
Foto: Ricardo López Hevia/Cubadebate
Desde mi limitada posición de “quedado especial”, obligado a ver los juegos por la radio, es bien poco lo que puedo decir sobre el primer partido del tope Cuba-USA. Pero tengo –para bien o para mal, tengo– el deber profesional de escribir algo.
Para muchos, lo que se avecinaba era el clásico (por bíblico) duelo de David contra Goliat. Y paradójicamente, en ese duelo daba la impresión de que nosotros éramos el gigante filisteo, incontenible y poderoso, y que a los norteamericanos les correspondía el rol del pastor inocente y vulnerable.
Pero aquella ilusión de sonar como el Gran Combo se deshizo como el agua en el agua. En once capítulos de brega, los cubanos tuvieron una ingesta de ponches, y para colmo solo conectaron cinco hits ante un pitcheo que hace poco sacudieron los universitarios japoneses. Lo que pasa es que, se sabe, la pelota no funciona por carácter transitivo.
Que los estadounidenses no se toman el tope como cuestión de vida o muerte, quedó claro temprano. Abrieron con su carta monticular de lujo, Carlos Rodon, y el zurdo les caminó sobrado a lo largo de un tercio de partido. Pero entonces lo reemplazaron en el box con la intención de que otros pitchers trabajaran, evidenciando que, más que ganar un desafío, para ellos lo importante es sacarle dividendos deportivos al encuentro.
Se trata de una escuadra que carece del caudal atacante de aquella de Tino Martínez, Robin Ventura y compañía. Por ende, el mentor Schlossnagle le carga la mano al juego rápido, y con ese puñal nos pintó una cicatriz en la tercera entrada.
Ya decía en esta página que los norteños robaron en cinco de seis oportunidades contra los nipones. Y anoche, cuando los partidarios del toque de bola vislumbraban la posibilidad del sacrificio con el noveno bate, los dueños de casa optaron por una acción más agresiva y estadísticamente provechosa: Matt Chapman salió rumbo a la intermedia, Lázaro Herrera tiró mal, y el corredor ancló en tercera para anotar después con elevado a los jardines.
(De antemano se sabe que Cuba viajó a Estados Unidos con una dupla de receptores de escasa eficacia en misiones defensivas. Eso, conjugado con la pasión del adversario por el robo de bases, se erige como un pésimo presagio de cara a los próximos choques).
Derivada de la mejor opción táctica del béisbol, la carrera pesó toneladas, hasta el punto de que amenazó con ser definitoria. Sin embargo, los criollos lograron empatar en el noveno, con dos outs, a costa de los envíos de un viejo conocido del Mundial de Cadetes 2010, Ryan Burr.
Así, abrazados a una anotación por bando, los equipos se fueron a extrainning bajo el arbitrio de la Regla Schiller. Inesperadamente, Cuba recibió dos ceros sucesivos -Andy Sarduy sustituyó a Yulieski para tocar la bola y no acertó-, los locales marcaron en el undécimo episodio frente a Noelvis Entenza, y Des Moines aplaudió la valía de sus muchachos.
David era, otra vez, el verdugo de Goliat.
Positivo: Las tres grandes revelaciones del team Cuba en 2013 tuvieron protagonismo: Yasmani Tomás, de 4-2 con un boleto; José Miguel Fernández, autor del sencillo del empate; y Raicel Iglesias, dominante y sin complejos. Negativo: Los dos boletos de Diosdany Castillo en funciones de relevo. Preocupante: Por favor, no repitamos otra vez la mentira: este elenco de Estados Unidos NO tiene oficio. No apelemos más a la dichosa palabrita para valorar sus cualidades. Es absurdo pensar que un pelotero de veinte años goce de suficiente ‘carretera’ en los diamantes. Incomprensible: El tercer bate, llámese como se llame, es tercero porque está considerado el mejor bateador del equipo. Luego, a menos que exista una indisposición física o mental, es irreemplazable.