Eduardo Sosa en el concierto por los 15 años del injusto encarcelamiento de Los Cinco Héroes. Foto: Ladyrene Pérez/Cubadebate.
Yo vivía en Llanos de Maceira, pero trabajaba en California. No es un error, es la pura verdad. Sosa fue a buscarme y nos arreglamos como pudimos, porque el gordo es el tipo más batallador que pueda imaginarse. Todo es poco.
Cuando él vivía solo con Hilda en El Cristo, y ninguno tenía un peso con qué arreglar los almuerzos, Sosa tuvo el valor —yo no— de hacer un ajuste para cortar malaguetas en el río Guaninicún.
Para entonces, ya tenía la voz más hermosa de la canción cubana y había escrito canciones definitivas. Incluso Silvio Rodríguez le envió una nota en la que decía: Postrova es supratrova. Hasta el propio Silvio cantó en su disco un verso que, por cierto, escribí yo. Era miel en la paz de los domingos.
Vuelvo al segundo párrafo: lo de las malaguetas era meterse en la mañana en el río y cortar las pequeñas plantas con las que luego haría bolsos o cualquier otra artesanía.
Con toda esa falta de recursos pero al mismo tiempo ya reconocido( comenzaba a verse en los medios) Sosa fue a buscarme a Llanos de Maceira. Nos pusimos la mejor camisa, limpiamos el lodo de los zapatos y zarpamos. Las mañanas son frías en el llano, no tanto como en Lansdale, pero son frías.
En pocas horas llegamos a la escuela. Era una secundaria básica en el campo, muy pobre. Ya lo dije Sosa ya era conocido en los medios. Era un tipo que todo el mundo sabía era importante, que trascendería.
Nos recibieron Alberto Díaz y Gerardo Ramírez, quienes dirigían la escuela y siempre apoyaban la música y la cultura. Hablamos un poco, cantamos algunas canciones y nos dijeron que todos los muchachos se sabían una de sus composiciones.
—¡No jodas! —exclamó Sosa, incrédulo.
El director formó la escuela. La plaza estaba llena de niños y niñas, mirándolo con expectativa. Cuando Sosa subió al pequeño escenario improvisado, algunos susurraban su nombre con emoción. Como era mi amigo y yo trabajaba en esa ESBEC a la que llamaban California, fue. Sosa no reparaba en esas cosas; un día incluso asistió a un matutino en otra escuela en Alto Songo. Ya he dicho que es mi hermano.
Los muchachos, al unísono y sorprendentemente afinados, cantaron una canción suya:
“La brisa de esta tarde me hace pensar en ti...”
Lo que sí recuerdo es la lágrima en el rostro del trovador, emocionado. Eran unos trescientos niños cantando su tema en California, la ESBEC en Songo La Maya, cerca de La Prueba. La vida estallando en esos lares.
Cuando terminó la canción, hubo un silencio breve, de esos que solo ocurren cuando algo ha conmovido a todos. Luego estallaron los aplausos. Los niños gritaban su nombre, algunos querían acercarse, tocarlo, pedirle otra canción.
Yo sé que esos muchachos deben recordar la humildad de aquel hombre al que veían en el canal seis y que, sin embargo, fue allí a cantarles sin que le dieran un peso, a pie, a comer lo mismo que ellos. Que volvió a caminar unos cinco o seis kilómetros en el monte y luego regresó en un camión lleno de gente desde California.
Gracias, amigo mío. Gracias. Te abrazo.
Tomado del perfil de Rogelio Ramos.