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¡Gracias, Director!

César Gómez Barranco. Foto: Agustín Borrego Torres/ Trabajadores.

Entró al hospital caminando, pero casi imposibilitado de respirar. Hicieron todo por reanimarlo, veinticuatro horas después el asma le ganó el último respiro, y su corazón se detuvo definitivamente. Aunque no era noticia de prensa: había muerto, anónimamente, un gran hombre. Casi un año después, acopio el ánimo suficiente para regalar estas líneas a ese ser admirable que fue mi padre.

Cuando hoy nos alarman tanto los casos de algunos dirigentes y funcionarios públicos acomodados o corrompidos, el ejemplo de César Gómez Barranco merece conocerse. Porque, como él mismo afirmaba constantemente, son muchos, muchísimos más los hombres y mujeres que por méritos propios han recibido y asumido la responsabilidad de dirigir fábricas, escuelas, granjas, hospitales, teatros, unidades militares… y lo han hecho con total honradez, enormes sacrificios y gran humildad.

Estos recuerdos son un homenaje a todos esos y esas dirigentes a cualquier nivel, que no han traicionado jamás la confianza del pueblo al cual se deben. Cumplir con el deber ha estado siempre por encima de salarios, premios, medallas, autos, viajes, ascensos, o prebendas. Este es también un homenaje a ese otro padre que también extrañamos cada día los revolucionarios cubanos.

Onces meses atrás sus familiares más cercanos celebramos con el viejo César aquel que sería su último día de los padres. Pocas semanas después, fuimos prácticamente las mismas personas quienes esparcimos las cenizas de su cuerpo en el lugar que ocupara la Escuela de Cuadros de Mando Agrícola del Partido (ECMA), en el reparto la Coronela, al oeste habanero. Más de una vez mi padre había expresado el deseo de unirse alguna vez y para siempre a su querida “escuela de cuadros”, allí donde fue tan feliz, un director inmensamente feliz.

Años de felicidad y escaramuzas fundacionales

La Revolución le entró por las venas. Apenas rebasaba los veinte años cuando salió a la calle a recibir en La Habana a la Caravana de la Libertad. Como confesó en una entrevista que le hicieron mucho después, algunos en la familia miraban fijamente los rostros de cada barbudo, convencidos de que entre ellos estaría la sonrisa inconfundible del tío Raúl Gómez García. Era una esperanza que albergaban aún cinco años, cinco meses y cinco días después de saberle asesinado en las mazmorras del Cuartel Moncada. Para el joven César su tío menor, su amigo, su compañero de voleibol y paseos por el Malecón se convirtió en el ejemplo a seguir, por eso los finales de los cincuenta lo sorprenden distribuyendo clandestinamente bonos del 26 de Julio.

Como la mayoría de los jóvenes cubanos, el mayor de los tres Gómez Barranco se montó de inmediato en la ola revolucionaria: cambió el aire acondicionado de su banco americano por las noches de guardias, el batallón miliciano, la movilización de Girón, la escuela militar, las clases como profesor de política, los grados de teniente y con orgullo su pistola P-38 al cinto del traje verde olivo. Cómo no recordar la famosa marcha miliciana de los 62 kilómetros, el 6 de noviembre de 1960, pues al regresar esa tarde se enteró de que mi madre estaba dando a luz. Llegó tan desbaratado a la clínica donde yo estaba naciendo, que le ofrecieron una camilla al confundirlo con un paciente.

Trabajaba ya, sin horas y sin descanso, en el Comité provincial del Partido de la capital, cuando recibió la tarea de fundar la escuela de Escuela de Cuadros de Mando Agrícola del Partido, concebida por Fidel, para ofrecer educación e instrucción a miles de campesinos, algunos casi analfabetos, que debían convertirse en los nuevos dirigentes revolucionarios que necesitaba la agricultura del país.

“César nunca fue tan feliz como en aquellos años, entre 1968 y 1972, cuando dirigió la escuela”, recuerda Bibiana Faxas, su fiel esposa y colaboradora desde entonces. “Allí conspiraba con Fidel y hacían planes sobre el futuro de Cuba”.

Cuenta Bibi que una de esas veces cuando el Comandante se aparecía por sorpresa en la escuela, comienza, como era su costumbre, a preguntarle en ráfaga a mi padre:

— ¿César, cuántos alumnos tenemos en la escuela?

— Tantos, Comandante, -respondía exactamente el viejo, que entonces apenas rebasaba los treinta años.

— ¿De qué especialidades?

— De tal, más cual y aquella otra -volvía a responder con seguridad y conocimiento mi padre.

— ¿Cuántos hombres y cuántas mujeres estudian? ¿Tienes la edad promedio? -atacaba nuevamente Fidel, y el viejo respondía con corrección.

— ¿De ellos, cuántos casados? -Nuevamente una respuesta más o menos precisa…

— ¿Y de los casados cuántos son de Santiago de Cuba?

— Pero, Comandante, eso sí que ya no se lo puedo contestar.

Dice Bibi que Fidel sonrió como un niño y pasándole el brazo por el hombro al viejo le dijo: “pues, director, tendremos que saberlo, porque vamos a hacer más llevadera la estancia de esos hombres y mujeres en la escuela. Vamos a construir un edificio con el trabajo voluntario de los propios alumnos, para que sus familias puedan venir a vivir aquí y apoyarlos mientras ellos estudian…”

Fue de esa manera, y no de otra, como Fidel y mi padre planearon el embrión de lo que después se convertiría en el movimiento de microbrigadas para la construcción de viviendas.

Pero ahí no paró la cosa, el Comandante venía a cada rato a ver cómo iba la construcción de aquel primer edificio de cuatro pisos. Una de las veces se encontró a mi padre, cuchara de albañil en mano, ayudando a levantar una pared. Fidel entre bromas le preguntó si aquello no se caería. Fue durante una de esas visitas, cuando el edificio estaba casi terminado, que  el Jefe de la Revolución retó a César a ver quién de los dos llegaba primero al último piso; mi padre se rindió de inmediato: el Comandante supo entonces que el director de la escuela era un asmático crónico.

Recuerdo bien el día de la inauguración. Fidel llegó en sus yipis sin ventanillas  ya entrada la tarde, y poco después comenzó el acto junto al reluciente inmueble. Sentado a un costado, frente a la tribuna, yo reventaba de orgullo al ver por primera vez a Fidel escuchar el discurso de otra persona: mi padre, quien contaba cómo habían logrado construir en mínimo tiempo aquel primer edificio de microbrigada. Visiblemente emocionado, el viejo terminó sus palabras y se dispuso a regresar a su asiento, Fidel no lo dejó llegar: “César, te faltó el Patria o Muerte”, le susurró, y mi padre subió al podio a corregir el error. Obviamente –me confesó el viejo mucho después– él estaba convencido de que el único que podía terminar sus discursos con aquel ¡Patria o Muerte, Venceremos! era el Comandante.

Fue en esos años, antes y durante la zafra del 70, cuando mis vacaciones de verano comenzaban y terminaban en un surco. Mucho antes de que se constituyera el contingente Blas Roca, la ECMA, con su director al frente, marchaba como contingente (así se le denominaba) a cumplir tareas principales de la Revolución, fundamentalmente en la zafra azucarera. “Ustedes son  mi reserva”, les decía constantemente Fidel.

De esas movilizaciones un suceso todavía me conmueve. Nunca lo he contado. Estábamos en plena zafra de los Diez Millones, cuando una mañana al puesto de mando del contingente llegó un compañero con la noticia de que los camioneros que debían llevar las cañas al central se negaban a recogerlas, porque había llovido mucho la noche anterior, y ellos afirmaban que era muy peligroso bajar los camiones cargados de aquella loma. Mi padre no lo pensó dos veces; su chofer y yo apenas lo alcanzamos cuando ya ponía en marcha el yipi en dirección al problema.

Llegamos y, efectivamente, al pie de la loma estaban los camiones y sus choferes de brazos cruzados. “No se bajen”, nos ordenó el viejo, y  muy serio fue a conversar algo con aquella decena de hombres, la mayoría de ellos jóvenes y fornidos. No parecieron discutir, pero el viejo regresó al yipi y le dijo a su chofer: “Sígueme, por si acaso”, y en el acto se subió en el camión que estaba más próximo a la loma.

Montados en el yipi, el chofer y yo vimos cómo el viejo arrancó el vehículo y comenzó a trepar runruneando por aquel lodazal de mil demonios. Ya arriba, en el surco recién cortado, le llenaron el camión de caña. Entonces mi padre, que había permanecido todo el tiempo al volante con el motor encendido, aceleró y comenzó a bajar por aquel fanguero. El vehículo, cargado hasta el tope, crujía y se tambaleaba de un lado a otro. Su chofer me decía: “tu padre está loco, está loco”… Pero lo logró. Sin decir una palabra entregó las llaves al camionero, y nos dijo: “nos fuimos”. Pocas horas después le informaron que toda aquella caña había sido llevada a tiempo al central, sin tener que lamentar un solo accidente.

De la escuela de cuadros, en 1972, Fidel mandó a mi padre a cumplir su más compleja tarea de esos años: dirigir el Plan Experimental Genético “Niña Bonita”, también al oeste de La Habana, un inmenso territorio que abarca varios municipios y más de treinta vaquerías. Dicen que llegó un buen día y le preguntó: “César ¿qué tu sabes de vacas?” Mi padre le respondió con la misma sinceridad de siempre: “Comandante, que tienen cuatro patas y dan leche”. “Es suficiente”, le dijo Fidel. Así, más con arrojo y fidelidad, que con conocimientos, se forjaban los primeros dirigentes de la economía revolucionaria. Pocos años después, mi padre se graduó en dirección de la economía.

De aquellos tiempos, por años setenta, cuando apenas veía a mi viejo en otro lugar que no fuese su trabajo, y mis hermanos y yo lo acusábamos en chiste de querer más a sus vacas que a nosotros, sólo me detengo en aquella mañana cuando me quedé a dormir en su casa. Nos levantamos todavía de noche, y Bibi, en lugar del café con leche, que sigue siendo para mí vital, me ofrecía sólo café, porque ellos no tenían leche en la casa. Por esa época, el Plan “Niña Bonita” producía miles y miles de litros de leche diarios.

Fidel iba prácticamente todas las semanas, los sábados en la tarde eran sus días preferidos. Llegaba y montaba al viejo en su yipi y salían a recorrer las vaquerías. Recuerdo que entonces los científicos cubanos andaban experimentando una nueva gramínea para alimentar el ganado vacuno. Recuerdo ver al Comandante y a mi padre arrodillados en un surco de tierra colorada, examinando aquellos retoños que apenas comenzaba a brotar de la tierra.

Me cuentan que otro día llegó Fidel a media tarde y le dijeron que el viejo estaba acostado en su oficina, porque se había pasado la noche y la mañana con un fuerte ataque de asma. “No lo despierten”, ordenó bajito el Comandante. Un par de días después, le hizo llegar a mi padre un medicamento que entonces lo ayudó muchísimo.

Un luchador hasta el final

Como director de aquellas dos importantes instituciones, mi padre estuvo al frente de muchas reuniones donde se otorgaron autos y viviendas a los mejores trabajadores y dirigentes de base. César Gómez jamás tuvo auto propio, y durante más de cuarenta años vivió en la casa que era de su esposa. Apenas si viajó al extranjero, y las pocas veces que lo hizo fue enviado unos pocos días a cumplir tareas concretas de la Revolución.

Pasó el tiempo, y el viejo fue enviado a ocupar responsabilidades de menor envergadura. Su último trabajo antes del retiro fue dirigir la Agencia Nacional de Giras Artísticas del Instituto Cubano de la Música, la institución que, como su nombre indica, garantizaba que los músicos pudieran viajar y hacer presentaciones por todo el país. Un único detalle: había comenzado el período especial, y el combustible se había reducido casi a cero.

Dicen que si la agencia no cerró, sus trabajadores no fueron “reubicados”, y los músicos no dejaron de moverse por el país, fue porque el viejo César, ya pasado los cincuenta años, se las arregló, primero en bicicleta, y luego en una moto-triciclo, para idear y hacer cumplir un sistema en el cual las provincias asumían el gasto del combustible para las giras de los artistas. Se trabajaba el doble, pero todavía hoy, quienes fueron sus compañeros en la agencia, y muchos músicos conocidos, siguen agradeciéndole aquellos años de esfuerzos y resultados, por el bien de de la cultura del pueblo.

Al retiro nunca se acostumbró y hasta que la salud lo acompañó siguió trabajando contratado como productor en disímiles eventos de la cultura cubana, como las ferias del libro, “Arte en La Rampa”, los Festivales internacionales de Teatro y otros. A veces ya no podía caminar bien,  escuchaba cada vez menos y la presión y el asma le sacaron varios sustos.

Con un tremendo esfuerzo iba a las reuniones y cumplía las tareas del núcleo del Partido de su comunidad, porque vivía orgulloso de su condición de comunista.

En los últimos años él y su esposa vivieron de sus exiguos retiros, y gracias a la ayuda que todos les ofrecíamos y que fluctuaba según anduvieran los bolsillos familiares. Jamás lo escuché quejarse. Eso sí, les exigimos que nos dijeran con tiempo sus mayores necesidades, para poder garantizarles el apoyo, sobre todo en los medicamentos vitales para el asma del viejo.

Cuando arreció la tensión económica familiar, conminé y casi obligué a los viejos a tomar una decisión tremenda: vender su carrito de toda la vida, el “monstrovich” ruso, que Bibi  ganó con su trabajo y que ambos compraron a plazo hacía más de tres décadas. Los vi llorar al despedirse de aquel pedazo de metal quejoso y gomas gastadas, que era un miembro más de la familia. Pero reconfortaba saber que con ese dinerito vivirían un poco mejor.

Una semana antes de que sus pulmones dejaran de funcionar, llevé a mi padre a un concierto del grupo Moncada, que dirige su hermano (mi tío) Jorge Gómez. El viejo se veía feliz. Bailó y cantó cerca del escenario. Se tomó un par de cervezas y se fumó otro cigarro escondido. Ciertamente, su mayor preocupación de los últimos tiempos era que Industriales volviese a ganar una serie.

Estuve a su lado hasta que lo llevaron a terapia intensiva, donde a los 79 años se apagó su vida. Dicen los médicos que su corazón luchó hasta el final.

No tuve tiempo de decírselo, pero estoy seguro que él sabía la profunda admiración que todos sentíamos por el ejemplo que nos había dado siempre, porque fue también él, durante muchos años, el excelente director de toda nuestra familia.

Hoy quiero publicar estas líneas. Es la única manera que tengo de llegar a los cientos las personas que nos han llamado, dejado recados, o escrito para trasmitirnos condolencias y agradecimientos por lo que César hizo por ellos. Y a muchas otras que posiblemente aún no se han enterado de que su director sigue siendo hoy más ejemplo que nunca.