Es raro esto de ponerse en pieles ajenas. Esta semana lo intenté tras la debacle del Barça en Lisboa, empujado por la necesidad de comprender y luego analizar los entresijos de tan sonado fracaso. Decidí por unos minutos ser culé —cosa difícil para mí en esta vida y en la siguiente, si es que la hay— y sufrir un poco el sinsabor del revés ante el Bayern.
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