“Papá, murió Fidel”. La noticia telefónica me sacó de la cama como a cualquier cubano digno. Nadie me pidió estas líneas bien difíciles de escribir. El dolor y el honor, el Fidel que conocí y conozco, el Comandante invicto e imperfecto, el de frases eternas y consejos multiplicados, el revolucionario más grande de esta Isla en el siglo XX merece mucho más que una muerte física. Merece la gloria.
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