En la lomita cubana, Braudilio Vinent era el escogido para tirar las serpentinas, en tanto la artillería cubana estaba compuesta por Pedro Medina detrás del plato, Antonio Muñoz en la inicial, Alfonso Urquiola en la intermedia, Rodolfo Puente en el campo corto y Pedro José Rodríguez en la antesala. Fernando Sánchez, Luis Giraldo Casanova y el novato Lourdes Gurriel defendían los jardines de izquierda a derecha. ¿Se podía pedir algo mejor?
De ceros se llenó la pizarra y cuando tocó el inning de la suerte, Yukio Takemoto se hizo cargo del box por los locales. Era la tercera vuelta del line up y Muñoz se acercó a la caja de bateo con su acostumbrada estampa. Antes le había pedido a Pedro Jova que le encendiera un cigarro y le había dicho a todos sus compañeros que él iba a decidir eso con un palo. Estaba de líder jonronero en el torneo y el capitán no pronosticaba nada por gusto.
Se recogió sus mangas de ambos lados de los hombros, se pasó su pañuelo blanco por la cara y miró de reojo al derecho que acababa de entrar y que solo había visto en videos. Tenía fama de ser indescifrable y tirar lanzamientos submarinos. Pero le vino con recta de 140 km/h (así lo marca el video) con un ángulo de salida que el toletero cienfueguero conocía de sobra.
El bate de aluminio levantó un sonido agudo y dorado. La bola tomó altura y una cámara de televisión hizo una toma cinematográfica que muchos cubanos la convertimos en inmortal por ser la presentación por muchos años del Noticiero Nacional Deportivo. Dándole la vuelta al cuadro el número 5 cumplía su predicción y levantaba los brazos al estilo más romano, con la fortuna de celebrar el jonrón de la victoria.
Años más tarde, en una entrevista que me concediera, sentado en la sala de su casa, me contó, paso a paso, cómo vivió ese pedazo de historia del béisbol cubano. Así lo narró con su acento campechano y sencillo:
“Para ese torneo hicimos una preparación especial. Como se iba a jugar en terreno sintético y no teníamos dónde entrenar, íbamos a la pista del estadio Pedro Marrero para coger roletazos y adaptarnos a la rapidez con que botaba la pelota. Llegamos a Japón 10 o 12 días antes del inicio del mundial.
“En ese juego decisivo el pitcher iba a ser Takemoto, pero abrió otro y luego pusieron un zurdo. En el primer inning di un batazo por el center field que lo capturaron pegado a la cerca. Vinent estaba en noche de gala y solo pedía una carrera: Háganle una al japonés porque si no vamos a estar jugando hasta mañana.
“Me tocó abrir el séptimo inning y le dije a Pedro Jova: cuando venga del campo enciéndeme un cigarro que le voy a dar jonrón al zurdo ese. Pero lo cambiaron y viene a lanzar Takemoto, a quien habíamos visto en videos. Le dije al banco: párense que voy a decidir esto. Y al primer lanzamiento le di jonrón sobre una recta alta. Lo hice todo bien. Esperé que la bola llegara, saqué bien los brazos y le pegué en el centro. Ganamos 1-0. Ese batazo me salió del corazón y también, por qué no, de la hebilla del cinto…”