El deporte universitario es así... te rompe. Foto: Archivo FCOM - UH.
- Especial de Revista Alma Mater
Los medallistas tendrán su versión de los hechos, pero esa, a golpe de fuga, no me interesa… La mía resulta la de quien llegó añorando romper todas las marcas y ahora, cuatro años después, apenas se conforma con terminar la carrera; debe tratarse de la ponzoñosa capacidad del fracaso para acabar por moldearnos a la pasiva mediocridad de los supervivientes.
El deporte universitario es así… te rompe.
Ahora simplemente llegó el momento de arrebatarles la pluma a los campeones y contar, de una vez y por todas, la crónica del perdedor.
Judo
No logras mover ni cuello ni ojos. No piensas. Tampoco percibes los manotazos por las orejas ni los bofetones que el entrenador improvisado propina para hacerte sentir una fiera, un animal, una máquina de guerra. Las piernas tiemblan… siempre las piernas.
Ya has estado aquí. Sabes que, con algo de suerte y la presión oportuna, el contrincante podría resbalar y caer al colchón, donde quizás saques determinado provecho de la única técnica de inmovilización que conoces. Esas son tus fichas.
Al escuchar tu nombre por los altoparlantes, censuras cualquier expresión física de vulnerabilidad, sales con el pecho rígido y erguido en busca de la cinta azul, esbozas un saludo japonés y, sin tiempo para nada más que la acción caótica y violenta; solo das un paso después de otro para avanzar y ver qué pasa.
Tenis
Nada puede salir mal. Se trata de una pelota de goma forrada con pelusa verde, una raqueta y una red. ¿Quién te va a hacer un cuento? Precisamente a ti que creciste jugando cancha contra la pared roída de la bodega.
Arranca la pugna y, para no hacer largo el cuento, luego solo dirás que no viste pasar la bola. El único punto que logras lo debes a un saque largo del contrario y, ante tamaña prueba de generosidad, apenas acaba el calvario vas hasta la red, estrechas su mano, lo abrazas y le sueltas: “¡Socio! Gracias por el tanto”.
La bala
Es redonda y oscura como ciertos hierros del gimnasio a los que nunca intentarías retar. Te comentan que no se trata de nada del otro mundo: «la agarras en una mano, levantas el brazo contrario como en los Juegos Olímpicos, para impresionar a los rivales, das par de pasos mientras giras y tiras la cosa esa por ahí para allá».
Desarrollas torpemente lo que recién aprendiste y la bala apenas sobrepasa los siete metros. Frente a la despectiva risa de todos, desatas un gesto de alarde y victoria.
Trescientos centímetros sobre tu marca, se deciden los primeros lugares. Observas por encima del hombro a los grandulones, te burlas y piensas que esa minúscula diferencia resulta no menos que un fiasco para tanto carapacho.
5000 metros
Doce vueltas y media a la pista. El bazo adolorido, la saliva espesa, la garganta reseca… No sientes los pies. Pierdes energías con una escupida del demonio que acaba cayendo en tu antebrazo. Eres la viva estampa de una estática milagrosa en movimiento. Los de adelante te han sacado tres vueltas de ventaja y sus semblantes niegan cualquier síntoma de fatiga.
Al principio, cuando eras la cola de una pequeña sierpe, los entrenadores te animaban desde la lástima con aquello de que superarías a todos antes de los últimos 400 metros. Sin embargo, ahora tu situación es tan ridícula y miserable, que pasas y escuchas cómo el anotador de vueltas le pregunta a alguien, con gritos: «Y ese que va por ahí… ¿quién es?».
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La mariposa
Si se trata de un aficionado con más de cien metros de piscina por delante, una mariposa puede convertirse en una libélula.
Ves lo fácil que desarrollan el movimiento los recién salidos del equipo nacional de natación y te les acercas con aires de educando: «Asere, ven a acá, explíquenme bien cómo es eso». Ellos, sabiondos, contestan que «facilito: uno arriba, dos abajo, uno arriba, dos abajo».
Te «llevas la seña» y les lanzas una mirada entrecortada. «Que se cuiden», piensas. Suena el silbato, te lanzas al agua y cuando intentas que tu mariposa despegue, sospechas que algo sustancial dejaron de contarte.
Polo
Después de mucho gritar para recibir el balón, alguien del equipo lo lanza y queda a la discreta distancia de tres brazadas. Comienzas el movimiento frenético para buscarlo y un manotazo por la espalda baja te arrebata el short y el calzoncillo para, además de frenar tu ímpetu, dejarte en cueros.
Quedas en shock. Minutos después, se acerca de forma amigable tu agresor y secretea: «Chama, cuando alguien te haga lo que yo te hice, empieza a gritar y a hundirte para que el árbitro te tome en serio, porque si no… te matan aquí adentro y nadie se entera».
Reproducen la música. Das tres vueltas. Le gente grita. Tu ego sonríe. Foto: Archivo FCOM - UH
Gimnasia
Resulta el mayor hervidero de la competición. Las gradas se abarrotan y el tabloncillo queda abandonado y sombrío… esperando por ti. Reproducen la música. Das tres vueltas. Le gente grita. Tu ego sonríe.
Cuando tropiezas, escuchas una vocal grave entre los espectadores. Vuelves a dar tres brincos cómicos y todos reiteran la histeria. Olvidas una octava de brazos y la que le sigue, hasta que decides repetir una y otra vez la única combinación que tu cerebro reproduce sin preguntarse a sí mismo.
Acaba el minuto y medio de tensión, gritos, carcajadas… y segundos después vuelve a comenzar la misma algarabía amorfa pero con alguien más ocupando tu sitio.
Carrera de [des]orientación
Resulta la travesía de los engaños. La mujer gorda y gritona que va dando las salidas y desarrolla un venenoso intento de orientarte que, lejos de eso, puede conducirte más a lo hondo del fracaso de no seguir tus instintos.
He ahí la clave: obedecer a los sentidos más primarios de supervivencia, porque se trata de una carrera a ciegas dónde la desesperación va in crescendo, como en quien pretende tocar la sinfonía de una obra maestra a la primera ojeada.
El mapa que te dieron está mal. El que salió dos minutos antes de ti se cruza contigo en dirección contraria y luego te pasa con alguien más. Y no se trata de que el camino tenga «para atrás y para adelantes», sino de que todos permanecen igual de perdidos.
Eres una presa del tiempo en medio de un bosque desconocido. Sabes que estás relativamente a salvo, pero sientes, como nunca, la calamidad de lo vulnerable, la pérdida ineludible del control sobre tu destino. Por pura casualidad –o instinto– llegas a la meta.
Biatlex
En el biatlex, como en la vida, no basta con hacer solo una cosa. Tienes que correr, nadar, otra vez correr… y sobre todo repetirte, en cada paso que das, que llegar a la meta es una cuestión de guapería.
Durante ciertos momentos –también como en la vida– puedes pensar que estás a un paso de la muerte, en específico cuando sientes que a tu boca entra más agua que aire o cuando la sangre de tus piernas parece envenenada con toneladas de plomo o cuando el suelo, ante tu vista fatigada, se desconfigura y palpita y te ataca y bulle, como el agua en un caldero a más de cien grados de temperatura.
Pero en la meta, mientras el cuerpo pide vomitar el desayuno y los síntomas de un deceso temprano aún se anuncian en tus dificultades para respirar, te sientes jodidamente más vivo que nunca.
Y a pesar de que hayas malquedado en el lugar 22… tu euforia es tal que caminas con la feliz certeza de que el próximo año regresarás con todo, más fuerte y, por lo menos antes de arrancar, retarás con la vista al todavía campeón como quien dice: «Camarada, qué pena contigo… pero tus tiempos de grandeza han acabado».
Las gradas se abarrotan y el tabloncillo queda abandonado y sombrío… esperando por ti. Foto: Lisy del Monte / Alma Mater.
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