Cuando la muerte presumía

Foto: Palacio del Segundo Cabo

El primer cadáver que se embalsamó en La Habana fue el de la señora Isabel Herrera y Barrera, esposa del primer marqués de Almendares. La operación la realizó, el 3 de junio de 1841, por el médico Nicolás Gutiérrez, uno de los fundadores de la Academia de Ciencias. El método, que consistía en inyectar por la carótida del fallecido una sustancia que tendía a conservarlo, fue comprado por Gutiérrez al francés Grannal. “Embalsamada a perpetuidad”, hizo escribir el marqués de Almendares en la lápida que identificó el nicho de la que fue su esposa, en el cementerio de Espada. Desde entonces se puso de moda el embalsamamiento. Una demostración de opulencia en las familias dolientes.

Ostentosos eran también los velorios. Se exponía al difunto en su propia casa o en la de algún familiar o amigo y las puertas y ventanas del inmueble se abrían de par en par a fin de dar mayor publicidad a la ceremonia. El féretro aparecía colocado en un catafalco suntuoso y lo rodeaban entre seis y doce blandones y otros tantos candelabros cuyas velas permanecían encendidas hasta la salida del entierro. El piso de la sala mortuoria se cubría con mantas blancas y negras y los más ricos encerraban el ataúd en una urna de cristal y tapizaban las paredes con cortinas negras.

El traslado del difunto al cementerio se hacía en un coche mortuorio del que tiraban hasta ocho parejas de caballos, enmantados y con vistosos penachos amarillos y negros. Entre seis y veinticuatro sirvientes blancos, vestidos con libreas negras, acompañaban el coche. Eran los encargados de manipular el féretro en la necrópolis y colocarlo en el nicho Esos criados blancos reemplazaron a los antiguos zacatecas, negros vestidos con casacas rojas, calzón corto, zapatos bajos y de hebillas y sombreros de tres picos, que hasta poco antes se ocuparon de esos menesteres.

El luto comenzaba a prepararse en cuanto se tenía la certeza de que el enfermo moriría sin remedio, pues exigía la ropa adecuada. En el luto riguroso no podían los hombres lucir chaleco de seda ni casaca de paño. Los trajes debían ser de alepín, sin brillo. Las mujeres no podían usar encajes ni adorno alguno de oro o piedras. En el medio luto, que seguía al luto riguroso, se daba entrada a los colores blanco y morado.

El luto no se ceñía solo al vestuario. En la casa donde ocurría un fallecimiento, tras el entierro, las ventanas que daban a la calle permanecían cerradas durante seis meses y con lienzos blancos se forraban los cuadros, los floreros y demás adornos de la sala principal. En la creencia de que la muerte presumía y gustaba de mirarse en ellos, se cubrían los espejos.

La muerte de un padre o una madre imponía un luto de dos años. La de un hermano, uno, mientras que el de la viudez duraba toda la vida.