
Hiromi Quiñones Rodríguez trabaja en el Hospital Militar Fermín Valdés Domínguez, de Holguín. Foto: Cortesía de la entrevistada.
Este 4 de abril Hiromi cumplirá 37 años y no lo pasará junto a sus familiares. En estos tiempos, el mayor regalo que pueden hacerle es aplaudirle desde cada balcón, en cada barrio cubano. Eso enorgullece, alienta, inspira, ayuda a que los médicos cubanos sigan y resistan esta dura batalla contra la COVID-19.
No ha cumplido misión internacionalista. Quizá por eso se emocionó más cuando le informaron que debía atender a los pacientes positivos o sospechosos con el nuevo coronavirus. No lo pensó dos veces: “Creo que fue mi aporte a la familia y a mi ciudad para ayudar a prevenir o aminorar la dolencia de mis pacientes”, dice.
Hiromi Quiñones Rodríguez trabaja en el Hospital Militar Fermín Valdés Domínguez, de Holguín, uno de los centros habilitados en ese oriental territorio para tratar los casos confirmados o con síntomas de la pandemia. Especialista de primer grado en medicina general integral y en terapia intensiva y emergencias médicas, se incorporó a este servicio desde el 23 de marzo.
“Llevo más de 10 días alejada de mis seres queridos. El cansancio existe, la nocturnidad es parte de mi profesión. Pero contamos con el tratamiento autorizado por protocolo y hemos tenido buenos resultados”.
Me cuenta que desde el primer momento comenzó a tratar con pacientes positivos. Está en una zona de alto riesgo, pero protegida y con todos los procederes médicos ante este tipo de situación. Examinar estos casos no ha sido tarea fácil.
“Tengo dos pacientes que me han marcado en estos días. Principalmente por sus palabras de apoyo, la disciplina con que admiten mi criterio. Y sobre todo porque me han referido su gratitud hacia mi trato y dedicación a sus cuidados”.
Pide disculpas, debe entregar la estancia en este momento e incorporarse a su faena laboral. De alguna manera he interrumpido su ritmo, su rutina. En unas horas vuelve y seguimos la conversación vía Whatsapp. Le pregunto si tiene hijos, y me responde que sí: “Uno de 10 años, edad difícil, pero tengo la ayuda de mi madre, que está asumiendo la responsabilidad de su cuidado en estos momentos”.
Este ha sido el escenario más difícil como profesional, por su complejidad y su magnitud. “No es de tomar a la ligera, es un hecho y hay que enfrentarlo con seriedad y más cuando todos somos parte de la sociedad”, responde ante la baja percepción del riesgo que aún existe en algunos cubanos.
“El pueblo tiene que estar consciente de que aunque se esté trabajando en función de que no se propague la enfermedad, contamos con su colaboración para la prevención en sus hogares y en el medio en que se desenvuelven. Mi mensaje sería pedirle a la población que, a pesar de la confianza en nuestra labor profesional, dependemos de ellos para realizarla lo mejor posible. Su seguridad y su disciplina son fundamentales para que nuestro trabajo tenga éxito”, comenta.
Esta valiente prefiere no hablar de futuro: “Sería precoz de mi parte predecir lo que puede suceder más adelante”. Ella cumple su misión, salvar a los suyos, sin miedo.
“Trabajar en una zona de alto riesgo es difícil. Por mi especialidad enfrento a la muerte todos los días, pero librar cada batalla es una victoria para el paciente, para la familia y para mí, como médico y ser humano”.
“La medicina es una vocación, no es hacerse médico por un título, por un estatuto en la sociedad; es saber que no existe un momento o una conversación en que no emitas un criterio médico. Es algo que penetra la sangre, por lo menos para mí”.
La madre de Hiromi le ha dicho en ocasiones que prefiere el hospital que su casa. Tal vez porque pasa más tiempo allí, con su bata blanca. “Disfruto mi trabajo y me lleno de satisfacción personal cuando saco un paciente de un paro o logro estabilizar a aquel que requiere de mis cuidados”.
Me queda claro, ama lo que hace.

Enfrentar la COVID-19 ha sido el escenario más difìcil como profesional. Foto: Tomada de su perfil de Facebook.