Faustino Pérez. Foto: Archivo
En la noche del 23 de diciembre de 1956, Faustino Pérez parte, junto a tres compañeros del llano que han venido a reunirse con Fidel, hacia Manzanillo. Sale, vestido de carbonero, por la carretera de Campechuela y al día siguiente, tras entrevistarse con Celia, llegará a Santiago para transmitir instrucciones de Fidel. Faustino, en días siguientes y acompañado por Frank, emprendió viaje a La Habana para cumplir con la misión fundamental que le fue asignada: reorganizar el Movimiento 26 de Julio en la capital. Raúl, al comentar en su diario la salida de Faustino, diría de él que su sola presencia purifica cualquier ambiente.
El Che Guevara, al recordar la reunión decisiva de Altos de Mompié, lo calificó como quien en un momento dado fuera nuestro adversario en el Movimiento. Sus marcadas reticencias hacia la lucha en el llano, de la cual Faustino Pérez fue un extraordinario organizador y jefe, avalan esa afirmación. No obstante, dejó constancia de su valoración al decir que siempre fue considerado un compañero honesto a carta cabal y arriesgado hasta el extremo.
El Comandante en Jefe, en circunstancias no explicitadas públicamente, señaló de manera definitiva que Faustino era la conducta de la Revolución. Una trayectoria impar así como la integridad de su carácter le hicieron acreedor de la distinción que representa una afirmación de ese alcance en labios del líder de la Revolución. Sin lugar a dudas, Faustino Pérez forma parte del núcleo de hombres y mujeres que fueron centrales para el desarrollo del proceso revolucionario. Al mismo tiempo es uno de los relativamente más desconocidos. El trabajo del Dr. Reinaldo Suárez en torno a su biografía es un esfuerzo importante por revertir eso.
Pudiéramos enumerar el rosario de acontecimientos en los que participó Faustino Pérez y eso nos ofrecería información pero no nos posibilitaría comprenderlo en las motivaciones más profundas que le impulsaron a la lucha revolucionaria. Su origen social y el hecho de ser el hermano mayor parecían predestinarlo a trabajar junto a su padre, un emigrante canario, en el cultivo del tabaco en un paraje espirituano. Trabajó desde niño y alternó esas faenas con la asistencia a la escuela primaria, que por demás parecía ser el máximo nivel de escolaridad que un hijo de campesinos sin tierras podría permitirse. El costo asociado a cursar la segunda enseñanza en Santa Clara y el convencimiento de que su deber era contribuir con la economía familiar le hicieron resignarse a quedarse en la finca pero no a desistir de sus aspiraciones. Con 22 años se graduó de bachiller en el instituto, abierto poco antes, en Sancti Spíritus.
Decide venir a la Universidad de La Habana a estudiar Medicina, lo que supone renunciar a lo que apuntaba a ser su destino y el deseo de su padre, quien le apoyó en su elección. Con una mensualidad de 20 pesos debió costear alojamiento y alimentación y estudiar por libros prestados. Albergaba el miedo natural que todo joven rural siente por la gran ciudad y pudo constatar la corrupción y violencia que asolaba la Universidad durante los años 40, a lo que se sumaron conflictos de índole personal. Todo ello le abatió e hizo perder el tercer año de la carrera, a la cual reingresó tras pasar un año en casa de su familia. A su regreso a La Habana halló empleo en el dispensario médico de la Iglesia Presbiteriana de la calle Salud, lo que supuso no solo un alivio económico sino también una aproximación al universo religioso.
En esos años, Faustino comenzó a tener una proyección política y depositó sus esperanzas en la candidatura de Grau San Martín hasta que la rápida deriva del autenticismo le hizo cambiar de parecer. La irrupción, en el panorama político nacional, del Partido del Pueblo Cubano y su prédica anti corrupción le ofrece un nuevo asidero. Su incorporación a los ortodoxos se produce en un momento en que ha logrado mayor estabilidad. Su trabajo y una mejoría en los ingresos de su familia le han hecho dejar atrás las mayores carencias, ha solventado los problemas personales que le agobiaban y sus estudios marchan bien. Hace trabajo proselitista y llega a integrar una comisión del partido encargada de diseñar una reforma sanitaria que se pondría en práctica de vencer en las elecciones de 1952.
En diciembre de 1950 venció su último examen y disponía de seis meses para presentar su tesis, lo que finalmente no hizo. Su oposición a que su título fuese firmado por un ministro corrupto ha sido atribuida tentativamente como la causa de esa decisión. Ejerce como médico pese a no haberse titulado y tras el golpe de Estado del 10 de marzo de 1952 se enroló en las luchas contra Batista. Esto último determinó que no regresara con su familia, que deseaba que montara un consultorio en el poblado espirituano de Guayos. No recibió su título hasta 1959 cuando, siendo ministro de Recuperación de Bienes Malversados, se presentó ante el tribunal de la Facultad de Medicina y aprobó el ejercicio que lo acreditó como médico.
La pasividad de la dirección ortodoxa al golpe batistiano hizo a Faustino apartarse del partido. Acudió entonces a la Universidad, donde contaba con varios amigos y conocidos, y allí se integró a las distintas acciones de protesta como el entierro simbólico de la Constitución de 1940 y la manifestación contra la profanación del busto de Julio Antonio Mella en enero de 1953. Convencido de que la lucha armada era la única salida a la situación vigente se sumó al Movimiento Nacional Revolucionario que fundó el profesor Rafael García Bárcena y cuyo plan de tomar Columbia se diluyó ante la falta de compartimentación. Estableció interacción con personas enroladas en los planes de Fidel como Abelardo Crespo y Gustavo Arcos y de ahí emanó la invitación para hacer prácticas de tiro, que rechazó al encontrarse su madre ingresada en la Quinta Canaria. Ignoraba que se trataba de las acciones del 26 de julio.
Junto a Armando Hart y otros compañeros participó del intento infructuoso de revitalizar el Movimiento Nacional Revolucionaria. En octubre de 1954 son detenidos y en un registro al dispensario que laboraba Faustino se ocupan armas y explosivos. Recluido en el Castillo del Príncipe, Faustino no fue liberado hasta la amnistía de mayo de 1955. Los nexos con algunos moncadistas eran cada vez mayores. Melba Hernández, Abelardo Crespo y Gustavo Arcos le esperaban fuera de prisión para saludarlo. Estos contactos derivaron en la concertación de Faustino Pérez y Armando Hart con Fidel. No les cabían dudas de que se trataba de un líder capaz de poner en práctica las aspiraciones de una generación. El 12 de junio, al crearse el Movimiento 26 de Julio, integró su Dirección Nacional. Se había sumergido para siempre en las aguas turbulentas de la Revolución.