Fidel Castro preside la velada en conmemoración de los Mártires de la Revolución en el Instituto de Segunda Enseñanza de Santiago de Cuba, 30 de julio de 1959. Foto: Sitio Fidel Soldado de las Ideas
Hace 65 años, el 30 de julio de 1959, Fidel Castro se reunió en el Instituto de la Segunda Enseñanza en Santiago de Cuba para rendir tributo a Frank País, dónde explicó que cada 30 de julio se conmemoraría el Día de los Mártires de la Revolución cubana como homenaje a todos los caídos. En sus palabras, dijo: “¡El día de hoy es el más sagrado de todos los días del año, porque es el día para recordar a los hombres que cayeron!”
Cubadebate y el Sitio Fidel Soldado de las Ideas comparten con sus lectores fragmentos de aquella emotiva alocución:
Señoras madres de los mártires de nuestra Revolución, que quiere decir madres de nuestra Revolución;
Santiagueros:
Quiso el Gobierno Revolucionario instituir el día de hoy como el Día de los Mártires de la Revolución Cubana, es decir, en recuerdo de todos los caídos. Y escogió esta fecha del 30 de julio, porque ha sido este mes y ha sido especialmente este día como un día símbolo de los sacrificios que hizo nuestro pueblo por conquistar su libertad.
Pensamos que más que una concentración era preferible efectuar una velada conmemorativa; más que un acto de magnitud, que una concentración multitudinaria, un acto en recinto cerrado, porque este día de hoy es sobre todo un día de meditación para nosotros.
Es cierto que nos hemos encontrado con el inconveniente de que el pueblo, en número extraordinario, ha acudido a esta velada como, lógicamente, merece el recuerdo de los cubanos que cayeron por darnos la libertad. Pero no fue posible que todos pudiesen entrar en este recinto, y miles y miles de ellos están fuera del edificio, impacientes, porque también querían estar presentes en este acto. Ello se debe sencillamente a que no hay recinto suficientemente grande para albergar la gratitud de nuestro pueblo por los hombres que cayeron.
Es este el primer aniversario que conmemoramos después del triunfo de la Revolución. Pero ya lo sabemos para el año próximo escoger algún sitio donde no se quede un solo santiaguero sin asistir al acto. Que nos excusen (APLAUSOS). Y si no tenemos ese lugar, lo construimos (APLAUSOS), porque bien que se merecen nuestros mártires un recinto donde conmemorar todos los años el 30 de julio. Que se nos excuse, porque solo queríamos hacer un acto de recogimiento, puesto que entendemos que el día de hoy es un día para meditar. ¡El día de hoy es el más sagrado de todos los días del año, porque es el día para recordar a los hombres que cayeron! (APLAUSOS.)
Por eso, más que nada vale el recuerdo, más que nada vale el pensamiento. Porque nuestro pueblo y todos nosotros, todos los revolucionarios, todos los combatientes revolucionarios, en un día como el de hoy están en el deber de pararse a meditar, a meditar en los éxitos, sí; pero a meditar también en los errores si es necesario (APLAUSOS); a meditar en lo que hemos adelantado, pero a meditar también en lo que hemos dejado de adelantar; a meditar en lo que se ha superado moralmente nuestro pueblo; y a meditar también en aquellas cosas en que todavía nosotros no nos hemos superado enteramente (APLAUSOS).
Muchas veces a lo largo de nuestras vidas hemos tenido ocasión de celebrar actos patrióticos, muchas veces hemos conmemorado el aniversario de los hombres que han caído luchando por un gran ideal patriótico. Pero es esta la primera vez en que una conmemoración luctuosa como esta cobra para nosotros su sentido más hondo. Porque no venimos a hablar de los hombres que escribieron páginas en la historia de la patria, pero a los cuales conocimos solamente a través de su historia, a través de los libros, a través de las narraciones yanécdotas de nuestras luchas emancipadoras y nuestras gestas revolucionarias.
Sin embargo, en esta ocasión no venimos a hablar de hombres de los cuales nos cuenta la historia. No venimos a hablar de un pasado remoto. Venimos a hablar de un pasado tan reciente que es presente. Venimos a hablar no de la historia que pasó, sino de la historia que estamos viviendo, porque el pueblo de Cuba está viviendo y está haciendo esta historia (APLAUSOS). No está aprendiendo historia en los libros, sino está haciendo historia, porque estos tiempos son muy semejantes a aquellos tiempos pasados que estudiamos en la escuela y que hoy estamos estudiando en la realidad de la vida nacional.
No estamos hablando de héroes ni de mártires que vivieron hace una centuria. Estamos recordando a compañeros que convivieron con nosotros, que con nosotros se albergaron en las mismas casas, que con nosotros se sentaron a la misma mesa, que con nosotros se montaron en la misma nave, que con nosotros recorrieron los mismos caminos y subieron las mismas montañas, y lucharon en los mismos combates y soñaron en los mismos ideales. Estamos hablando de compañeros que la ciudad conoció, que ustedes conocieron, que ustedes —sobre todo los santiagueros— conocieron por sus hechos, que los vieron caminar por sus calles, que fueron compañeros de las aulas, amigos de los hijos de las familias santiagueras, huéspedes de las casas de las familias santiagueras, hombres que regaron con su sangre las calles de esta ciudad, porque fue esta ciudad la que dio una cuota mayor de mártires o la que vio sacrificarse un número mayor de hombres (APLAUSOS).
Aquí, en estas calles de Santiago de Cuba, cayeron los primeros combatientes revolucionarios. En estas calles de Santiago de Cuba se perpetraron los primeros actos de salvaje represión contra los revolucionarios y contra la población civil. En este cementerio de Santiago de Cuba y en los alrededores de Santiago de Cuba, fueron sepultados los hombres que constituyeron la primera legión de mártires combatiendo contra la tiranía (APLAUSOS).
Por eso es lógico que el 30 de julio se venga a conmemorar a Santiago de Cuba y que los 30 de julio se conmemoren principalmente en Santiago de Cuba, porque el Día de los Mártires es también el día de la ciudad mártir de Cuba (APLAUSOS); de la ciudad que a lo largo de la historia, desde la lucha por la independencia, ha demostrado la más extraordinaria dote de patriotismo, la ciudad entusiasta, la ciudad que ha estado a la cabeza, junto con las demás ciudades de la provincia. Porque es justo que hablemos también de la provincia, porque esta provincia ha estado a la cabeza del patriotismo, esta provincia ha estado a la cabeza del civismo y esta provincia ha estado siempre a la cabeza del sacrificio (APLAUSOS).
Ahí, en ese cementerio glorioso de Santiago de Cuba, yacen los restos de nuestro apóstol Martí (APLAUSOS), con los restos de los revolucionarios de todas las generaciones que en número tan elevado se han sacrificado por la patria.
Por eso, porque los mártires que estamos recordando fueron nuestros compañeros, es que el 30 de julio tiene que ser un día de meditación.
En otras fechas pasadas, cuando se conmemoraba un día como este, el primer sentimiento que nos invadía el pecho era la idea de que los ideales por los cuales habían caído aquellos hombres no se habían cumplido en nuestra patria, que los mártires de nuestras revoluciones habían sido más de una vez traicionados, que los sacrificios, si bien no habían sido en vano —porque no hay sacrificio en vano, no hay muerte gloriosa en vano—, no habían rendido sin embargo los mejores frutos para nuestra patria.
El dolor más grande que nos invadía en cada conmemoración cuando recordábamos a aquellos gloriosos combatientes de las generaciones que nos precedieron, era que las prédicas de nuestro apóstol, que los ideales de nuestros heroicos mambises, que los sueños de Maceo, de Calixto García, de Ignacio Agramonte, de Máximo Gómez, que los sueños de Guiteras, que los sueños de toda aquella pléyade de estudiantes que cayeron en las luchas contra Machado, que los ideales de todas aquellas generaciones no se habían cumplido. Porque no podía ser ideal de aquellos hombres la república que había nacido en nuestra patria; no podía ser ideal de nuestros hombres la corrupción y la politiquería que caracterizó los tiempos pasados (APLAUSOS); no podía ser ideal de aquellos hombres la tiranía que para dolor y vergüenza de Cuba durante siete años asoló nuestra patria, urdida y forjada por los mismos hombres que la habían saqueado y tiranizado durante 11 años anteriores, y que en total hicieron 18 años de odiosa e insoportable tiranía, sangrienta, sacrílega y filibustera, que saqueó, que empobreció, que arruinó a nuestro pueblo y, lo que es peor aún, vistió de negro a miles de madres cubanas y cubrió de vergüenza a un pueblo noble como el nuestro, a un pueblo bueno como el nuestro, a un pueblo valiente y cívico como el nuestro. Porque solo un pueblo noble, valiente y cívico habría sido capaz de deshacerse, y no solo de deshacerse, sino de hacer trizas la tiranía sangrienta (APLAUSOS) que, con un ejército poderoso, con toda una organización de esbirros y criminales, mantenía en la opresión a ese pueblo que estaba desarmado.
Pero no podía ser ese el sueño de nuestros mártires; no podía ser ese el sueño de las decenas de miles de mambises que cayeron, ni de los 300 000 cubanos que murieron cuando la reconcentración de Weyler.
Aquellos sacrificios, aquellos esfuerzos, aquellas tristezas y aquellas tragedias pasadas, no pudieron ser solamente para que a la vuelta de 50 años un grupo de hombres desalmados, un grupo de hombres mercenarios y ensoberbecidos se apoderaran, como se apoderaron en una madrugada, del gobierno del país, sencillamente para llevar adelante la más inconcebible tarea de crimen, de robo, de explotación y de saqueo que pudo concebirse jamás en esta isla nuestra (APLAUSOS).
Parecía que aquellas historias de campesinos asesinados, aquellas historias de hombres torturados, aquellas historias de actos vandálicos no volverían jamás a tener realidad en nuestra patria. Parecía que era cosa de odios pasados, parecía que era consecuencia del egoísmo de una metrópoli, cuyos soldados no sentían hacia nosotros o no tenían por qué sentir hacia nosotros la menor consideración humana. Parecía que aquello no volvería a repetirse, y, sin embargo, por alguna razón o por muchas razones, lejos de la república “con todos y para el bien de todos”, donde la ley primera fuese el respeto a la dignidad plena del hombre; aquella república, república enteramente libre y soberana, república justa, república para la justicia y para la libertad, aquella república nunca fue realidad.
La Revolución estará vigente en nuestra patria
Por alguna razón caímos en lo que caímos; por alguna razón vivimos lo que acabamos de vivir: por alguna razón aquellos sacrificios no habían rendido los mejores frutos, y esa razón fue —si se quiere, entre otras, una de las principales— el olvido a los muertos, la traición a los muertos. Porque después de tantos hombres que dieron su vida, después de los sacrificios que en reiteradas ocasiones hizo la nación cubana, solo el olvido a los muertos podía hacer posible que los gobernantes desde el poder saquearan la riqueza del país, que los gobernantes desde el poder asesinaran a los mejores hijos del país (APLAUSOS), que los hombres de uniformes empleasen las armas no para defender al país, sino para oprimirlo y someterlo a condiciones de explotación a los grandes intereses nacionales y extranjeros.
Solo el olvido a los muertos podía traer esas consecuencias, entre otras razones; porque si se hubiese guardado un verdadero respeto a los muertos de nuestras luchas emancipadoras y revolucionarias, si se les hubiese sabido rendir tributo —no de palabra, porque basta ya de tributos teóricos, basta ya de recuerdos hipócritas de palabras (APLAUSOS)—, si nuestro pueblo y nuestros hombres públicos hubiesen sabido tener presente toda la historia pasada de nuestra patria, nadie se habría atrevido —o al menos nuestro pueblo jamás lo habría permitido— a hacer las cosas que hicieron, perpetrar las fechorías que perpetraron, tolerar los vicios que toleraron y que condujeron nuestro país a la tragedia de la que acabamos de salir, y que para que no se repita está el pueblo de Cuba en pie de lucha, a fin de que ni vuelva nunca más, ni nunca más derive o degenere nuestra república hacia etapas semejantes (APLAUSOS).
Por eso —repito— es día de meditación, porque aquí tenemos que venir todos los años a recordar a los muertos de la Revolución; pero tiene que ser como un examen de la conciencia y de la conducta de cada uno de nosotros, tiene que ser como un recuento de lo que se ha hecho, porque la antorcha moral, la llama de pureza que encendió nuestra Revolución, hay que mantenerla viva, hay que mantenerla limpia, hay que mantenerla encendida, puesto que no podemos permitir que se vuelva a apagar jamás la llama de las virtudes morales de nuestro pueblo (APLAUSOS).
Hay que venir aquí todos los años a avivar y a atizar esa llama moral. Hay que venir todos los años a hablar claro. Hay que venir todos los años a reprochar cualquier desviación revolucionaria. Hay que venir todos los años a reprochar cualquier adormecimiento del espíritu revolucionario no solo en el pueblo sino de todos los hombres que estén al frente de la Revolución. Porque si algo no queremos —y bueno es decirlo aquí, en este primer aniversario de la muerte de Frank País y de Daniel, símbolo de toda la generación que se sacrificó—, bueno es decir aquí que lo que no queremos es que nadie pueda decir el día de mañana que nuestro pueblo se ha olvidado de sus muertos (APLAUSOS), que los sobrevivientes de esta lucha se han olvidado de sus compañeros caídos. Lo que no queremos que se repita nunca más, lo que no queremos siquiera pensar, lo que no podemos siquiera imaginar, es que estos compañeros, que con tanta veneración, que con tanto cariño, que con tan profundo respeto y que con tan puro sentimiento de lealtad venimos a recordar aquí, sean alguna vez olvidados.
Lo que no queremos es que el consuelo único que tienen estas madres, que el consuelo único que tienen esas mujeres vestidas de luto, cuyos hijos cayeron, cuyos hijos no podrán recibir jamás el beso de ellas en la frente; lo que no queremos es que ese consuelo —ese único consuelo posible ante dolores tan terribles—: el consuelo de que no cayeron en vano, el consuelo de que si cayeron fue para bien de sus compatriotas, de que si cayeron fue para que otras miles de madres no tuvieran que vestir también de negro, para que un pueblo no tuviese que vivir de rodillas, para que una nación se sintiera orgullosa y digna (APLAUSOS), no es posible que ni mañana ni nunca pueda faltar a esas madres ese único consuelo.
Por eso tendremos que venir aquí, y aquí vendremos todos los años, porque mantendremos limpia nuestra conducta para tener derecho a venir aquí a hablar en esta tribuna. Los que sean verdaderos revolucionarios, los que se sientan verdaderos revolucionarios —y los verdaderos revolucionarios no son los revolucionarios de un día, de una hora o de un año o de varios años; los verdaderos revolucionarios son aquellos que no mancillan jamás su vida, los verdaderos revolucionarios son los que no cambian, los verdaderos revolucionarios son los que no dejan de ser jamás revolucionarios (APLAUSOS)—, los verdaderos revolucionarios vendremos aquí por dos razones: porque nos mantendremos limpios y porque la Revolución estará vigente en nuestra patria, porque aunque otros hombres nos tengan que sustituir oportunamente, puesto que esta no es tarea de un grupo sino tarea de muchos, la Revolución estará vigente en nuestra patria. Si no podemos venir aquí será porque hayamos muerto defendiéndola, pero no será porque puedan venir a arrebatarle el poder a la Revolución mientras quede en pie un solo revolucionario verdadero. Y hablo de revolucionario verdadero, porque esos son los que en definitiva cuentan. Hablo de revolucionarios verdaderos, porque esos son los que están en las horas del triunfo y en las horas del sacrificio, porque están cuando el camino es fácil, pero están mejor todavía cuando el camino es difícil (APLAUSOS), porque lo mismo actúan y lo mismo dicen presente en la hora de la victoria que en la hora de forjar la victoria.
Por eso recuerdo siempre con tanta veneración a los primeros caídos de la Revolución y a todos los caídos de la Revolución. Por eso, porque fueron los que iniciaron la lucha; porque fueron los que cuando nadie tenía fe ellos la tenían; porque fueron los que no se resignaron a creer que nuestro pueblo tenía que cruzarse de brazos, impotente, frente a la tiranía; porque fueron los hombres que, en las horas aquellas en que la esperanza no era sino como una débil llama, cuando parecía muy lejana y muy remota la hora del triunfo, no vacilaron.
(...) Las revoluciones no son una invención humana, las revoluciones no son consecuencia del capricho de los hombres. Los pueblos no se mueven detrás del capricho ni de las ambiciones de nadie.
Los pueblos solo se mueven en pos de grandes aspiraciones de justicia. Y si nuestro pueblo se ha movido entero, y se ha movido en una proporción tan elevada como no contó con ella ninguna revolución en el mundo, eso no prueba sino que había muchas injusticias que reparar en nuestra patria, que la nación estaba inconforme, que estaba inconforme con la tiranía (APLAUSOS), que estaba inconforme con todo lo que venía de atrás; y tenía que estar inconforme, porque ni siquiera habíamos logrado la independencia.
Era una independencia teórica, porque la república se conducía dócilmente, porque nuestros gobernantes eran gobernantes dóciles a los grandes intereses, que son intereses contrarios a los intereses sagrados de nuestro pueblo, y los gobernantes iban al poder sin otra preocupación que estar ahí seguros el tiempo señalado por la ley o el tiempo que aspiraban a permanecer en el poder. Los gobernantes no se preocupaban por el pueblo, los gobernantes no se preocupaban por hacer justicia. Unos lo hicieron más mal, otros lo hicieron menos mal, otros lo hicieron pésimo, porque no solo fueron malos gobiernos sino que fueron sanguinarios y fueron crueles.
Pero, en definitiva, la nación estaba inconforme. Todo hombre en la calle, lo mismo un humilde conductor de automóviles que hasta un limpiabotas, hablaba sobre las cuestiones públicas, explicaba su inconformidad, hablaba de los males, hablaba de las injusticias y decía lo que había que hacer. Porque todos nosotros muchas veces, miles de veces tal vez, oímos decir que aquí lo que hacía falta era un gobierno que fuese capaz de acabar con todas las malversaciones, con todas las prebendas, con todos los negocios turbios, con todos los abusos, con todas las injusticias.
(...) Los hombres nacemos con una idea instintiva de lo que está bien y de lo que está mal. Ese instinto puede ser mejorado o puede ser empeorado por el ambiente, pero todos nacemos con esa sensación de lo que es la justicia, porque es que es un sentimiento instintivo del hombre y todos lo veíamos marchar en contradicción con lo que para nosotros era elemental con la idea de la justicia.
Así se explica esta Revolución, que no fue obra del capricho de nadie, sino obra de la realidad. Porque la Revolución no se puede inventar, no se da ni se produce si no hay condiciones, porque si no que vengan ahora a hacer revolución en el pueblo, que está satisfecho; que vengan ahora a levantar al pueblo para luchar contra la Revolución, a ver si encuentran a alguien, como no sea a los botelleros y a los criminales de guerra (APLAUSOS), como no encuentren a aquellos intereses afectados, como no encuentren a aquellos egoístas que no tienen más patria ni más sentimientos que sus intereses personales. ¡Que vengan ahora! Porque la revolución solo puede hacerse sobre una base de injusticia, cuando hay injusticia. Si no, no se pueden hacer revoluciones, porque nadie tiene poderes para engañar a ningún pueblo ni hacer sugerencias contra la pasión de los pueblos.
(...) Eso es para indicar que nuestra Revolución fue una necesidad, pero que hay revolucionarios que no comprendieron o no comprenden que esto no es un premio que como por azar se obtiene. Que las conquistas de los pueblos son conquistas siempre de sacrificios, porque sin sacrificios hubiéramos podido tener un golpe de Estado que lo dejara todo como estaba, un golpe de Estado sin recuperación de bienes, un golpe de Estado sin fusilamiento de los criminales de guerra, un golpe de Estado sin reforma agraria, un golpe de Estado sin leyes revolucionarias. Pero sin sacrificios no se hubiera logrado este triunfo, y sin sacrificios no llegaremos al final de la meta.
Nunca podremos sentirnos satisfechos
(...) Y al recordar los sacrificios de los hombres que cayeron; al recordar aquella vida nuestra en la cárcel, donde todo era dureza, donde nos faltaba todo; al recordar aquella vida nuestra en campaña; al recordar aquellas docenas y cientos de compañeros que con nosotros compartieron las noches de marcha, los días de lluvia y de frío, de hambre y de penurias, de lucha y de sacrificio, de combate contra enemigos incomparablemente superiores en número y en armas; cuando recuerdo a todos aquellos que yacen en los ríos y en las montañas de nuestra patria.
(...) Y así: es imposible lo perfecto. Quisiéramos lo perfecto, mas es imposible. Podemos aspirar a lo más perfecto; pero sabemos que nunca lo más perfecto, lo que satisfaga a todos, se logrará.
Sabemos que es imposible la existencia de esa regla humana o de esos cerebros humanos que sean capaces de otorgar el mérito sin errores. Pero sí creo que es posible en los hombres la abnegación, sí creo que es posible en los hombres la humildad, sí creo que es posible en los hombres el desinterés. Y frente a las imperfecciones humanas inevitables, aquellas que se producen después de hacer el máximo esfuerzo porque no se produzcan, frente a la imperfección humana solo cabe la aspiración a la virtud humana. Frente a las injusticias o a la falta de distribución equitativa del mérito solo cabe la idea del desinterés, de la modestia y de la abnegación de los hombres, que es el espíritu que tenemos que fomentar, son las virtudes que tenemos que fomentar en nuestro pueblo.
Por eso, un día como hoy, no venimos aquí a hacer elogios de nadie, no venimos a decir aquí que nos sentimos satisfechos con todo. Nunca podremos sentirnos satisfechos, porque si es cierto que la perfección no se alcanza, ello quiere decir que siempre tendremos que estar luchando por ella. Y los hombres que se sienten alguna vez satisfechos, esos hombres le estarán restando a la humanidad la energía con que contribuyen a su progreso.
Por eso los días como hoy venimos a hablar de los caídos, de los que lo dieron todo, de los que no recibieron otro premio que el premio a que aspiraban: a la felicidad de su pueblo, premio que todos tenemos hoy.
Un día como hoy venimos aquí a decir que estaremos siempre alerta contra el revolucionario falso, estaremos siempre exhortando al revolucionario equivocado, y estaremos siempre como un freno contra todo lo que implique desviación del deber en todo hombre que tenga funciones civiles o militares dentro del campo de la Revolución.
Un día como hoy no venimos sino a hablar bien de nuestros caídos y a recordar el deber a los que no cayeron. A esta generación hay que pedirle el máximo. Esta ha sido la generación más afortunada de nuestra historia. Debe, por tanto, aspirar a ser la más preparada y la más virtuosa.
Esta Revolución no volverán a arrebatárnosla
Esta generación ha tenido la suerte que no tuvieron nuestros mambises, porque nuestros mambises lucharon durante 30 años y ni siquiera los que sobrevivieron tuvieron la suerte de ver su bandera libre del proteccionismo deshonroso del extranjero. Ni siquiera tuvo Calixto García la suerte de entrar con sus tropas victoriosas en la ciudad de Santiago de Cuba. ¡Ni siquiera! (APLAUSOS.)
¿Qué generación tuvo la fortuna de nuestra generación, que después de siete años de lucha —¡solamente siete años!— tiene el éxito de destruir totalmente al enemigo y de asumir el gobierno de la república, las sagradas funciones de gobernar la república? ¡Adquiere un prestigio en todo el continente y en todo el mundo! Y son hombres jóvenes, todos jóvenes, como posiblemente en ningún lugar del mundo ni en ninguna nación del mundo alcanzara cargos y funciones tan responsables ningún grupo de hombres jóvenes.
Luego si esta generación ha sido privilegiadamente afortunada, si esta generación ha logrado contemplar los primeros frutos del esfuerzo, que no los últimos frutos... Porque hay que trabajar muy duro y hay que luchar tal vez muy duro, porque la lucha no se acabó todavía, porque los sacrificios no se acabaron todavía, porque no sabemos en qué momento tenemos que empuñar de nuevo el arma para volver a pelear y volver a morir (APLAUSOS).
Esta generación privilegiada tiene el deber inexorable de ser más virtuosa que ninguna, y, sobre todo, de ser virtuosa ahora; de ser virtuosa donde los hombres rara vez son virtuosos: en el poder. Que quiere decir hacer uso de él para cumplir el deber, hacer uso de él para poner a prueba todas las virtudes y fortalecerlas.
Esta generación que tuvo la fortuna de ver lo que no pudo ver ninguna generación anterior, no debe pensar, no debe olvidar que este triunfo de hoy, que estos primeros frutos se lograron solo con muchos sacrificios; que miles de compañeros cayeron en el camino, que cada uno de nosotros tiene un deber sagrado con esos hombres, con esos hermanos, de los cuales no nos habla la historia, sino que convivieron con nosotros, que se sentaron a la misma mesa y se albergaron en la misma casa.
Y que todo aquel que se aparte del camino del deber y del sacrificio, todo aquel que se acomode olvidándose de la austeridad y de la abnegación de aquellos hombres, todo aquel que se olvide de que esta generación no nació para el goce y el deleite del bienestar y de las delicias de la vida, sino que le tocó vivir, sí, muchos honores; sí, mucha gloria; sí, el privilegio de una nación joven, de una generación joven, que en un pueblo entusiasta como este tiene en sus manos un destino con un respaldo casi unánime de la ciudadanía, con una confianza ilimitada de la ciudadanía...
Si tuvo esa fortuna, si le ha tocado esas glorias, le tiene que tocar también el sacrificio. Porque la gloria, la confianza de la ciudadanía, la simpatía de los pueblos de nuestro continente y del mundo, tienen que ir parejas con las virtudes que a una generación la hagan acreedora de ese reconocimiento, la hagan acreedora de esa simpatía.
Por lo tanto, si afortunada como ninguna ha sido nuestra generación, sacrificada y virtuosa como ninguna debe ser también, porque es el único modo en que no tendremos un día que bajar la cabeza ante la sola mención de los compañeros que cayeron. Es de la única forma en que podremos siempre seguir contando con nuestro pueblo, que mientras nos vea puros, mientras nos vea abnegados, mientras nos vea dispuestos a darlo todo por el bien, por la justicia y por la libertad estará junto a nosotros (APLAUSOS).
Es necesario que desterremos el espejismo de que todos los triunfos se han logrado, que desterremos la ilusión de que no tendremos que luchar mucho y sacrificarnos mucho para llevar adelante nuestra Revolución, porque a los pueblos no se les quiere perdonar nunca el delito de querer ser felices y de querer progresar.
Debemos todos estar conscientes de que nuestro pueblo tiene que luchar y tiene que luchar duro para seguir adelante. y nuestra generación, nuestros combatientes militares, nuestros funcionarios civiles deben estar conscientes de que cada día más será necesario el esfuerzo y será necesario el sacrificio. ¡Porque esta Revolución tenemos que defenderla, porque esta patria tenemos que defenderla!, porque en ella no están solo el porvenir y la felicidad de nuestro pueblo; en ella están todas las esperanzas y todas las ilusiones de millones y millones de compatriotas.
Aquí, en nuestro suelo, están enterrados nuestros muertos. Y hoy, que los que los asesinaron ya no están aquí; hoy, cuando los asesinos huyeron cobardemente; hoy, cuando esos mismos asesinos, aliados a todos los intereses, se preparan para volver a implantar aquí el terror, el luto y la humillación de ayer; hoy, cuando esos mismos asesinos se empeñan en movilizar cuantos enemigos sea posible para volver a implantar el terror sangriento que costó tantas vidas vencer, ¡hoy debemos decir y debemos proclamar y debemos jurar que esta tierra y esta Revolución las defenderemos hasta la última gota de sangre! (APLAUSOS.) Que esta tierra y esta Revolución no volverán a arrebatárnosla, porque aquí no solo están sembradas las esperanzas de nuestro pueblo. Aquí, en esta tierra, en la entraña de esta tierra, están enterrados los restos de nuestros muertos. Y si les arrancaron a ellos la vida, y si el precio del triunfo fue las vidas que les arrancaron, las vidas podían arrancárselas, ¡pero las ideas y el ideal por el cual cayeron no podrán arrancarlos! ¡El recuerdo no podrán arrancarlo! (APLAUSOS.)
Pudieron arrancarles la vida, ¡pero no podrán arrancarnos los huesos de nuestros muertos! (APLAUSOS.) Porque los verdaderos revolucionarios —¡los verdaderos revolucionarios!—, los que fuimos sus compañeros en las montañas, los que fuimos sus compañeros en las casas, los que fuimos sus compañeros en la mesa, estamos prestos a ser también sus compañeros en las tumbas.
Muchas gracias.
(Ovación)
Versión Taquigráfica de las Oficinas del Primer Ministro