
Lars Stindl celebra el gol con sus compañeros. Foto: Kai Pfaffenbach/ Reuters.
A veces uno no sabe cuándo termina realmente el himno de Chile. La música acaba. Los jugadores siguen cantando. Alguna parte del público los secunda. No comienza el de Alemania. Se escucha un grito de Vidal. Finaliza el cántico. El himno de Chile debería terminar siempre, dondequiera que se entone, con un aullido de Arturo Vidal.
Después, Pizzi saldrá con un 4-3-3. Pedirá que envíen balones aéreos hacia el territorio de los defensores alemanes: Mustafi (1,84 m), Ginter (1,87) y Rüdiger (1,91), para que los conecten hacia el arco Alexis (1,69) o Vargas (1,75). Hay demasiados germanos por el centro y Sebastian Rudy hará de Emre Can (en el banco) y de Goretzka, para que Goretzka haga de Stindl cuando Stindl haga de Draxler, que es, después de todo, lo más difícil. Es lo que tiene el 3-4-2-1. La falaz anarquía ofensiva, las novedades irrepetibles, el caos perfecto. Marcelo Díaz luego se irá del partido sin saber nunca cuáles futbolistas llegarían hasta su zona de marcaje. El resto, o sea, Vidal y el resto, no han entendido del todo el partido. Los narradores de Televisa Deportes ven mejor a Chile. Tienen más el balón. Los jugadores chilenos, lógico (64% - 36% llegaron a ser los tiempos de posesión en algunos trances del encuentro). Pero sudan más. Los alemanes apenas sudan y la cancha –dicen- vibra. No vibra como el Maracaná. No vibra como la Bombonera. No vibra como el viejo estadio de Wembley en el tributo a Freddie Mercury. Vibra por un tema tecnológico. Por una cuestión de moda.
Los alemanes ocupan mejor los espacios. De eso debiera tratarse, básicamente, todo. Los narradores de Televisa Deportes aún no han dicho que Chile merece ganar el partido. Seguramente lo piensan. Seguramente lo seguirán creyendo después del final. La roja es, a veces, una selección comercial; vistosa, poco innovadora, con criterios cuasi-predecibles. A veces se conocen con antelación los movimientos de Alexis, los piques de Beausejour e Isla, las salidas de Marcelo Díaz o Jara… El único que rompe con el pseudo-thriller chileno es Vidal, porque tiene la suerte de no pertenecer a algo en específico, sino a todo, que es, al final, menos lucrativo. El volante mixto viene con esa marca identitaria que en ocasiones conduce al desdén.
Esta Alemania es más lyncheana. Debe ser una selección poco viable. Vive de la experimentación y eso es sospechoso. Y molesta. Y a pesar de todo, aniquila. Del mediocampo en adelante, la Mannschaft tiene del Lynch que acaba de descubrir la tecnología digital y rueda varias escenas, a priori, sin una relación vinculante; es el Lynch de Inland Empire. Del centro de la cancha hacia la defensa, todo vuelve a rozar la normalidad: tres tipos (cinco, siete, hasta diez) a los que no les interesa ser entendidos por nadie.
Al minuto 21, Timo Werner le roba un balón a Marcelo Díaz y se queda solo contra Bravo, que sale a achicar. Werner se frena. Lo ilógico en la Alemania lyncheana es que defina hacia un costado. Lo lógico es que ceda el balón a Stindl. Lo único raro es que Stindl, para mandarla adentro con la portería vacía, no se acueste sobre el césped, en posición de hacer planchas, para empujarla con la cabeza.