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Periodismo basura: CiberCuba monetiza el dolor de los niños cubanos

Imágenes publicadas por Cibercuba. Se han difuminado los rostros de los niños para no hacernos eco de la propaganda de este libelo. Por eso no hemos replicado sus titulares e imágenes, que pueden encontrarse fácilmente en Google.

El diario digital CiberCuba, que describe la realidad nacional cubana desde Miami y Madrid, ha dejado una huella reconocible en la red: una sucesión de titulares donde la infancia aparece una y otra vez como tragedia, escándalo, carencia o munición política.

Hemos descargado de las búsquedas de Google toda la información y las imágenes generadas por este medio donde aparece la palabra clave "niña/niño" y sus derivados. En esa secuencia aparece un patrón verbal ideologizado se acompaña de fotografías donde aparecen rostros, cuerpos o escenas identificables de niños, niñas y adolescentes en situaciones de enfermedad, duelo, desaparición, pobreza, abandono o conflicto.

Es ahí donde el problema deja de ser únicamente periodístico para convertirse en una cuestión jurídica y ética de primer orden: la exposición reiterada de menores en situación de vulnerabilidad y sufrimiento no solo entra en abierta colisión con la legislación cubana vigente sobre honor, intimidad, identidad, voz y propia imagen, sino que constituye además una vulneración de estándares internacionales de protección de la infancia y de cualquier noción mínima de decencia en el tratamiento mediático de los niños y adolescentes.

Este nuevo estudio del Observatorio de Medios de Cubadebate sostiene que CiberCuba no solo explota discursivamente a la infancia como recurso narrativo de alto impacto, sino que, a la luz de las normas cubanas hoy vigentes, ofrece indicios sólidos de una práctica que puede constituir violación del derecho a la imagen y a la dignidad de niños, niñas y adolescentes.

Esa conclusión no sustituye una sentencia judicial caso por caso, pero sí permite afirmar que la línea editorial observada choca con el estándar de protección reforzada que el ordenamiento cubano exige.

La ley es clara: la infancia no puede ser tratada como mercancía visual

El Código de las Familias, Ley 156/2022, reconoce expresamente el derecho de niñas, niños y adolescentes al “honor, la intimidad y la propia imagen” y, además, impone deberes concretos para evitar la exposición de su intimidad en medios digitales sin atender a su consentimiento y a su autonomía progresiva. La norma parte de una idea básica: la imagen del menor no pertenece al mercado mediático ni al arbitrio de terceros; forma parte de su esfera de dignidad y personalidad.

Ese estándar fue ampliado por el Código de la niñez, adolescencias y juventudes, Ley 178/2025, que derogó la antigua Ley 16/1978 y dio un salto cualitativo en protección. La nueva norma reconoce de forma expresa el derecho de niñas, niños y adolescentes al honor, a la intimidad personal y familiar, a la propia imagen y a la voz. También establece que la divulgación ilícita de información, imágenes, datos personales o referencias que permitan su identificación en medios de comunicación o redes sociales constituye una conducta violatoria de sus derechos, incluso cuando exista consentimiento si esa exposición lesiona su dignidad, intimidad, identidad o interés superior.

La ley también obliga a los medios a no difundir imagen, voz o datos personales cuando ello ponga en riesgo la vida, integridad, dignidad o intimidad del menor, aun si las imágenes han sido difuminadas o alteradas. Dicho sin rodeos: el marco legal cubano no protege solo contra la foto “sin permiso”. Protege contra la exposición mediática que convierte a menores en espectáculo, en material emocionalmente explotable. Ese es precisamente el terreno en que se mueve buena parte del corpus de CiberCuba examinado aquí.

Un patrón recurrente: la infancia como víctima, prueba y carnada emocional

En los artículos referenciados por Google, la infancia rara vez aparece como sujeto con voz propia. Se utiliza, sobre todo, como objeto narrativo. En todos estos casos hay un elemento transversal que no puede obviarse: la presencia sistemática de imágenes de menores en situaciones de vulnerabilidad o directamente cosificados.

Ya sea desde el dolor, la carencia, la ternura o la instrumentalización política, el cuerpo del niño se convierte en soporte visual del mensaje. La imagen no acompaña el relato: lo intensifica, lo legitima y lo convierte en producto consumible, muchas veces sin garantías de consentimiento, protección o respeto a su dignidad.

Figura 1: Patrones. Fuente: Observatorio de Medios de Cubadebate

El primer gran patrón es el de la infancia-víctima: “Niño, víctima de abuso escolar...”, “Aparece sano y salvo el niño autista...”, “Muere niña de un año en Santiago de...”, “Niño en estado grave necesita donación...”, “Niño de dos años desaparece en...”, “Tras meses de abandono y abusos, bebé...”, “Rescatan a dos niños abandonados por...”, “Desfiguran la cara a un bebé en una...”. El menor es presentado como cuerpo dañado, cuerpo en peligro o cuerpo necesitado de rescate.

El segundo patrón es el de la infancia como emblema de la crisis nacional, sin aportar contexto. Ahí encajan titulares como “Solo están comiendo arroz”, “Niño cubano recorre hasta seis kilómetros...”, “Encuentran a un niño comiendo de la basura...”, “Impactan imágenes de niños durmiendo...”, “Régimen ‘recoge’ niños que dormían en...”, “Gobierno pide a los niños donar parte...”.

En estas piezas el niño no es solo protagonista de un hecho: se convierte en evidencia moral de un país roto. La infancia es usada como termómetro político del deterioro social, sin mencionar al bloqueo estadounidense que condiciona estructuralmente la economía, restringe el acceso a recursos básicos y agrava las condiciones materiales de vida en la Isla.

El tercer patrón es el de la infancia emotiva y viralizable: “Niño cubano vuelve a enamorar las redes...”, “Niño cubano enternece a las redes...”, “Niño de tres años enamora a Yotuel...”, “La tierna respuesta de esta niña...”, “Niño cubano arrasa con un baile en la...”.  Aquí el sufrimiento cede espacio al sentimentalismo edulcorado y prefabricado, pero la lógica es la misma: el menor es presentado como disparador afectivo, como contenido pensado para circular.

Y un cuarto patrón sobresale por su carga ideológica: la infancia instrumentalizada políticamente. Títulos como “Los CDR hacen propaganda con un niño”, “Régimen cubano usa niños para recrear...”, “Régimen cubano tacha de ‘manipulación...’” o “Gobierno cubano confirma que niños...” inscriben a los menores en una narrativa de confrontación política. Aquí el niño deja de ser solo víctima y pasa a ser argumento.

El encuadre: no informar sobre niños, sino informar a través de ellos

La operación de CiberCuba no consiste simplemente en cubrir noticias sobre infancia. Consiste en encuadrar la realidad cubana a través del cuerpo infantil. La selección misma de titulares sugiere una regla editorial: cuando el supuesto daño gubernamental puede ser narrado con un niño en el centro, el impacto se multiplica y la carga acusatoria se intensifica.

Figura 2: Estrategias discursivas. Fuente: Observatorio de Medios de Cubadebate

No se trata solo de informar, sino de construir un relato orientado a la criminalización del gobierno cubano mediante la instrumentalización simbólica de la infancia. Un adulto pobre denuncia un problema; un niño pobre lo vuelve insoportable. Un hospital colapsado es noticia; un niño enfermo sin tratamiento es escándalo moral. Una política oficial puede generar rechazo; un niño usado como símbolo la convierte en afrenta ética inmediata.

Ese encuadre tiene consecuencias. Al convertir sistemáticamente a niños, niñas y adolescentes en soporte preferente del relato nacional, el medio desplaza el foco desde los procesos estructurales hacia la carga emocional del caso. El problema deja de ser solo la pobreza, la falta de medicamentos, la negligencia institucional o la manipulación política. El problema se vuelve la imagen del niño que padece esas condiciones. Y cuando la imagen se vuelve centro, la frontera entre denuncia y explotación comienza a borrarse.

Hay una primera estrategia evidente: el sensacionalismo léxico. Palabras como “conmoción”, “impactan”, “urgente”, “desesperada”, “tragedia”, “dolor”, “profundo pesar”, “desgarradora” o “estremecedores” no organizan una narración serena; buscan predisponer al lector a una reacción emocional intensa antes de entrar al contenido. El titular no orienta: golpea.

La segunda estrategia es la victimización individualizada. CiberCuba trabaja con el caso particular, con la historia singular, con el nombre implícito o la identidad suficiente para volver reconocible al menor: “niño de Las Tunas”, “niña cubana Ashlin”, “niño autista”, “niña desaparecida”, “niño en estado grave”. Ese recurso acerca y humaniza, sí, pero también personaliza el sufrimiento hasta volverlo un producto narrativo de alto rendimiento.

La tercera estrategia es la espectacularización del dolor. No basta con informar que un hecho ocurrió. Hay que mostrarlo como escena. “Impactan imágenes de niños durmiendo...”, “Conmoción por repentina muerte de un...”, “Salen a la luz detalles estremecedores...”, “Desfiguran la cara a un bebé...” son fórmulas que convierten el daño en espectáculo consumible. La niñez herida deja de ser solo sujeto de protección y pasa a ser material para el shock informativo.

La cuarta es la instrumentalización política. En varios casos, la publicación no se limita a exponer un problema; lo codifica de entrada en clave ideológica mediante etiquetas como “régimen”, “propaganda”, “manipulación”. Esto no invalida que pueda existir una crítica legítima al Estado cubano. Lo problemático es que esa crítica se apoya repetidamente en la exposición de menores, como si la infancia fuese el vehículo más eficaz para producir condena política.

El plano verbal y el visual: una maquinaria de refuerzo mutuo

Los artículos referenciados no muestran una tensión entre texto e imagen. Muestran, más bien, una alianza. Los titulares activan el marco emocional y las imágenes lo sellan. Donde el texto dice desaparición, la imagen muestra rostro. Donde el texto dice enfermedad, la imagen exhibe cama, vendaje, hospital y cuerpo visible. Donde el titular habla de abandono, pobreza o tragedia, la imagen fija el sufrimiento en una escena concreta.

Figura 3: Vulneración de la ley. Fuente: Observatorio de Medios de Cubadebate

En las páginas capturadas, el rostro infantil aparece como recurso de anclaje afectivo de casi toda la narrativa. Ese acoplamiento entre lo verbal y lo visual es central para entender la violación legal. La legislación cubana vigente no solo protege al menor frente a la publicación de su nombre.  Protege su imagen, su voz, sus datos y cualquier referencia que permita identificarlo o comprometa su dignidad.

Cuando el titular convierte al niño en tragedia y la foto lo vuelve reconocible, la lesión no es abstracta: es material, visible y reproducible. Incluso en casos donde el medio podría alegar interés público, el estándar legal exige ponderar la protección de la dignidad y el interés superior del menor. Y lo que sugieren las imágenes es que en CiberCuba esa ponderación ha sido sustituida por la búsqueda de impacto.

La lógica no parece ser “cómo informar sin exponer”, sino “cómo exponer para que la información golpee más”. Ejemplos que revelan la violación: Un primer grupo de ejemplos corresponde a publicaciones sobre desaparición, muerte y violencia, como

Esos artículos van acompañados de imágenes identificables del menor o de signos singulares de reconocimiento, por lo que el medio se sitúa en una zona de vulneración directa del derecho a la imagen, la intimidad y la identidad.

Un segundo grupo lo forman las piezas sobre enfermedad y tratamientos médicos:

La exposición pública de la situación médica de un menor, acompañada de su imagen, no puede justificarse sin más por la apelación a la solidaridad. La ley cubana actual protege también los datos personales y el derecho a no ser convertido en objeto de exhibición por su vulnerabilidad. Un tercer grupo corresponde a la pobreza y degradación social visualizadas:

Aquí el riesgo jurídico y ético es todavía más nítido: el menor es mostrado como emblema de miseria. No se protege su dignidad; se la usa para hacer visible un drama colectivo. La denuncia del hecho podría ser legítima. La exposición reconocible del menor, no.

Y hay una paradoja particularmente reveladora en los titulares de uso político: “Los CDR hacen propaganda con un niño” y “Régimen cubano usa niños para recrear...”. Si un medio denuncia que otros instrumentalizan a la infancia, pero para hacerlo reproduce o explota la imagen del menor involucrado, incurre en la misma lógica que dice condenar. La infancia vuelve a ser usada, ahora bajo la coartada de la denuncia.

Conclusiones

CiberCuba se presenta en estos materiales como un medio que busca "desmontar el relato oficial sobre Cuba". Pero la forma elegida para hacerlo revela algo más profundo: la infancia funciona como una plataforma de legitimación ideológica.

Cada niño supuestamente enfermo, hambriento, maltratado por su familia o exhibido en la pobreza se convierte en prueba viva de una tesis política previa: que el orden social cubano ha fracasado moralmente.

El problema no es la crítica. El problema es que en CiberCuba, la crítica parece descansar en la sobrerrepresentación del sufrimiento infantil y en la rentabilidad emocional de su exhibición.

La infancia no entra al relato como sujeto de derechos, sino como soporte de persuasión y manipulación política, que convierte a los más vulnerables en insumo visual para su propia agenda.

Lo que revelan los materiales aportados es una matriz editorial consistente. CiberCuba nombra a la infancia desde el daño o el escándalo; la encuadra como prueba moral de la crisis; la acompaña con imágenes que refuerzan la exposición emocional; y la inserta en un relato ideológico donde el menor funciona como detonador de indignación. No estamos ante un desliz ocasional, sino ante una forma de producir discurso.

Desde el punto de vista jurídico, esa narrativa entra en colisión con el Código de las Familias y con el Código de la niñez, adolescencias y juventudes, que reconocen el derecho de niñas, niños y adolescentes al honor, la intimidad, la propia imagen, la voz y la protección frente a la divulgación de datos e imágenes lesivas o identificables.

El estándar vigente en Cuba no autoriza el uso mediático de menores vulnerables como espectáculo visual, ni siquiera cuando se invoquen fines noticiosos, emocionales o de denuncia. Por eso la conclusión es clara: los materiales examinados permiten sostener que CiberCuba desarrolla una práctica de exposición de niños, niñas, adolescentes y jóvenes vulnerables que resulta incompatible con la legislación cubana vigente y con una ética periodística centrada en la protección de la infancia.

El llamado “periodismo” de CiberCuba no informa: explota. Convierte el dolor de los niños cubanos en mercancía narrativa, en tráfico de clics y en capital simbólico para sostener una agenda política. No hay aquí vocación de servicio público ni compromiso con la verdad, sino una economía del impacto donde la infancia se reduce a recurso visual y emocional.

Cuando el sufrimiento infantil se monetiza, el periodismo degenera en basura: deja de cumplir su función social y pasa a operar como dispositivo de manipulación, donde el dolor ajeno se vende y la dignidad se sacrifica en nombre de la rentabilidad y la propaganda.


Figura 4: Corpus estudiado. Fuente: Observatorio de Medios de Cubadebate.

Nota metodológica

El análisis se basó en una captura de resultados de Google para la búsqueda site:cibercuba.com niños OR niño OR niña, correspondiente a un período de 12 meses (1 de abril de 2025-1 de abril de 2026), complementada con capturas visuales de publicaciones donde aparecen menores de edad.

A partir de ese material se realizó, primero, un conteo bruto de las referencias devueltas por Google; después, una depuración manual para excluir duplicados, páginas índice, etiquetas temáticas y falsas coincidencias —por ejemplo, entradas vinculadas a nombres artísticos como Seidy La Niña o a contenidos no relacionados realmente con infancia y adolescencia—.

Con ese procedimiento se distinguieron tres niveles del corpus: resultados totales referenciados por Google, piezas únicas y piezas periodísticas efectivamente relacionadas con niños, niñas, adolescentes o jóvenes. Sobre ese corpus depurado se aplicó un análisis cualitativo del discurso, atendiendo a patrones de nombramiento, encuadre, estrategias retóricas, relación entre texto e imagen y posibles vulneraciones del marco jurídico cubano de protección de la imagen, la dignidad y la identidad de menores.

Dado que la muestra proviene de resultados indexados por Google y no del archivo íntegro del medio, los hallazgos permiten identificar tendencias editoriales consistentes, aunque no equivalen por sí solos a una auditoría exhaustiva de la totalidad de contenidos publicados por CiberCuba.

Google referenció 335 resultados de CiberCuba asociados a búsquedas sobre ‘niño/niña/niños’; tras depurar duplicados y falsas coincidencias, el corpus útil quedó en alrededor de 271 piezas