Foto: Carlos Pérez
El rostro al descubierto le vale el nombre de Sarahy Galán Hernández. A sus 30 años de edad, la inmensidad del enigma coronavirus la mantiene atrapada en la Unidad de Cuidados Intensivos Emergentes, la "UCIE".
Hace 12 días su universo es un hospital: el Saturnino Lora de Santiago de Cuba, donde nunca le fueron tan prolongados ni tan mudos los pasillos de esta institución. Jamás se había sentido tan útil como Licenciada en Enfermería.
Ella forma parte de un equipo de 4 compañeros, encomendados a la estabilización de pacientes que llegan desajustados clínicamente: desmoronados por insuficiencias respiratorias, estado de 'shock', o alguna gravedad que acarree la sospecha de Covid-19.
Más de 290 horas lleva la joven enfermera sin apretar en su pecho a sus seres queridos, sin degustar la comida de casa.
Su hijita Asia- que no es ni tan china ni de cabello lacio- tiene solo 7 años. Añora a su madre, cuenta los días a la desesperada, juega y pregunta intrépida: “¿cuándo viene mamá?” Una voz de anciana le responde: “mami está salvando vidas, queda poquito, faltan 3 soles más para verla”.
La niña detiene emociones, piensa… aplaza sollozos a la espera de una llamada telefónica, de horario eventual. La voz de madre abraza en un respiro a la pequeña, que aplaude fuerte, señala y brinca orgullosa por los ecos invisibles de otras manos, siempre a las nueve de la noche.
A Asia la cuida, alimenta y guía hoy en el estudio su abuela paterna, Martica, que es diabética e hipertensa. Ninguna se expone fuera del hogar. No hay sacrificio sin precio, ni batallas libradas por los humanos sin dejar lastimado o nostálgico a un corazón.
(Tomado de la página de Facebook de Cuscó Tarradell)