En 1874 la guerra en Cuba estaba empantanada en sangre. “Seis largos años de lucha llevamos, sin que se pueda vislumbrar la aurora del triunfo” --escribía Calixto García el 4 de julio de ese año—“¿y cómo tampoco lograrlo sin armas ni pertrechos?” Tampoco España veía una victoria cercana y el capitán general de la Isla habla del “estado en que se encuentra la guerra y la insurrección después de seis años”.
Entrar al laberinto de la historia en pocas líneas es riesgoso. Nada más dañino que confundir una explicación sencilla con una narración simple. Tómese entonces mi atrevimiento como invitación a lecturas más profundas. Retomamos la historia cinco meses antes de que Calixto García intentara inmolarse.
Mano de hierro oxidada
El general Joaquín Jovellar fue sustituido como capitán general de Cuba. Pedía los soldados y recursos que la Corona no podía enviarle. En su lugar, el 6 de abril de 1874, llegó a La Habana José Gutiérrez de la Concha. Tenía 65 años cuando ocupó por tercera vez el más alto cargo del gobierno colonial en la Isla. Había sido un militar de mano férrea con los insurrectos, pero abierta para negocios turbios con los negreros.
Durante sus mandatos anteriores fue ejecutado Narciso López, junto con sus expedicionarios, Joaquín Agüero, Isidro Armenteros, Ramón Pintó y Francisco Estrampes, además de otras ejecuciones y prisiones.
Entonces, ¿por qué en el caso de Calixto García solicitó el indulto? Las penas de muerte antes mencionadas se ejecutaron en movimientos frustrados en sus inicios. Ahora la guerra en Cuba llevaba seis años y contaba con un liderazgo más compartido.
En la Madre Patria también las cosas andaban de madre
Dos meses antes de llegar a Cuba Gutiérrez de la Concha, el general Manuel Pavía encabezó un golpe de Estado que terminó con la República Española. Con el regreso de la monarquía de los borbones la política de la Metrópoli dio otro golpe de timón y “se cierran de nuevo todas las posibilidades de reformar el sistema de la política colonial”.
Tenían el timón, pero persistía el mar embravecido de los carlistas. Querían la derrota de los insurrectos, pero la situación en la Península no les permitía enviar a Cuba todas las fuerzas y jefes que hubieran deseado. España estaba de patas para arriba y requería de los fondos cubanos para sostener su propia guerra civil. Necesitan tener cerca a jefes militares de confianza para resolver sus problemas locales, que no eran pocos. Atrincherados en sus despachos del lejano Madrid, le han encomendado a Gutiérrez de la Concha el sueño de muchas noches de verano, terminar con la insurrección en pocos meses.
En la Isla, el núcleo duro de los integristas permanece sordo y ciego ante las evidencias. Sus alardes patrióticos se escribían en libros de contabilidad. Mientras más se extendiera la guerra, mayores serían las cuentas a cobrar por transporte de tropas, materiales de guerra, alimentos, créditos bancarios, etc.
Sangre, sudor y lágrimas
Cuatro meses antes de arribar a Cuba el nuevo capitán general, el gobernador militar de Santiago de Cuba había fusilado a 53 expedicionarios del vapor Virginius. Entre ellos cuatro generales del Ejercito Libertador. El integrismo más recalcitrante estaba eufórico. Pero en marzo, Máximo Gómez les bajó los ánimos con su formidable victoria de Las Guásimas. Después de cuatro días de cerco, el ejército español se retira con más de mil bajas.
La posibilidad de que la guerra se extienda hacia las zonas productivas del occidente de la Isla pone en alerta a las fuerzas coloniales. Están en peligro sus billetes. Todavía se respiraba el olor de la pólvora de Las Guásimas cuando desembarcó el nuevo capitán general.
Entre la espada y la pared
José Gutiérrez de la Concha, Marqués de La Habana, vizconde de Cuba, Gran de España, llegó a ocupar su puesto con el empaque de orgulloso, que lo caracterizaba. No bien puso pie en La Habana mandó un mensaje de cómo serían las cosas con él. Arrestó y envió a España al general Manuel Portillo, ídolo de los voluntarios, que se consideraba dueño y señor de Las Villas. Sustituyó a varios mandos militares. Todo eso le ganó algunos enemigos donde no debía y tampoco logró cambios en el tablero de las hostilidades.
La victoria cubana en Las Guásimas, que tanto alarmó al gobierno colonial, quedó mediatizada por la realidad del Ejército Libertador. El gasto de municiones, que no pueden reponer de inmediato por una otra parte y por otra las “desavenencias, conflictos regionales y posiciones políticas” interfieren la estrategia de Máximo Gómez de llevar la guerra a Occidente.
La realidad, siempre testadura, mantuvo oscilando la balanza de la guerra. El mismo Gutiérrez de la Concha confesó que la guerra tenía “el carácter más grave y había alcanzado un importancia militar que nunca tuvo desde el principio de la insurrección.” Su idea de que a los insurrectos se le podrá abatir, pero no exterminar, también está en las mentes de otros jefes, que los enfrentan a diario.
En de agosto de 1874, el Comandante General en Operaciones en la zona de Sancti Spíritus, José de Acosta y Albear, le propone conversaciones al coronel Francisco Jiménez, que el cubano no acepta.
Eran tiempos de combatir de otra manera, de dar un poco para quedarse con todo. Ese es el entorno cuando Calixto García se dirige al encuentro del general José Miguel Barreto, quien le ha informado de conversaciones con emisarios del enemigo. Marcha con urgencia, “a pesar de ordenarle yo que corte inmediatamente las conferencias con los españoles”. En medio de turbión de elementos militares, políticos y económicos, se produce la captura de Calixto García y su intento de suicidio.
Interés nunca visto en tan cruel enemigo
Así calificó Aníbal Beatón el esfuerzo de las autoridades coloniales por salvar la vida de Calixto García. Luego de las primeras curas “milagrosas” en Veguitas, lo trasladaron a Manzanillo. Allí se presentó el brigadier Sabás Marín, gobernador militar de Santiago de Cuba y dispuso que lo condujeran de inmediato para el hospital Príncipe Alfonso de Santiago de Cuba.
Sabás Marín, a quien el poeta Julián del Casal describe como explosivo y arbitrario, que parecía firmar los decretos con la punta de su espada, fue el primer jefe superior en interceder por la vida de Calixto. Fernando Figueredo, participante e importante cronista de la guerra, dice en su célebre libro La Revolución de Yara, que el brigadier Marín “fue reputado por un español de buenos sentimientos y todo un caballero”. Sea una u otra cosa, o las dos a la vez, lo cierto es que le escribió al capitán general pidiendo clemencia para tan importante prisionero. Llegó a plantear, que el honor español sólo estaría a salvo si se devuelve a Calixto García al campo cubano. Para Marín contaba el antecedente de los oficiales españoles prisioneros, que Calixto García había devuelto.
Con ese pedido, Marín estaba protegiendo la maniobra de acercamiento a las fuerzas cubanas que se estaba llevando a cabo en su territorio. El comandante Aznar, mediante un prisionero cubano llamado Esteban Varona había enviado al general Barreto una propuesta de paz. Por eso, cuando, orondo, el jefe de la guerrilla de Veguitas, presenta a tan importante jefe cubano prisionero, el brigadier Marín le baja la fiebre de jactancia con un soberano rapapolvo por haber puesto en peligro “una operación de alta política”.
Para el gobierno colonial, Calixto García se convirtió en una credencial política para intentar penetrar el campo cubano. El capitán general autorizó a Lucía Iñiguez a dirigir telegrama al Poder Ejecutivo del gobierno de España, pidiendo clemencia para su hijo. A su vez, Gutiérrez de la Concha expuso al Ministro de Ultramar sus razones políticas para solicitar el perdón.
Considerando, como apuntamos antes, imposible de exterminar a los insurrectos, dice: “Es preciso pues batirlos, es preciso perseguirlos activamente por todas partes, y eso haré –y aquí soltó su estocada de fino estilete-— “tan pronto reciba los refuerzos”. Él sabe que La Corona no puede enviar esos soldados. Por tanto, hay que detener la insurrección con otros medios.
“Para concluir esta guerra” –continúa Gutiérrez de la Concha— se necesita que después de eso, los insurrectos crean en la posibilidad de un perdón y de un olvido, y en la seguridad de sus personas. Esa confianza y esa seguridad contribuirá mucho a darla, el ver perdonada la vida de Calixto García.” Si está pensando en lo que cuatro años después hizo Martínez Campos, coincidimos.
Convirtieron la prisión de Calixto García en maniobra de manipulación. Circularon noticias falsas, incluso una carta que se da por apócrifa en la cual Calixto aparece aceptar las conversaciones de paz. Toda una campaña buscando debilitar la unidad de los independentistas y conducirlos al callejón del desaliento.
Hasta en la parte cubana algunos cayeron en esas trampas. Como siempre, Martí fue certero y lapidario: “Calixto García no necesita encomio: Lleva su historia en su frente herida. El que sabe desdeñar la vida, sabrá siempre honrarla”.
Un misterio sin esclarecer
De Gutiérrez de la Concha se ha dicho que era bebedor, jugador y corrupto. Un viejo zorro en el corral de la política. Pero bruto no era. Tuvo fama de “duro”, pero no tanto como querían los recalcitrantes. Por eso, la noche de 11 de septiembre de 1874, cinco días después de la captura de Calixto García, su paseo por los jardines de la Quinta de los Molinos se lo interrumpieron tres disparos. Ninguno dio en el blanco.
Los soldados que custodiaban la casa de descanso del capitán general no pudieron detener al agresor. Tampoco describirlo. La noche habanera se lo tragó. Quedó en el misterio, pero los rumores decían que la orden había salido de alguna mesa del Casino Español.
Coda e invitación
Caprichos de la realidad que harían feliz a un autor de melodramas. Doce años y trece días después que el teniente Ariza, jefe de la guerrilla de Veguitas, capturara a Calixto García y no lo dejara morir, el general cubano salvó la vida de su antiguo enemigo. Pero esa es otra historia.