadas por la firme decisión de los patriotas de lograr definitivamente la independencia de la Isla del dominio español.

Los meses iniciales del conflicto militar marcaron la realización de varios combates, batallas y campañas que sirvieron para el fogueo a los combatientes, la reorganización de las fuerzas, la organización de las estructuras de mando y el acondicionamiento del teatro de operaciones que permitiera dar cumplimiento a los objetivos estratégicos de la guerra, de levantar en armas a todo el Oriente y Camagüey. Estos fueron objetivos precisos y bien definidos como una necesidad estratégica para realizar una guerra rápida y breve, con una base de aseguramiento logístico que permitiera organizar el contingente invasor al Occidente.

La campaña de Oriente fue la que permitió la organización de manera exitosa del contingente invasor al Occidente, que era el objetivo estratégico más importante para levantar en armas a toda la isla. Dentro de esta campaña la acción de Peralejo, por su envergadura y repercusión, marca una diferencia significativa dentro de la guerra. La acción ocurre a unos diez kilómetros al suroeste de Bayamo, Oriente, y en ella se enfrentó el alto mando del ejército español en la figura de Arsenio Martínez Campos con el mayor general Antonio Maceo, lugar teniente general del Ejército Libertador.

Independientemente de los argumentos expuestos por ambas fuerzas contendientes y la consulta de documentos personales de los participantes, existe una tendencia a desmeritar el triunfo de las armas cubanas e incluso en las publicaciones en las redes sociales algunos atrevidos la declaran como una “victoria pírrica”. Creo que 130 años después todavía se requiere volver al análisis de los sucesos para tener una visión más completa de la epopeya.

Como parte de las operaciones realizadas por el mayor general Antonio Maceo para llegar a la región de Bayamo con considerable fuerza, habían dejado en las jurisdicciones de Santiago de Cuba y Guantánamo a los efectivos comandados por José Maceo.

El 12 de julio, el mayor general Antonio Maceo se encontraba en las cercanías de Bayamo y, por datos ofrecidos por el sistema de información mambisa, este supo que el general español Fidel Alonso de Santocildes organizaba un convoy en Veguitas, el cual marcharía hacia Bayamo escoltado por una columna reforzada. También conoció la llegada del capitán general Arsenio Martínez Campos a Manzanillo, con la intensión de dirigir las operaciones en el territorio y de poner fin al movimiento revolucionario, por lo que se presumía saldría junto a Santocildes en dirección a Bayamo.

Antonio Maceo, al conocer por datos de la exploración la salida de la columna española, decidió presentar combate al adversario y desde horas muy tempranas del día 13 de julio, se apostó en un lugar conocido como El Tanteo, cerca del camino real entre Barrancas y el río Mabay. Las tropas estaban integradas por los Regimientos de Infantería Moncada, Baire y Jiguaní, algunos elementos del Regimiento Cambute y tres escuadrones de los Regimientos de Caballería Céspedes y Luz de Yara.

El jefe oriental ubicó la infantería bajo el mando del brigadier Jesús Sablón, Rabí, en un cayo de monte y algo más alejadas, otras pequeñas unidades de infantería a las órdenes del coronel Quintín Bandera; la impedimenta quedó resguardada en un bosque a la izquierda del camino del pueblo de Solís, con la custodia de cuarenta hombres, a cuyo frente designó al coronel Alfonso Goulet.[1]

La visita de dos individuos, en horas de la mañana, al campamento mambí haciéndose pasar por vendedores ambulantes, pudo ser parte de la labor de espionaje de las fuerzas españolas para identificar las fortalezas y debilidades de las tropas insurrectas. También lograr desinformar al general Antonio Maceo acerca de la presencia en la zona de Martínez Campos y conocer el dispositivo exacto de las tropas cubanas. Este suceso favoreció que sobre las 11:00 de la mañana, la columna española hiciera su aparición esquivando las avanzadas insurrectas acercándose a las tropas cubanas por el lugar más vulnerable en que estaba ubicada la impedimenta. La sorpresa obligó al mando insurrecto a variar el plan inicial concebido por Antonio Maceo y hacer un cambio brusco durante la realización del combate.

El general Antonio encabezó la furiosa carga que logró desalojar a los infantes españoles y hacerlo retroceder en dirección al camino real y liberar así del peligro que corría la impedimenta mambisa. En repetidas cargas, logró que el enemigo formara el cuadro, para que la infantería comandada por Jesús Rabí y Quintín Bandera pudiera causarle el mayor número de bajas posible. La introducción en el combate del grueso de las fuerzas del enemigo creó una situación difícil, pues la escasez de parque de los cubanos no permitía sostener el fuego que se incrementaba de manera considerable por parte de las tropas coloniales.

La llegada a la zona del coronel Salvador Hernández Ríos y el teniente coronel Alonso Rivero con tres escuadrones del Regimiento de Caballería Guá, que venían a participar en la acción resultó muy favorable para las fuerzas cubanas. Maceo ordenó a Rivero que reforzara la caballería que se encontraba en la Sabana de Peralejo y unió a Hernández Ríos a su escolta.

El enemigo había proseguido su avance hasta Peralejo donde ocupó un callejón de unos ochenta a cien metros de ancho encuadrado entre dos cercas de alambre de púas. Este callejón terminaba en la margen del río Mabay y tenía una talanquera que permitía la salida.

Luego de varios intentos los escuadrones de refuerzo llegaron hasta las cercas, pero no pudieron abrir brechas en ellas, pues se lo impedía el fuego de los infantes españoles y tuvieron que limitarse a disparar con todas las armas disponibles. En medio del combate el toque de corneta en el campo adversario que anunciaba la caída de un jefe, creó una gran confusión entre sus filas. Días después se sabría que el general Santocildes había muerto en la acción por lo que el propio Martínez Campos asumió el mando de todas las fuerzas y comenzó la retirada bajo el hostigamiento constante de los cubanos, pero estos no pudieron impedir la salida del combate de las tropas coloniales, ya que su parque estaba agotado y las cargas de caballería no daban el resultado esperado.

Para tener una dimensión más certera de la acción es necesario tener en cuenta varios aspectos. El primero debe estar relacionado con las bajas sufridas. En la retirada, los españoles abandonaron armas, equipos, acémilas y algunos cadáveres. Maceo no pudo evitar su frustración al ver que, por falta de parque, se perdía la oportunidad de capturar vivo a Arsenio Martínez Campos que ya cruzaba el río Mabay y proseguía en dirección a Bayamo, adonde llegó esa misma noche con cerca de 400 bajas, aunque sólo reconoció en el parte oficial veintiocho muertos y noventa y ocho heridos. En manos de los cubanos quedaron veintiocho heridos españoles. Las bajas de las fuerzas patriotas fueron 118 muertos y heridos; entre los primeros, el coronel Goulet, que cayó en los momentos iniciales de la acción.

El segundo aspecto es la correlación de fuerzas de los bandos participante: Las fuerzas españolas estaban integradas por unos 1 500 hombres divididos en dos columnas, una de 1 100 efectivos, bajo el mando de Santocildes y otra de 400 a las órdenes directas de Martínez Campos.

El otro aspecto es la repercusión que tuvo y como esta pudo marcar el posterior curso de la guerra. Esta victoria de las armas cubanas marcó, en el plano político-militar, una derrota militar al capitán general Arsenio Martínez Campos, el Pacificador, quien tuvo que dejar en la sabana de Peralejo sus esperanzas de una solución negociada de la guerra, misión asignada directamente por el gobierno español, con un posible pacto de paz como ocurrió en el Pacto del Zanjón.

A partir de los datos que aporta el propio Martínez Campos en la carta enviada al presidente del Consejo de Ministros de España, Antonio Cánovas del Castillo, fechado en Manzanillo, doce días después de Peralejo, el 25 de julio de 1895, en la cual expresaba su pesimismo acerca de los acontecimientos en Cuba y planteaba:

[...] Decidí, pues, reconocer algunos puntos de Las Villas, Sancti Spíritus, Príncipe y Bayamo y he sacado esta triste impresión. Los pocos españoles que hay en la Isla solo se atreven a proclamarse tales en las ciudades: el resto de los habitantes odia a España [...] hasta los tímidos están prontos a seguir las órdenes de los caciques insurrectos [...] no puedo hablar mal de los insurrectos en el mismo sentido, están fanatizados y esto casi les iguala a los nuestros [...] La insurrección, hoy día, es más grave, más potente que a principios del 76; los cabecillas saben más y el sistema es distinto de aquella época [...]  (Weyler, 1989:16 y 17)

Este desconcierto en el Capitán General debió ser mucho más fuerte cuándo tuvo que presenciar como el lugar teniente general Antonio Maceo desplegaba, a las puertas de Bayamo, a todas las tropas y bajo acordes del himno compuesto por Perucho Figueredo, organizaba una ceremonia militar que se convertía en una demostración de fuerza y exaltaba el factor político moral de las fuerzas revolucionarias. Los españoles, creyendo que los insurrectos iban a atacar la plaza, hicieron todos los preparativos para su defensa.

Con gran habilidad el general Antonio Maceo, designa pequeñas partidas de insurrectos que mantienen activas las operaciones en las cercanías de Bayamo, mientras él regresaba a la jurisdicción Cuba (Santiago de Cuba) con el grueso de las tropas. Durante varios días las fuerzas españolas se mantiene bajo sitio en Bayamo y sólo pudo salir de la ciudad cuando llegaron a esta varias columnas de refuerzo, que totalizaban 5 000 efectivos y le sirvieron de escolta, a Martínez Campos, hasta Manzanillo.

Las noticias de este combate circularon en todos los medios a favor de España, tanto en Cuba como en la propia península. Uno de los periodistas de la época exponía: “El señor Cánovas del Castillo remitió por correo una extensa carta al general en jefe del ejército de operaciones en Cuba, en la que se ocupaba de la impresión que había causado en la península lo ocurrido inmediaciones de Bayamo”. Según R (1889, T. 2:6 y 7)

Otro de los efectos que tuvo esta victoria militar de las fuerzas cubana se puede percibir en la dinámica que tiene que asumir el gobierno español, de organizar y enviar a Cuba aceleradamente veinte batallones de infantería, de seis compañías, con unas mil plazas cada una; ocho escuadrones de caballería de 150 jinetes cada uno; un batallón ingeniero de zapadores minadores con mil hombres, un batallón de artillería de plaza, de seis compañías con 800 Artilleros y dos baterías de cañones sistema Maxim. Estas unidades fueron extraídas de los regimientos del Rey, Asturias, León, Burgos, Canarias, Constitución, Alava, Chiclana, Mallorca, Granada, Soria, Vizcaya, Tetuán, Asia, Galicia, San Marcial, Isabel II, Las Navas, Reus y Barcelona. Evidentemente la repercusión de lo ocurrido en Peralejos cambiaba definitivamente el curso de la guerra y la creencia de las autoridades metropolitanas que esta se podía sofocar en breve tiempo con la labor de Martínez Campos como pacificador.

Las acciones ocurridas en el mes de julio y agosto, en Oriente y Camagüey demostraron que la guerra era indetenible. 

Ya a estas alturas la campaña había dado magníficos resultados y el mando español no sólo era incapaz de acabar con la insurrección en Oriente, sino que tuvo que pasar a la defensa en ciudades y pueblos, y solo en composición de grandes columnas podía el ejército colonial español incursionar en las zonas rurales. Esta situación favorable la describió Maceo en carta a su esposa, María Cabrales, del 20 de agosto cuando anotó:

[...] El campo es nuestro y si los refuerzos españoles no llegan pronto, seremos dueños de todas las poblaciones de la isla, las cuales se encuentran hoy completamente fortificadas con cercas de alambre en todo el rededor de los pueblos y ciudades. Esperamos artillería, para acabar con todos los pericos y gentes que nos es contraria. (Franco, 1973, T. II:157)

La acción de Peralejo ha pasado a la historia como una rotunda victoria mambisa contra los españoles. Un triunfo de Antonio Maceo ante Arsenio Martínez Campos, quien derrotado se replegó del combate. Una batalla épica con enormes bajas por parte de los españoles y muy pocas por parte de los cubanos.[2]

La batalla de Peralejo ha sido objeto de diversas reflexiones por poetas, políticos, escritores cubanos y extranjeros, algunos ponderando la acción otros con toda intención de minimizar sus resultados, pero lo cierto es que la información es muy diversa y contradictoria, lo que requiere un análisis objetivo y desprejuiciado para poder lograr develar los verdaderos resultados de la acción.

notas: 

[1]Fueron  consultados: Severo Gómez Núñez (capitán de artillería): La acción de Peralejo, Habana, 1895. José Miro Argenter: Crónicas de la guerra; José Luciano Franco: Antonio Maceo. Apuntes para una historia de su vida.; Diccionario Enciclopédico de Historia Militar de Cuba, Primera parte (1510-1898), T.II, Acciones combativas.

[2] Véase: Historia Militar de Cuba, tomo 3.1, “La batalla de Peralejo: entre la propaganda y la realidad”, Yamila Vilorio Foubelo, Alexis Carrero Preval y María de Jesús Chávez Vilorio.