Publicado : 5 de abril de 2007
Si solo fuese cuestión de cambiar la proporción en cuanto a la cantidad de acres ya sembrados -más maíz, menos trigo- podría encontrarse un punto de equilibrio económico dentro de poco. El verdadero problema surge en lo que lo rodea. Este auge que tiene lugar en el cultivo del maíz constituye un elemento de presión para la tierra que ha sido destinada al Programa de Reserva y Conservación del Departamento de Agricultura de los Estados Unidos. Desde mediados del decenio de 1980, los agricultores han dedicado unos 37 millones de acres de tierra cultivable a este programa. Se trata de tierra que ha sido devuelta a la naturaleza y está en correspondencia con lo que los estadounidenses pagan mediante la Ley Agrícola de los Estados Unidos. La mayor parte de esta tierra no es adecuada para los cultivos - demasiado accidentada, demasiado húmeda, demasiado valiosa como hábitat de la vida silvestre- pero cuando los precios del maíz son tan elevados como en estos momentos, la idea relativa a lo conveniente cambia con rapidez.
Los grupos interesados en la cuestión agrícola comenzaron a instar al Departamento de Agricultura a liberar parte de esta tierra de la reserva, de modo que los agricultores pudieran dedicarlas a la producción de maíz. La U.S.D.A ha suspendido temporalmente las nuevas inscripciones en el programa y aunque probablemente no libere tierra alguna este año, la presión para que lo haga aumentará.
Por mucho que nos guste la idea de la producción de etanol- y en particular la posibilidad de etanol celulósico, de otras fuentes que no sean el maíz- sería un error trágico echar por la borda veinte años de conservación a partir de la agricultura por obtener ganancias a corto plazo. El etanol obtenido del maíz solo sustituirá una pequeña parte del petróleo que utilizamos, y si lo hace al precio de una nueva demanda desproporcionada de tierras cultivables, entonces habremos perdido mucho más en cuanto a conservación que lo que ganaremos en términos de independencia energética.
Traducido por: Nancy Hechevarria, del Equipo de Traductores de Cubadebate y Rebelion.