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Caminos adentro en el Escambray

Amanecer. Foto: Deny Extremera San Martín/Cubadebate.

Menos de una hora de caminata desde mi pueblo natal y ya estábamos entre los “caminos sin senderos” del Escambray. Caminos, porque uno decide y escoge el claro por donde avanzar; “sin senderos”, porque no los hay. Se adivinan algunos, pero no han sido transitados por mucho tiempo; en medio de los senderos casi borrados bajan hasta el suelo bejucos y ramas finas en total tranquilidad. Solo hallamos -y finalmente seguimos- uno, angosto, hecho a la medida del caballo y que lleva a pueblos de montaña muy adentro y arriba. Sendero húmedo, de llovizna de rocío bajo túneles verdes.

Luego, de vuelta a buscar caminos entre colinas menos densamente arboladas, fue más fácil detenerse a contemplar grandes árboles (algunos de figuras extravagantes), mariposas, flores, pájaros (cartacubas, tomeguines, pitirres, arrieros, cernícalos, gavilanes de buen porte…). Siempre, antes y después, escuchando a cientos, miles de cigarras o -como nos parece mejor llamarlas a veces- chicharras.

¿Silencio? Por ahora no. Corren las pocas semanas de su apareamiento y las cigarras macho llaman a las hembras, y hay competencia -cada cual trata de atraer a más hembras y canta más y más alto- y, como dije, son cientos, probablemente miles.

Hay árboles en que las cigarras suman más que las hojas. Vuelan o se apropian de ramas que ya están superpobladas. ¿Cantan? Como he leído por ahí, más bien estridulan. Cada árbol es como un gran coro chirriante.

Sendero húmedo, de llovizna de rocío bajo túneles verdes. Foto: Deny Extremera San Martín/Cubadebate.

Solo con conocer algo de las cigarras ya vale el tiempo un viaje a estos montes: extraordinariamente longevas, nacen y se van al suelo como ninfas, a vivir bajo tierra sorbiendo la savia de las raíces -según las especies, puede ser por 2, 5 y hasta 17 años (¡17 años!)-, y luego, por el apremio de algún increíble reloj biológico que aún intriga a los entomólogos, una generación sale y sube en masa a los árboles y sus miembros pasan por la sexta o séptima muda de su exoesqueleto y se hacen adultos totales, listos para reproducirse (y perdurar) por tres o cuatro semanas del verano y morir luego de ese corto tiempo fértil y sonoro en la luz, con lo que dan paso al nuevo ciclo de otra generación.

El sonido es tan fuerte (cuentan que algunos machos mueren por la diferencia de presión que generan para que salga más alto el sonido de su caja de resonancia membranosa), que puede llegar a ser demasiado.

Pero mi experiencia me dice que quien disfruta estar en medio de la naturaleza y de sus procesos -tratando de aprehender lo máximo de ellos y entenderlos, verlos con ojos propios y escucharlos con propios oídos, sobre todo con humildad y asumiendo que uno es parte de todo y no ente ajeno y superior- deja pasar la ligera molestia y sonríe y sigue caminando, porque es mayor la maravilla; uno irrumpió en medio de un espectáculo lleno de significados que se ha repetido por siglos, sin hacerse vano, y debe pasar por entre él desapercibido, discreto, respetuoso.

Ese que se escucha, sin que decibeles y armonía condicionen su apreciación, es un canto precioso, por extraño y único, a la vida; cierra un ciclo e inicia otro en pocas semanas.

Cigarras en pleno apareamiento. Foto: Deny Extremera San Martín/Cubadebate.

Y uno sigue escuchando y mirando volar a las cigarras entre los árboles, en busca de pareja o ya en pleno apareamiento; mirando a los pájaros y las formas extrañas en ramas y raíces, las tantas flores y mariposas, el cielo limpio y las montañas más altas y azulosas que se ven muy cerca, aunque esa cercanía sea a veces solo una inexacta impresión.

Uno, con suerte, se hace parte de lo que contempla; se siente parte de algo. Lo siente, incluso, al respirar. Siempre hay algo nuevo -mucho nuevo- que ver y descubrir en el bosque, en el monte. Siempre vale la pena regresar e internarse en él. Siempre se aprende algo nuevo en él, y siempre hay algo que él descubre en nosotros y nos limpia adentro.

No solo limpian los árboles el aire y absorben los gases de efecto invernadero y pueden ser claves para hacer frente a la crisis climática; también nos salvan y limpian por dentro, y en la calma nos hacen más transparentes para nosotros mismos y, así, un poco más sabios (aunque a veces sea solo por unas horas).

Violetas. Foto: Deny Extremera San Martín/Cubadebate.

Pitirre. Foto: Deny Extremera San Martín/Cubadebate.

La cartacuba o pedorrera está considerada una “joya de la ornitología cubana”. Foto: Deny Extremera San Martín/Cubadebate.

Mariposa. Foto: Deny Extremera San Martín/Cubadebate.

Pitirre. Foto: Deny Extremera San Martín/Cubadebate.

Chicharra. Foto: Deny Extremera San Martín/Cubadebate.

Azul. Foto: Deny Extremera San Martín/Cubadebate.

Cartacuba, en primer plano.. Foto: Deny Extremera San Martín/Cubadebate.

Siempre hay algo nuevo -mucho nuevo- que ver y descubrir en el monte. Foto: Deny Extremera San Martín/Cubadebate.

Ceiba. Foto: Deny Extremera San Martín/Cubadebate.