Soldados alemanes en la Segunda Guerra Mundial. Foto: Archivo.
Hace 84 años, el 22 de junio de 1941, la Alemania fascista atacó a la Unión Soviética. Se ponía en acción una crónica anunciada. Hoy el mundo vuelve a ser testigo de las entrañas del fascismo. Entonces y ahora hay lecciones que no pueden ser olvidadas. Entonces el fascismo llevó al mundo a una confrontación mundial. Hoy el fascismo amenaza con llevar al mundo a la hecatombe.
Historiadores e investigadores han tratado de calcular cuántos muertos y mutilados provocó la Segunda Guerra Mundial. Ahora, no quedará alguien para hacer esos cálculos ni gente que pueda conocerlos.
Cuando se hace un estudio de lo ocurrido en la década de los años 30 del siglo pasado se pueden ver muchas coincidencias con los problemas que azotan al mundo de hoy, pero agravados múltiples veces. La humanidad vuelve a estar en peligro. No importa la distancia en el tiempo o el espacio de los sucesos. Todos merecen un profundo estudio, lo cual nos obliga a comprender que hemos de estar alertas y preparados.
Nadie puede poner en duda el heroísmo del pueblo soviético, desde las primeras horas de aquella madrugada, frente a la maquinaria guerrerista de Alemania. Pero, a la par con ese heroísmo, se produjeron aciertos y desaciertos políticos y militares que posibilitaron a las tropas fascistas alemana llegar a las puertas de Moscú en menos de cuatro meses, ocupar a los diez días de haber iniciado el ataque, la ciudad de Minsk y establecer un mortal bloqueo a Leningrado.
Decenas de ciudades se convirtieron en ruinas bajo los bombardeos alemanes. Cientos de miles de personas fueron muertas en los combates, asesinadas, enviadas a los campos de concentración. La agresión a la URSS se llevó cabo bajo las miradas complacientes de las otras tres potencias imperiales de entonces: Estados Unidos, Reino Unido y Francia.
Lo sucedido el 22 de junio de 1941 no puede analizarse como algo ocurrido en un pasado lejano. Muchas son las experiencias que aquellos sucesos encierra para la actualidad.
Se ha hablado acerca de si fue o no sorpresivo el ataque. La alocución del Partido y Gobierno soviéticos, transmitida por radio en la mañana del 22 de junio, lo calificaba de sorpresivo.
Stalin en su primera intervención pública después de iniciada la guerra, el 3 de julio, daba el mismo calificativo y sostenía su perfidia. ¿En qué podía sostenerse el carácter sorpresivo de la agresión? Al parecer no en el hecho mismo del ataque.
Las concentraciones de tropas alemanas a lo largo de toda la frontera evidenciaban que el zarpazo era eminente; las informaciones de la inteligencia estratégica y de la exploración táctica alertaron hasta la fecha y la hora del probable inicio del ataque.
Lo “sorpresivo” pudo haber estado en tres aspectos:
- En la masividad del ataque: Alemania atacó al unísono a todo lo largo de la frontera con la URSS, las previsiones de que el ataque tendría una dirección principal y direcciones complementarias se desmoronaron.
- El carácter “relámpago” con que iniciaron los combates con el empleo masivo de los tanques, la aviación y la artillería.
- El ataque no estuvo antecedido de la “declaración de guerra”, muy típico para aquellos años y mucho más si se tiene en cuenta que existía un “Pacto de no Agresión” firmado por los dos países: el Pacto Molotov-Ribbentrop”.
Ante el hecho evidente de que a la agresión alemana solo le faltaba precisar con exactitud la hora de inicio, predominó en el mando político-militar la filosofía de “no dejarse provocar” y solo responder cuando el ataque fuera ejecutado por fuerzas numerosas.
¿A qué se le podía denominar “fuerzas poderosas”? ¿Dónde estaba el límite entre una provocación y un ataque? ¿Cómo se pudo dejar que el enemigo realizara diariamente incursiones de exploración aérea en la defensa táctica y operativa de las tropas soviéticas? ¿Cómo se permitió que la mayoría de los aviones de combate estuvieran asentados en los aeródromos uno al lado del otro, como si viviera en una paz relativa?
Horas antes de iniciar la guerra, el jefe del Estado Mayor General de Fuerzas Armadas soviéticas emitió una directiva relacionada con el enmascaramiento de las unidades y, en especial, de los aeródromos. Esa directiva no llegó a sus destinatarios y si lo hizo, ya era tarde. Las comunicaciones fueron otra asignatura suspensa al iniciar la guerra.
No puede dejarse de valorar otras realidades. La URSS necesitaba de tiempo para alcanzar los niveles que requería la guerra moderna. Un informe de febrero de 1941, del jefe de Estado Mayor General, Konstantin Zhúkov, apuntaba que la URSS requería, al menos, de dos años para estar a la altura de los requerimientos de la guerra moderna.
Los medios de combate, sobre todo en tanques y artillería y armamento de infantería eran obsoletos y la mayoría no disponían de los coeficientes técnicos necesarios para librar los combates. El nivel de completamiento de las unidades con hombres y medios de combate era generalmente bajo. La Guerra con Finlandia librada un año antes le había mostrado a la dirección soviética las grandes insuficiencias del Ejército Rojo para enfrentar victoriosamente a las garras de una Alemania que se había apoderado de casi todos los países de Europa y fortalecido su maquinaria militar.
Unido a lo anterior, la URSS había atravesado unos años antes un complejo y dramático proceso que descabezó tanto las estructuras políticas como militares. Al iniciarse la guerra, la mayoría de los jefes de las grandes unidades no llevaban ni tres meses al mando de ellas y en muchos casos su preparación militar no se correspondía con los tipos de unidades que debían mandar. Artilleros fueron designados para mandar divisiones de tanques; infantes comandaron divisiones de artillería. Los escalones de mando habían sufrido un duro golpe.
De esa forma, “el no dejarse provocar”, el deficiente nivel de avituallamiento moderno para la guerra, los errores en la movilización e inestabilidades en los mandos, hicieron posible que Alemania pudiera dar, en aquellos últimos días del mes de junio e inicios de julio de 1941, el funesto golpe. Para el 10 de julio las pérdidas soviéticas eran significativas: las bajas de efectivos en el Ejército Rojo superaban los 815 700 efectivos contra 79 000 en las tropas fascistas. En tanques la relación llegó alcanzar 11 783 contra 350; en aviones las pérdidas se estimaron en 4 013 contra 826; en piezas de artillería la relación fue de 21 500 en el Ejército Rojo contra 1 060 en el ejército fascista. Al final de la guerra, la URSS había perdido más de 27 millones de sus hijos, de los cuales 11 millones eran combatientes del Ejército Rojo.
Ceremonia de entrega de la bandera de la victoria al comandante militar de Berlín, Héroe de la Unión Soviética, el coronel general Nikolái Berzarin, para su envío a Moscú. Alemania, 20 de mayo de 1945. Foto: Russia Today.
Frente aquellas adversidades, a la guerra relámpago de la maquinaria fascista alemana se opuso el heroísmo de todo un pueblo, no solo en la línea del frente, sino en todo el país bajo la dirección del Partido. El liderazgo desempeñó un importante papel. La nación se lanzó a la defensa de su patria. Leningrado nunca pudo ser ocupada.
Para el 15 de julio la guerra y el avance enemigo habían perdido el empuje ofensivo de los primeros días. Esto indicaba que la resistencia del Ejército Rojo había superado los primeros efectos de la “sorpresa” en los mandos inferiores y las tropas fascistas comenzaron a experimentar grandes pérdidas, con tal de avanzar algunos kilómetros hacia la profundidad del territorio soviético.
La guerra “relámpago”, ansiada por el III Reich, comenzaba a desmoronarse, las operaciones de “pinzas” o “envolvimientos”, subrayadas en el plan “Barbarroja”, no podían concretarse a cabalidad, lo que fue particularmente notable para el Grupo de Ejércitos “Sur”. Pero la guerra recién había comenzado. El ejército alemán disponía de fuerzas suficientes para causarle al Ejército Rojo y a la población civil grandes pérdidas y ocupar importantes territorios de la URSS. Estaba aún por delante las batallas de Moscú, de Stalingrado, del Arco de Kursk, de Bielorrusia, de Berlín.
La historia demuestra la importancia del principio de que la “orden de combatir está dada siempre”, que más vale el exceso de alerta frente a enemigos tan viles que, el dejarse ser sorprendido; que a la defensa de la patria hay que dedicar siempre la máxima atención.
La historia demuestra que, frente al poderío militar y tecnológico del enemigo, se impone como principal escudo la unidad de un pueblo, preparado, patriótico, inteligente, bajo una dirección política con profundo arraigo en las masas. Hoy las armas han evolucionado significativamente. Los métodos y medios de hacer la guerra son notablemente diferentes.
La lucha armada de hoy se desarrolla dentro del conjunto de una gran diversidad de guerras (informativas, psicológicas, cognitivas, económicas, mediáticas, diplomáticas, etc.). Pero hoy, al igual que fue ayer, son los pueblos los que deciden, en última instancia los destinos de la guerra; son los hombres, su moral, sus convicciones, su decisión de lucha, su patriotismo, la justeza de por qué se lucha lo que decide.
Los nuevos alumnos de Hitler tratan de erosionar esa coraza de los pueblos antes, durante y después de que se desarrolle el componente armado de las guerras actuales. Hoy sobran los ejemplos. También en aquellos años de mediados del siglo pasado se desarrollaron esas guerras con los matices y alcances propios de aquella época. Alemania desplegó toda una campaña mediática para llevar a cabo sus infernales propósitos. Hoy las nuevas tecnologías han convertido esa guerra informativa en un arma tan potente como las bombas.
Ayer el mundo no pudo pararle las garras al fascismo alemán. Hoy urge detenérselo a los fascistas que se han apoderado del poder en Estados Unidos, e Israel y que asoman las narices en otros gobiernos. Mañana será demasiado tarde. La humanidad corre el riesgo de desaparecer y no puede permanecer inerte.
La fecha del 22 de junio de 1941 parece que está distante. Sus lecciones conservan total vigencia. Los cubanos estamos conscientes de ello y llamamos a poner fin a las guerras y a las causas que las provocan.