Tales elementos bastarían para calificar el plan del presidente estadunidense de intento positivo y sin precedente en materia de control de armas de fuego. Con todo, la iniciativa de Obama omite un punto fundamental: el problema de la posesión masiva de armas de fuego por particulares estadunidenses no se origina únicamente en una legislación permisiva que ha posibilitado la proliferación descontrolada de tales artefactos; el fenómeno es impulsado también por poderosos factores económicos, políticos y culturales. Dicho fenómeno, en consecuencia, debe ser acotado y abordado en todos esos frentes.
Sin soslayar el vasto poder de cabildeo de organizaciones como la Asociación Nacional del Rifle -que se aferra a pregonar la libertad absoluta de poseer armas de fuego y mantiene estrechos vínculos con el Partido Republicano-, tales agrupaciones no son sino la cara más visible de una amplia red de intereses que tiene como eje articulador a la industria armamentista, la cual ostenta un enorme poder político y una vasta presencia en la economía de Estados Unidos. Dichos intereses, por añadidura, tienen a su favor un entorno social y cultural en el que históricamente ha prevalecido una fascinación por las armas de fuego y en el que la posesión de éstas es vista como sinónimo de estatus y el ejercicio de un derecho individual irrenunciable.
Ante tal perspectiva, es claro que cualquier acción gubernamental orientada a controlar la comercialización y posesión de armas de fuego en Estados Unidos quedará incompleta en tanto no incorpore una política educativa orientada a concientizar a la población en general -y a las generaciones más jóvenes en particular- de que la posesión descontrolada de esos artefactos no es sinónimo de seguridad ni de libertad, sino un signo de atraso civilizatorio y una amenaza constante de violencia y muerte.
Por lo demás, es necesario que el gobierno de Washington revise y acote el peso político y la proyección económica de su industria armamentista, que ha sido factor decisivo no sólo para multiplicar el número de muertes violentas en ese país, sino también para llevarlo a aventuras bélicas desastrosas, como las emprendidas por el gobierno de George W. Bush en Afganistán e Irak, e incluso para atizar escenarios de barbarie delictiva como el que ha ensangrentado a nuestro país en el último sexenio, los cuales representan una enorme oportunidad de negocio para los fabricantes y vendedores de armas de fuego.
En suma, en ausencia de acciones y propósitos gubernamentales para atender las dimensiones económicas y culturales del fenómeno comentado, el plan de Obama aparece como un paliativo y como una medida publicitaria para encauzar en favor de su gobierno la exasperación social por la repetición de episodios trágicos como el que tuvo lugar a fines del año pasado en Connecticut.
(Tomado de La Jornada)