
¿A quién no le gustan las sorpresas? La sensación de lo inesperado produce cierta dosis de adrenalina y eso da color a la vida. En el fútbol, salvo para aquellos hinchas de los equipos perjudicados, sucede algo parecido. Alemania y Argentina, por ejemplo, han puesto con sus tropiezos la Copa del Mundo de Catar patas arriba, para bien de todos excepto de ellos mismos. Si siempre ganaran los grandes, el Mundial no sería lo mismo.
He sufrido. Lo confieso. Primero, porque el fútbol no entiende de injusticias y gana solo aquel que meta más veces la pelota en el arco. Y eso, por ejemplo, en el partido Canadá vs Bélgica me afectó sobremanera. Los norteños practicaron un magnífico juego y dignificaron el fútbol que se practica en el área de Concacaf. Esa joven generación liderada por Alphonso Davies apunta bien alto para la cita universal de 2026, cuando muchas figuras talentosísimas y ahora noveles maduren un poco.
Sin embargo, Canadá ya es presente y puso contra las cuerdas a una Bélgica más endeble que de costumbre. Los Diablos Rojos tienen todavía, como en todos los grandes certámenes de la última década, una plantilla brillante, pero envejecida. De principales hombres, Lukaku y Hazard, uno está lesionado y el otro apenas alcanza una ínfima parte del nivel que tuvo antaño. En ese grupo, junto a Croacia y Marruecos, ambas escuadras tienen un reto fuerte. Es uno de los apartados más parejos de toda la Copa.
Vayamos al grano: ¿qué le pasó a Argentina? La derrota ante Arabia Saudita constituye, no existen dudas, uno de los fracasos más rimbombantes de la historia del fútbol en el país de Messi y Maradona. Los árabes fueron un escollo duro, sí, mas el demérito de los albicelestes marcó los designios del choque.
Argentina había logrado clasificar a Catar 2022 funcionando como una orquesta sin líder. Messi siempre sobresale, claro está, porque talento es sinónimo de jerarquía, mas Scaloni inculcó a los suyos la capacidad de potenciar las cualidades del genio rosarino sin depender excesivamente de ellas. Ante los saudíes, Argentina volvió a ser la Argentina que busca a su número 10 en cada balón, en cada jugada, en cada situación tensa.
Y así, destrozado el plan y concretada la hecatombe, solo restaba para los encargados de buscar explicaciones preguntarse qué habría sucedido si uno de los tres goles en fuera de juego hubiese caído por las vías legales. A lo mejor, la historia sería hoy tan, pero tan distinta… Pero la displicencia defensiva, el juego ramplón y la falta de creatividad no se le pueden achacar a la suerte.
El drama de Alemania es diferente. Sufren un virus asiático. En 2018 Corea del Sur los enterró en la fase de grupos y en Catar los fantasmas volvieron a castigar la imperturbable psicología teutona. Ya no son tanques, sino un grupo de jóvenes que hacen lo que les da la gana con el balón. Excepto meter goles.
Fallaron un buen número de jugadas clarísimas y esto en un torneo tan exigente se paga caro. Lucieron mejor que los argentinos, pero corrieron la misma suerte. Y ahora, para colmo, tienen que jugarse el pase ante una España imponente.
Si el Mundial ya ha regalado tantas emociones (penaltis fallados, sorpresas mayúsculas, goleadas de escándalo y partidos soporíferos), es difícil imaginar lo que está por venir. Que lo mejor, diría Sabina, nos pille bailando. Y que no nos enferme de los nervios.
