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Una leyenda en la cuerda floja

Lampard, entrenador del Chelsea. Foto: Sky Sports.

Lo sabía de antemano Román Abramóvich, que de tanto tiempo sentado en la planta noble de Stamford Bridge, algo tendrá que haber aprendido sobre fútbol: su decisión hace una temporada y media de ofrecerle el banquillo del Chelsea a Frank Lampard sería una jugada sumamente arriesgada. Primero, con optimismo, pensó el magnate en la necesaria estabilidad que pedía entonces a gritos la estructura deportiva de su club, aunque con toda seguridad durmió inquieto con la molesta preocupación de que cayera una leyenda a los ojos de los hinchas blues.

Pensarán entonces los aficionados que no, que las leyendas nunca mueren. Y puede que tengan razón. Hay trayectorias que no manchan ni siquiera cataclismos balompédicos. Tendría que descender el Chelsea… y quien lo piense sería ipso facto blanco de mofas. Pero en el fondo, muy en el fondo, el impoluto paso de Frankie por la entidad londinense como centrocampista estaría por primera vez cerca del cadalso desde aquel día en que respondió la llamada del millonario ruso y le confesó que estaría encantado de entrenar al equipo de su vida.

El año pasado, para ratificar esta conjetura acerca de las leyendas, la grada le mimó como solo había hecho con dos o tres elegidos, incluido él, incluso en los tiempos más oscuros. Llegaron las derrotas y Lampard se fue al túnel de vestuario preñado de aplausos y vítores. A simple vista, el amor de la gente a su técnico era incondicional y así fue hasta el final de la temporada, cuyo rendimiento irregular fue perdonado gracias a la meritoria clasificación a Champions y la emergencia de rostros jóvenes llamados a llevar otra vez al equipo a la cima de la Premier.

Pero los primeros años, los años de forjar proyectos y mirar más las maneras que las pizarras, duran solo eso, unos diez o 12 meses. Con la actual campaña sacaron entonces los hinchas sus lupas para observar con mirada crítica al borde de la línea de cal. Abramóvich, que detesta la mediocridad, metió la mano en su bolsillo y sacó millones como quien saca caramelos. Al ruso le podremos tildar de cualquier cosa, excepto de rácano, por mucho que últimamente ande tranquilo entre tanto fichaje desorbitante.

Con la llegada de jugadores de la talla de Ziyech, Timo Werner, Havertz o Thiago Silva, la plantilla pegó un salto de calidad. Si antes era el joven equipo de Lampard, que sorprendía por su desparpajo y su manera de jugar al fútbol pese a la inexperiencia de la mayoría de las figuras, complementar el vestuario con futbolistas contrastados y por demás caros en su valoración de mercado, fue la primera llamada de atención para el técnico inglés: acercarse a la supremacía del Liverpool y el City era, más que una aspiración, casi un propósito obligatorio para el Chelsea.

Basta mirar a la tabla para percatarse que esto no ha sucedido. Marchan octavos, pero más allá de la triste realidad que gritan los números, el rendimiento de la mayoría de la plantilla le pega el más fuerte bofetón al entrenador. En esa circunstancia, la confección de los onces iniciales ha sido, en la mayoría de las ocasiones, una lluvia de despropósitos, lo cual ha provocado incluso rencillas internas en el vestuario.

Parece ser, en este momento, que la hilera de derrotas y las pocas señales de recuperación le pueden pasar factura. La decisión es exclusivamente de Abramóvich, probablemente su principal valedor. La afición blue también está partida en dos aguas, presa del hastío y a la vez oprimida por el golpe sentimental que significaría ver partir a su ídolo por la puerta del fondo. Y mientras, a esta hora todavía nadie sabe si Frank Lampard podrá sentarse otra vez en el palco de Stamford Bridge.

La frase:

“El problema no es por qué echan a los entrenadores, sino el que no sepan para qué los contratan”(César Luis Menotti).