Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate.
Un hombre viene corriendo desde lo profundo del centerfield y se lanza. Todo tiene que ser perfecto para que este ining y este juego no se vayan al demonio. Perfecto el reflejo de asumir hacia dónde irá la bola, perfecta la decisión de correr, perfecta la velocidad para llegar, perfecta la decisión de lanzarse en el momento justo…
Lanzarse en el momento justo precede a la dicotomía del “todo o nada”. Cuando se le corre de frente a una conexión en línea hay un instante en el que el hombre y la bola van en busca de un mismo punto sobre la superficie terrestre, un punto demasiado mismo, demasiado punto, demasiado exacto… Demasiado equilibro universal para que todo coincida –el guante y la pelota–, demasiado grandilocuente la voluntad, necedad, aspiración… de coincidir; demasiado riesgo.
Si el “milagro” no ocurre, el hombre y la bola ya no buscarán el mismo punto sino otros dos puntos distintos o, peor aún, distantes o, mucho peor todavía, diametralmente opuestos. Y ya no será lo que pudo, ya no será el “todo bajo control” del tercer out del ining, del borrón y cuenta nueva para el peligro. Será un tipo destrozado sobre la hierba y una pelota dura arrastrándose hasta los colchones y unas bases limpias por la suciedad de un hombre que no supo calcular todo, que no alcanzó a entender nada y que por ende es culpable del mundo posible en el que, de repente, quedó el juego bocarriba.
Lanzarse de cabeza para atrapar una línea, el solo lanzarse de cabeza, implica la condición de lo definitivo, más que de lo espectacular.
“Dejar picar la bola y atraparla y jugar al menor de los males”, recomiendan los cautos.
Pero hay un instante en el que no hay vuelta atrás. Cuando se alcanza determinada velocidad con los pies, cuando a medida que se avanza el torso va asumiendo cierta pendiente, cuando el corredor de segunda ya está a punto de pisar la tercera y abalanzarse al home por la ventaja, cuando la pelota va a picar y no llegas y te faltan dos, tres metros… solo queda apostarle todo a lo definitivo y dar un salto.
¿Para qué arriesgarlo todo? ¿Por qué apostar por ser héroe con tantas papeletas para ser villano? ¿Por qué será tan fino el trillo hacia la gloria? ¿Por qué será tan cómodo el asiento de la mediocridad?
¿Guapería? ¿Nervios? ¿Suerte? ¿Ansias de la titularidad perpetua? ¿El abrazo del equipo? ¿La sangre de cualquier centerfield? ¿Es mi momento? ¿Mi papá me ve? ¿La pura? ¿Cuando crezca el chama? ¿Que el estadio grite? ¿La euforia? ¿La histeria? ¿Mansedumbre en la grada? ¿El banco está vacío? ¿Aquí estoy yo?
Pero no sabemos nada. Solo se conoce que hubo un salto, que acabó el ining, que aplaudió la gente, que ganó Matanzas, que el playoff se inclina…
Para grandes elipsis, para grandes metáforas, la sociedad se inventó el gesto; es decir, el salto.