Rubén, Miguel Ángel, Salvador Palomino y yo en el reencuentro de los milagros en Madrid. Foto: Del autor.
Bajé del tren y salí por la puerta de Atocha a las dos de la tarde. Esa hora en que Madrid es un hervidero de gente que toma cerveza en las terrazas y despotrica de los políticos, mientras ellos negocian en lujosos restaurantes de Recoletos, Salamanca y la Castellana.
Cuarenta y ocho horas es el tiempo perfecto para ponerte la adrenalina a tope. Sobre todo si lo tienes que dividir entre reuniones, amigos y un Encuentro de Cubanos Residentes en Europa. Por una de esas raras coincidencias de la vida, también están en Madrid (física o virtualmente) Javier Milei, Marine Le Pen, Viktor Orban, José Antonio Kast y Giorgia Meloni. VOX ha reunido en España a los líderes de la extrema derecha del mundo y ha bautizado el aquelarre como Europa Viva 24. Si Chávez estuviera vivo volvería a exclamar “huele a azufre”.
Pero Madrid es tan ecuménica, multicultural y diversa que cabemos todos. La ciudad que sabe abrazarte como un viejo amigo luce en calma. Una brisa amable de 17 grados invita a caminar sin rumbo, mientras la movida parece una puesta en escena de esa canción rocanrolera de la banda Pereza: “Noches de Siroco, terracita Antón Martín. Y ese bar de Tirso que te gusta tanto a ti. Por la espina dorsal de la Gran Vía derrapa una sirena de la policía…”
Durante el día me he sentado atento entre más de un centenar de cubanos que residen dispersos por toda la geografía de la Unión Europea. Un abanico variopinto de trabajadores, profesionales y empresarios. Gente unida por el apego terrenal a Cuba, el amor a su Patria y la libertad de reunirse con quien les da la gana. Quizás no sean noticia porque no se dedican a perseguir artistas, a asediar embajadas, a mancillar la bandera o a pedir invasiones para su país. Por una razón tan sencilla como que allí habitan sus familias y sus raíces.
Por unas seis horas disfruté el placer de escuchar respetuosos reclamos y un largo pliego de proposiciones para ayudar a nuestros hermanos en sus agonías cotidianas y crecientes. Sepan quienes hoy están sobrepasados por apagones y escaseces en la Isla que las asociaciones de cubanos residentes en Europa se reúnen para pensarlos. Y en los contenedores se mezclan medicinas, catéteres y libros. Por suerte, la solidaridad es un sentimiento imbloqueable.
Gracias a este encuentro yo he vuelto a abrazar a tres amigos de mi penúltima juventud. Al colega Rubén Pino con quien compartí mi primera cobertura como periodista en el Brasil de los 90, cuando un obrero llamado Lula tomaba las refinerías de Petrobras para protestar por las privatizaciones neoliberales. Con Miguel Ángel Díaz Perera, un cubanazo con el que recorrí Argentina, desde Buenos Aires al Chaco. Y con Salvador Palomino Menéndez, ese hermano que no se desprende de su estirpe santiaguera aunque duerma a la sombra de la Puerta del Sol.
Con Palomino y Miguel me fui de tertulia al restaurante La negra Tomasa, en la esquina más cubana de Madrid. Pero como la salsa y el bullicio no nos dejaban actualizarnos de más de veinte años de distancias físicas, recalamos en Café Central, el famoso club de jazz que valoriza la Plaza del Ángel en el Barrio de las Letras. Allí evocamos aquellas noches de los 90, cuando Palomino enseñaba a Ernesto Enrique Rodríguez y a Eduardo Sosa, los virtuosos de Postrova, que no había camino más honesto para su vida artística que revolucionar la vieja trova santiaguera.
Entre rones y nostalgias llegamos a las encrucijadas personales en la que se bifurcaron nuestros caminos por el mundo. Y me conmovió escuchar la desconocida historia de Palomino que perdió sus riñones en las frías calles de Madrid y lleva tres años con cuatro diálisis por semana en una lista de espera para recibir un trasplante Salvador, como su nombre… Al filo de las dos de la madrugada, cuando mejor estaba nuestra charla, sonó su teléfono. Desde el otro lado, en un hospital donde no se duerme, una doctora le pedía que se acercara urgente, ante la posibilidad de un donante. Palomino lo contó calmado. No podíamos creerlo. Pagamos y salimos de allí felices y hasta nos creímos que el encuentro había traído la suerte.
Al amanecer, mientras Palomino se recupera de un exitoso trasplante de riñón y sus amigos dispersamos la noticia, Milena Recio me advierte que de no ser estas historias tan humanas y sensibles, mucha gente podría pensar que me las invento… Y puede que tenga razón. Aquí voy en el tren de regreso a casa, con una sonrisa dibujada en el rostro, mientras escribo una última oración que dedico a Salvador Palomino: la amistad es un reservorio de energías y buenas noticias.
La negra Tomasa, restaurante cubano en el centro de Madrid.
Café Central, club de jazz en el Barrio de las Letras, Madrid. Foto: Javier González.