Las presentaciones iniciales de Pedro Vargas en la capital cubana deben haber tenido lugar en el viejo teatro Neptuno, de Heliodoro García, donde también lo hizo Agustín Lara. Foto: Tomada de last.fm.
Pedro Vargas fue una especie de puente musical entre Cuba y México. A partir de 1940 visitó la Isla por lo menos una vez al año. Por eso, Cristóbal Díaz Ayala, musicógrafo cubano radicado en Puerto Rico, lo define como “casi nuestro”. Siempre que se disponía a viajar a La Habana, pedía a Agustín Lara y a otros compositores importantes que le entregasen sus últimas producciones para estrenarlas en Cuba, e igual solicitud hacía a creadores cubanos al regresar a México. En 1946, el compositor cubano Bobby Collazo –autor de las melodías Tenía que ser así y Vivir de los recuerdos– estaba en México y se disponía a viajar a Santo Domingo, Vargas le pide una canción y Collazo se la escribe a la carrera. Cuando el creador llega a su destino, ya La última noche es un éxito. Otro cubano, Fernando Mulens, compositor de los boleros emblemáticos Qué te pedí y De corazón a corazón, fue su pianista acompañante durante años.
En los años 30 del siglo pasado, Cuba fue invadida por el tango. A lo largo de la década siguiente presenciará la irrupción de la música mexicana. La encabeza Jorge Negrete, muy famoso gracias al cine, que visita la Isla en dos ocasiones. Le siguen, con amplio arraigo, Tito y Pepe Guizar, y sus Caporales, Pedro Infante, Chucho Martínez Gil, Los Cuate Castilla, Toña la Negra, Amalia Mendoza y Miguel Aceves Mejía, entre otros. Los Pancho, que generaron una legión enorme de imitadores, contaban, aún en los 70, con un programa fijo en la radio nacional. Cualquier cubano podía repetir sin la menor vacilación Noche de ronda, de Agustín Lara, y tararear “en tus ojeras se ven las palmeras / borrachas de sol”, del propio compositor. Antes había estado en La Habana José Mojica. Vino por primera vez en 1931, y, decía Dulce María Loynaz, fue una suerte de locura colectiva lo que se adueñó de la ciudad durante su estancia en La Habana. Volvería al menos en tres ocasiones en los años 50.
Del otro lado
Pero si hubo una presencia en Cuba de la música mexicana, la cubana se hizo sentir del otro lado del golfo. Díaz Ayala analiza el fenómeno en su libro Cuando salí de La Habana (Puerto Rico, 2001). El cine mexicano, que explotaba el paisaje y la música del bello país, cobró importancia a partir de la cinta El rancho grande, de 1936. La producción cinematográfica azteca se incrementó y extendió su fama por todo el continente. Ella incluía cantidades generosas de música en cada película. Tales filmes abordaban en su mayoría el tema rural y se valían de rancheras y corridos. La temática se amplía al tema urbano y da entrada así al bolero. En los años 40 se producían en México casi mil películas, los compositores del patio eran prolíficos, pero no daban abasto pues, aparte de los boleros, debían crear guarachas y rumbas, necesarias en cintas que, en su mayoría, se ambientaban en cabarets.
Cuba, argumenta Díaz Ayala, acudió a llenar el vacío. El cine y la escena mexicanos se desbordaron con rumberas cubanas como María Antonieta Pons, Ninón Sevilla, Lina Salomé, Olga Chaviano, Rosa Carmina, Amalia Aguilar, las Dolly Sisters y muchas más. Para ellas, y también para las rumberas Meche Barba, mexicana, y Tongolele, de origen tahitiano, se necesitaba la percusión que aportaron los cubanos. Intérpretes aztecas como Juan Arvizu y Toña la Negra grabaron discos con el respaldo de orquestas cubanas. También lo hizo Pedro Vargas, que utilizó agrupaciones como Casino de la Playa, Riverside y Cosmopolita para realizar sus discos con la Víctor.
Capricho cubano
Un artista cubano, o de paso por Cuba, no se sentía enteramente consagrado si no se hacía fotografiar por Armand –Armando Hernández López–, el más famoso retratista isleño de las décadas del 40 y el 50, conocido como el fotógrafo de las estrellas. Pedro Vargas, en una de sus estancias habaneras, no resistió la tentación y lo visitó en su estudio de Línea entre H e I, en El Vedado.
En 2014, en ocasión del aniversario 25 del fallecimiento del cantante, en presencia de familiares y amigos, se dio su nombre a la suite del Hotel Nacional en la que, por lo general, se alojaba durante sus estancias habaneras, y un busto suyo quedó emplazado en la Avenida del Puerto, muy cerca de la estatua que recuerda a Agustín Lara, su gran amigo.
Las presentaciones iniciales de Vargas en la capital cubana deben haber tenido lugar en el viejo teatro Neptuno, de Heliodoro García, donde también lo hizo Agustín Lara. Supone el cronista que actuó en La Habana por última vez en marzo de 1959, en el cabaret del hotel Capri. Presentaba ese centro nocturno la producción Capricho cubano, con las actuaciones de la portorriqueña Lucy Fabery y los cubanos Fernando Álvarez y Raquel Bardisa. La presencia de Vargas, durante dos semanas, propició un lleno completo.
Entre una presentación y otra actuó muchas veces en el Teatro América. Pedro Urbezo, historiador del coliseo de la calle Galiano, en su libro El Teatro América y su entorno mágico, recoge puntualmente las actuaciones del mexicano, como aquella de finales de 1945.
Ha venido de paso a la Isla y pese a lo fugaz de su visita quiere hacerse presente en el espectáculo de variedades que artistas de CMQ-Radio presentan durante una semana en el América. Participa en las jornadas del sábado y del domingo. Ese día, en la función de la noche, se despide del público habanero que, de pie, lo aplaude a rabiar. La ovación emociona a Vargas que, con voz entrecortada, expresa su habitual “muy agradecido, muy agradecido, muy agradecido”, y promete volver en cuanto sus compromisos se lo permitan.
Vuelve en efecto para la semana del 21 al 27 de enero del año siguiente y comparte escenario con Ignacio Villa (Bola de Nieve), Fernando Mulens y la orquesta Cosmopolitan. Obligaciones ineludibles con el Circuito CMQ le hacen a interrumpir esas presentaciones. Lo sustituye Libertad Lamarque, que se despide del público en la noche del 3 de febrero. En la semana del 4 al 7 de ese mes, vuelve Pedro Vargas al América. Lo acompaña el cubano René Cabel, el Tenor de las Antillas, un dúo ocasional que, refiere Urbezo en su libro, “arrancó exclamaciones de entusiasmo y admiración”. Añade el mencionado historiador: “Retumbaron las paredes del moderno coliseo con los gritos de entusiasmo y los atronadores aplausos…”.
También con Benny
También a dúo con Benny Moré cantó Pedro Vargas en La Habana.
Días antes de la grabación, el mexicano entrega al cubano las partituras de los números que interpretarían con el propósito de que las estudie. Llega el día del encuentro y a punto de comenzar a grabar, Vargas quiere examinar la música con el Benny a fin de marcar el orden de entrada de cada uno y determinar quién será la voz prima y quién segunda en determinados pasajes.
Benny Moré, el Bárbaro del Ritmo, rechaza el ofrecimiento del Tenor de las Américas.
–Maestro, eso es chino para mí… Yo no sé música –dice Benny y sonríe.
–¿Cómo cantaremos a dúo entonces? Si no sabe música, ¿Cómo sabrá en qué momento tiene usted que entrar? –inquiere Vargas.
–Cuando me lo pida el cerebro, maestro –responde Benny, pero los entendidos están de acuerdo en que dio al mexicano una respuesta incompleta. Debió haber dicho el cerebro, el corazón, el sentimiento… hasta la última partícula de aquel ser intrínsecamente musical que era Benny Moré. Conversación truncada aparte, el caso es que en aquella ocasión grabaron Obsesión y Perdón, y con ellas lograron uno de los mejores dúos de la música popular.
El buen recuerdo
Pedro Vargas amó mucho a La Habana. Dejó, con su presencia y sus canciones, un buen recuerdo en la Isla, en los que tuvieron el privilegio de escucharlo en vivo, en los que lo conocieron.