Alfred Nobel. Foto: Archivo.
Alfred Nobel fue un químico e ingeniero sueco, mundialmente conocido por ser el creador de la dinamita, pero también de uno de los premios más famosos del mundo. Por estas dos razones su vida no ha estado exenta de polémicas.
Para algunos fue un hombre de oscuro legado, que intentó limpiar creando los premios que llevan su nombre; para otros es un filántropo.
El poder de la dinamita
Alfred Bernhard Nobel fue un químico e ingeniero sueco nacido en Estocolmo en 1833. Era nieto del científico y médico Olaus Rudbeck, uno de los primeros en descubrir el sistema linfático en 1651.
Proveniente de una familia culta, pero de clase media, pasó parte de su juventud en San Petersburgo, en compañía de su padre Immanuel Nobel, quien había instalado una fábrica de armamentos, la que quebró en 1859. En dicha ciudad obtuvo una sólida formación científica y mostró vocación por la química y la ingeniería, conocimientos que volcó al igual que su padre en la fabricación de explosivos.
Regresó a Suecia en 1863, donde continuó con las investigaciones sobre los explosivos. Pero un infortunio cambió el curso de su vida, en 1864 una explosión de nitroglicerina cegó la vida de su hermano menor Emil y de otras cuatro personas. Este accidente familiar y las crecientes críticas contra su padre Immanuel Nobel y las fábricas que administraba, por hechos similares, despertaron el interés de Alfred para encontrar un método con el que se pudiera manipular con seguridad este inestable explosivo.
La Revolución Industrial tenía a la comunidad científica buscando desde hacía varios años un sustituto para la pólvora, que fuera más eficiente para abrir túneles, en función del desarrollo de la minería y del ferrocarril, industrias en expansión a mediados del siglo XIX.
Para 1866, Nobel encontró la forma de estabilizar la nitroglicerina al mezclarla con un material absorbente. La mezcla resultante solo explotaba cuando se utilizaban detonadores eléctricos o químicos. Comprobó que la potencia del explosivo se podía regular según el porcentaje de nitroglicerina con el que se mezclara y se podía añadir un detonador a distancia. Ese propio año realizó el primer experimento en una mina en Inglaterra y al año siguiente lo patentó con el nombre de Dinamita, tomado de la palabra griega dynamis, que significa “poder”.
La dinamita, mucho más potente que la pólvora, inmediatamente fue empleada por la industria de los ferrocarriles, las construcciones y la minería. Tuvo especial relación con la fiebre del oro que explotó en los Estados Unidos a mediados del siglo XIX. En sus inicios, tuvo disímiles usos, hasta los arqueólogos la emplearon para eliminar lo que les molestaba en los procesos de excavación, práctica totalmente desaconsejada por la cantidad de información que se pierde en el proceso. No obstante, aunque parezca increíble, permitió el hallazgo de importantes lugares arqueológicos como la legendaria ciudad de Troya en 1873.
Su invención fue de enorme importancia para el adelanto científico e industrial de la humanidad, pero como toda tecnología, también se ha empleado para fines no benéficos. La industria bélica ha sido uno de sus máximos beneficiados, provocando innumerables muertes en el campo de batalla desde la segunda mitad del siglo XIX.
Alfred Nobel en una fábrica de dinamita. Foto: Archivo
La invención de la dinamita le permitió a Nobel acumular una gran fortuna, parte de la cual provino de la industria bélica, con la cual la familia tenía vínculos históricos. Lo cierto es que de las fábricas del inventor sueco salieron durante años municiones para la guerra.
Un testamento filantrópico
En 1888 otro hecho inesperado sorprende a Alfred Nobel y lo obliga a tomar un rumbo diferente en su vida. Al despertar una mañana lee en la prensa su propio obituario, varios titulares con referencias muy negativas sobre el científico sueco. El periódico francés Le Figaro notificó: “Un hombre que será difícil recordar como benefactor de la humanidad murió ayer en Cannes. Se trata del señor Nobel, inventor de la dinamita”. Otro medio publicó: “Ha fallecido el mercader de la muerte”.
Se trataba de una confusión, quien había muerto era su hermano Ludwig. La prensa se retractó, pero este error y sobre todo los duros epitafios que le dedicaron lo marcaron profundamente. Él consideraba que había contribuido con sus inventos a la evolución de la humanidad, pero tal vez hasta ese entonces no había sido consciente de cuánto lo juzgarían.
No tenía hijos y valoró modificar su testamento para legar su inmensa fortuna al bien de la humanidad. El 27 de noviembre de 1895 fue una fecha trascendente para la historia de Suecia, Noruega y del mundo, ese día Alfred Nobel firmó en el entonces Club Sueco-Noruego de París su último testamento, en el que instituía los premios que llevarían su nombre.
Facsímil del testamento de Alfred Nobel
En el manuscrito, de casi cuatro páginas, incluyó a empleados de su laboratorio, a sirvientes y jardineros que le fueron colaboradores, a los que legaba una cantidad de dinero en la moneda del país en la que residían, mientras redujo al mínimo la herencia familiar.
Sin dudas, lo más trascendente de su testamento fue haber legado la mayor parte de su fortuna, valorada en aquel entonces en unos nueve millones de dólares, para crear una fundación que otorgara premios anuales entre aquellos que durante el año precedente hubieran realizado el mayor beneficio a la humanidad en los campos de la física, la química, la fisiología y la medicina, la literatura y la paz mundial. Dejaba muy claro que era su voluntad que no se tuviera en cuenta la nacionalidad de los candidatos.
En 1968 el Banco de Suecia propuso incluir bajo el sello de Nobel un sexto premio, el de Economía, el cual se ha otorgado anualmente desde 1969.
Un camino de piedras
Alfred murió al año siguiente, el 10 de diciembre de 1896. La lectura del testamento suscitó enorme controversia pública. Por una parte, su familia intentó impugnar el documento y por la otra el monarca Óscar II intentó rebatir el carácter internacional de los premios. Otro problema resultó que las instituciones a las que delegaba la entrega de los premios no parecían muy entusiasmadas en implicarse en la imprevista tarea.
A ello hay que sumar imprecisiones legales y grandes complicaciones procesales para liquidar las propiedades, patentes y acciones que dejaba el testador y que estuvieron a punto de invalidar su última voluntad. La controversia también se trasladó a las personas comunes, muchos de los cuales se preguntaban por qué premiar esas disciplinas y no otras.
El premio de la paz fue el que más sorpresa causó, muchos se cuestionaban que fuese instituido por el mismo que había cimentado su fortuna precisamente en la guerra. Algunos investigadores deducen que este se debe a su amistad con la pacifista Bertha von Suttner, primera mujer en obtener el Premio Nobel de la Paz en 1905.
Después de muchas complicaciones y gracias a las gestiones de Ragnar Sohlman, asistente y albacea de Alfred, se crea en junio de 1900 la Fundación Nobel, institución privada encargada de administrar las finanzas y la entrega anual de los premios, los cuales se adjudican el 10 de diciembre, fecha en la que se conmemora el fallecimiento de su creador.
La primera edición se celebró en 1901 y desde esa fecha hasta acá no ha estado exenta de polémica, como el rechazo de Jean-Paul Sartre de recibir el Nobel de Literatura en 1964 o la atribución del Nobel de la Paz a Barack Obama en 2009. No obstante, es uno de los premios más importantes y prestigiosos del mundo y un orgullo nacional en Suecia.
Hasta la fecha, entre los nacidos en nuestro país no se encuentra ningún ganador del Premio Nobel en ninguna de sus seis categorías. No obstante, los cubanos no han sido ignorados por uno de los premios más prestigiosos del mundo. Ello será tema para otro trabajo.