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“Isabela” busca un sol que demora en salir

Publicado el 03 octubre 2017 en Noticias,Sociedad
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Isabela de Sagua, veinte días después del huracán Irma. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate.

Isabela de Sagua, veinte días después del huracán Irma. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate.

Nada más doloroso que aquella mañana. Los colchones escurrían sal y desidia a pie de calle, en los muros, en un banco del parque. A escobazos Mariló sacaba agua de su casa y Carmen, con una fuerza violenta, enderezaba clavos junto al único horcón que “Irma” les dejó.

“Aquí llueve todos los días y el tormento no acaba. ¿Acaso el ciclón ya se fue?”, preguntaban. Cuán egoísta fue mi pensamiento camino a Isabela de Sagua cuando daba gracias por el cielo tan nublado que nos amparaba.

Veinte días después del paso del “huracán del siglo” por la península, llegué con Ismael al poblado pesquero, única salida al mar de Sagua la Grande, municipio villaclareño. Allí creí encontrar el rastro de “Irma” y no sus ráfagas, imaginé que sus huellas estarían en el alma y no por doquier. Erré el tiro.

Atravesamos Isabela, esquivando los escombros que aún pululan en sus calles, para entrar por La Punta, donde el pueblo nace a flor de agua. Mientras tres señoras acopiaban —cubo a cubo— el agua necesaria para tomar y cocinar, el conductor del tractor gritaba: “Por favor, lo más pronto posible que el pueblo está seco”.

María Caridad Trejo Monzón tiene 72 años y está “desquiciada” porque su hijo “vaga desde que pasó el desastre”. Dice que busca las cosas que se perdieron. “Mi niña, el mar acabó con ‘tó’, la ropa, los colchones, la casa. Solo tenemos dos planchas de fibro y el caballete. Esto ha sido tremendo”, asegura la señora que anda sin consuelo de un lado a otro.

Cuentan los pescadores que ni en 1933 el agua llegó a la Salina, a casi dos kilómetros de la costa. “La marea atravesó Isabela de lado a lado, nadie podía imaginárselo, nos confiamos mucho”, reconoce Rubén Toledo Sariol, testigo de cuatro huracanes —Kate, Michelle, Lily e Irma—.

Los isabelinos aún no entienden cómo el huracán categoría 5, que los azotó el 9 de septiembre de 2017,  pudo ser tan violento. Y es que este puerto fue abrazado por las paredes de “un ojo muy poderoso, que no tocó tierra aquí, pero pasó muy cerca” —apunta Rubén—. El Comandante en Jefe siempre anunció el cambio climático y aquí lo tenemos”, les dice a los vecinos que se han sumado a nuestra conversación.

Al escuchar el revuelo, Isabel sale desesperada del fondo de una vivienda que se redujo a un cuarto y a una cocina, porque del resto solo quedó el piso sepultado por arena y cascajos. “Vayan a ver a mi mamá en Marina 1009, tiene los pies muy inflamados. Está durmiendo en un sillón, porque mi sobrina es esquizofrénica y no quiere que la vieja duerma con ella en el único colchón que se salvó. Dicen que hoy comenzaron a dar nuevos, pero para los derrumbes totales y el caso de mi mamá es parcial”, comentó la hija de Dignora. Al llegar al umbral de su casa, la anciana nos miró y dijo: “¿Me van a ayudar con mi casita?”.

Isabela de Sagua, veinte días después del huracán Irma. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate.

Dignora, en Marina 1009, Isabela de Sagua. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate.

 “Isabela”, ¿desesperada?

En una bahía bastante extensa nace el puerto que tanta gloria y pesar le ha traído a Isabela. El de los barcos mercantes y las salidas ilegales, el punto donde el Río Sagua vacía sus bondades y se hace inmenso. Un puerto y un río coronan a la otrora “Venecia caribeña”, bendiciones de otros tiempos que el huracán Irma convirtió en una avalancha de lodo y agua salada.

En la mañana del jueves 7 de septiembre, los isabelinos dejaron desierta la villa. Del poblado viejo salió todo el mundo. Unos fueron para la Nueva Isabela —936 personas se refugiaron en casa de familiares y amigos—, el resto se cobijó en el centro de evacuación de Sagua la Grande.

“El pueblo conoce cuando la situación es grave y aquí no quedó nadie, el resultado es que no se arañó nadie, ni un solo herido, lo que nadie cargó con las cosas”, dice Toledo Sariol.

María Dolores Santos Morejón, ‘Mariló’, perdió la computadora, un aire acondicionado, los ventiladores, el televisor, la lavadora, “por suerte el refrigerador arrancó, pero lo que más me duele es el librero, con mis tesoros de toda la vida”, cuenta la maestra jubilada.

“Nosotros sí queríamos sacar nuestras pertenencias, pero en los 14 camiones que habían en el parque no cabían las de toda la población. Además, ¿para dónde las íbamos a llevar? Yo estaba  en un apartamento de dos cuartos junto a otras 15 personas, ahí no cabía ni un lápiz. Habilitaron un almacén de acopio y también perdió el techo”, explica María Dolores.

“Cuando entramos después del ciclón, el lunes 11, apartábamos los televisores, las lavadoras, los colchones…, para poder pasar. La marea sacó todos los equipos de las casas. Los dejamos encima de las mesas pero fue por gusto. Hay mucha gente afectada”, describe Rodrigo Oscar.

“Donde más daño hizo en Cuba fue aquí, mi santita. Mira el desastre. El técnico de la vivienda vino y midió, pero ya no sé cuántas planillas han hecho. Ahora voy a buscar la mía. Se están haciendo muchas cosas buenas, pero otras muy injustas y eso no me gusta”, dice Leida Canal Romero.

Toledo Sariol, el pescador deportivo que solo pudo salvar su ropa de salir anda impecable en días de mugre y basura por todas partes: “Hicieron un levantamiento y luego otro, pero los materiales no llegan a la gente. Vayan a Guardafronteras para que vean las planchas de fribrocen. No las acaban de repartir, hay mucha demora. Hace 72 horas que no para de llover, nos estamos mojando y hay que esperar por la lista”.

Isabela de Sagua, veinte días después del huracán Irma. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate.

Mario Fidel Morales Herrada, presidente del Consejo de Defensa de Isabela de Sagua. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate.

El puesto de dirección, al pie de los muelles maltrechos por el tiempo, estaba rodeado de decenas de mujeres. Allí, en medio de los montoncitos de planillas —que guardan la esperanza de tantos—  estaba Mario Fidel Morales Herrada, presidente del Consejo de Defensa de la Zona 050307 de Isabela de Sagua.

“La afectación fue fuerte en el poblado, principalmente en los techos, prácticamente desaparecieron de la faz de la tierra un grupo de viviendas. El Consejo tiene 664 casas, de ellas, 178 sufrieron derrumbes totales, 130 parciales, 76 perdieron el techo completo y 236 parcialmente. El 90 por ciento sufrió alguna afectación”, declaró Fidel Morales.

“Primeramente estamos trabajando con los casos sociales que nos llegan y con los derrumbes totales. Como ven hay un asedio total al puesto de dirección, porque hay personas que quieren rectificar la planilla, pero este es un proceso lento porque no puede fallar, porque uno tiene que tener bien claro lo que está haciendo, lo que estás dando”, aseguró el presidente.

‘Fidelito’, como lo conocen en el pueblo, explicó que “hay personas que se ponen nerviosas, pero realmente tenemos que hacer un proceso lento. Ya los compañeros de la dirección municipal nos autorizaron hoy a empezar a dar materiales. Ya hemos dado un nivel de colchones.

—¿Cuándo me habla de un nivel, a qué cantidad se refiere?

—Aproximadamente 36 colchones, a las personas que perdieron totalmente la vivienda, porque no tienen que pagarlo y nos fue más fácil.

—¿Cómo se asignan los colchones?

—Si hay un matrimonio con dos niños, se le da un camero y dos personales. No es por reposición, es por lo que la Zona ve. Hay personas que nos han planteado que tienen cuatro o cinco colchones que se le han mojado, pero este trabajo no es por reposición, sino por afectación de la vivienda para que puedan seguir su vida normal.

—Y el resto de los que perdieron sus colchones.

—Serán bonificados al 50 por ciento, pagarán 950 pesos por los colchones cameros y 325 por los personales.

—¿Y el que no tiene 950 pesos para un colchón?

—Tiene la posibilidad de pagarlo a crédito, no en cinco años, sino en 15. Imagínate el que tenga que pagar 300 pesos en 15 años.

Isabela de Sagua, veinte días después del huracán Irma. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate.

Mariló, una maestra de toda la vida amanece cada día con las botas de agua puestas. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate.

María Dolores le arrancó el fango a sus paredes a cepillo limpio pero no quiere hablar, “para no hablar”. Pero no se aguanta más: “Estoy de acuerdo con que se prioricen los derrumbes totales, pero aquí todos perdimos los colchones. La mayoría de los isabelinos estamos durmiendo en tablones. Cada lugar tiene sus particularidades y cada familia es un caso, independientemente de si lo perdió todo o solo una parte”, dice.

Alguien pasa camino a Las Carboneras y le grita, cuéntale la historia de tu niño. Ella responde: “No quiero hablar nada personal, todo en aras del colectivo”. Ismael enfoca en dirección a la acera, debajo de una manta roja, donde un coche y una silla de ruedas esperan a un sol que no sale.

Agilizar las manos

Isabela de Sagua, veinte días después del huracán Irma. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate.

Isabela de Sagua, veinte días después del huracán Irma. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate.

“Irma” se paseó a sus anchas por la costa norte del archipiélago, muchos son los territorios que están afectados y el Estado cubano ha descentralizado los recursos para resarcir los daños, los ha puesto en manos de los dirigentes de cada sitio afectado. Y la responsabilidad de hacerlos llegar al pueblo no es de una persona sino un grupo de trabajo, del municipio y la provincia. Pero una firma no debe impedir que lleguen con la inmediatez que la gente lo necesita.

Las manos de quienes permanecen más de 15 horas en un pequeño local, hacinados y atendiendo a decenas de personas a la vez, entregaron cocinas, agua y comida gratuita en las primeras semanas, agilizaron la venta de papa, arroz y galletas en la bodega. Pero también deben analizar cada situación familiar por separado, porque en este escenario las reglas se construyen de un surtido de excepciones. Tienen que agilizar la asignación de las planchas de fibrocen que esperan en un almacén mientras el vecino se está mojando.

“Isabela necesita una ofensiva rápido, no damos abasto por mucho que haga Fidelito, quien tiene su casa también afectada. En los primeros días se recogió la basura, pero esto no se acaba. Todavía queda mucho escombro pesado que no se saca a palas. Cada vez que alguien empieza a levantar su casita, porque el isabelino es emprendedor, saca escombros y hay que recogerlos. Necesitamos ayuda, mucha ayuda”, reclama la maestra.

Yunior Resino Ruiz, maestro en formación del preuniversitario de Sagua, anda con una fila interminable de estudiantes recorriendo las calles del poblado. “Los muchachos vinieron a ayudar a sus compañeros de estudio afectados por el embate de ‘Irma’ y a dar una mano en la recuperación, pero los mismos pobladores no lo creyeron saludable, porque temen que se enfermen, dicen que todavía hay mucha basura en las calles y se puede desatar una epidemia”, cuenta el joven en el portal de Mariló.

El presidente de la Zona de Defensa cuenta en ráfaga — están colapsados de tanto trabajo— que una brigada de campesinos de Camajuaní estuvo cooperando, que Etecsa está concluyendo su trabajo y que los eléctricos de Cienfuegos “lo hicieron muy bien, solo queda sin electricidad la Nueva Isabela, imagínate que no quedó un poste en pie y ellos los levantaron a la velocidad de la luz”.

“Todavía nos queda pendiente la limpieza, porque la gente —como están trabajando en los techos— sigue sacando basura, la carretera central la hemos limpiado seis veces y está llena”, afirma Fidel Morales.

Una pregunta en medio de la desesperación

Isabela de Sagua, veinte días después del huracán Irma. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate.

¿Irse o no irse?, es la pregunta que por estos días se hacen y le hacen a los isabelinos. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate.

Este poblado villaclareño se divide en dos comunidades: Isabela, “la vieja”, y la Nueva Isabela. A raíz de los estragos del huracán Kate en 1985, el Comandante en Jefe Fidel Castro indicó hacer viviendas alejadas de la costa para todo aquel que había perdido su casa. Así nació, a 12 kilómetros del mar, un asentamiento donde viven 882 personas, en orillas del Atlántico aún quedan 2 mil 167.

“Está demasiado lejos, un pescador siempre regresa al mar, lo necesita”, dice Elbio tocándose el pecho. Este señor vive con su hijo a dos metros del litoral y dice que de allí no se va, que levantará su casita cuantas veces sean necesarias.

“Pues yo sí me voy, se lo dije a Lazo, le pedí que nos hicieran un pueblo lindo, como el que nos merecemos, porque el país está gastando el doble, levanta nuestras casas y luego viene otro desastre y se las lleva. Lo que es del mar al mar vuelve, aunque la mía es de madera y no se la llevó porque mi abuela la construyó antes del ’59 y dejó cinco africanos enterrados ahí, yo sí me voy”, reitera Leida Canal.

Las tablas que forman las paredes del hogar de Leida están unidas por puro milagro, a través de ellas entra toda la luz que necesita, porque dice que “hay otros que no tienen dónde meterse ni dónde dormir y su familia sí”. Pero que si pudiera construyera más allá de las olas. “En esta época se vive en un sobresalto, ya me cansé”, aseguró.

¿Irse o no irse?, es la pregunta que por estos días se hacen y le hacen a los isabelinos, una interrogante no tan fácil de responder. La experiencia de la Nueva Isabela no salió bien, el sitio escogido está demasiado lejos de la costa; fue una excelente idea, pero mal ejecutada. El asentamiento está en medio de la nada e inacabado, lo que iba a ser la escuela es hoy un esqueleto de concreto sin vida.

Los isabelinos que lo perdieron todo y no quieren irse para la Nueva Isabela temen que los funcionarios declaren su casa como derrumbe total para que no los reubiquen. Sin embargo, la mayoría de los que entrevistamos alegan tener las maletas listas.

“Se está haciendo un trabajo de ubicar las nuevas construcciones en lugares que no sean afectados por el mar, porque esta vez la marea fue la que arrasó, rompió todos los récords, nunca en Isabela había llegado el mar a donde llegó”, asevera Fidel Morales Herrada, el presidente de la Zona de Defensa.

En la escuelita están terminando de montar el techo y las maestras entusiasmadas porque “el acto de reinicio del curso escolar del municipio será aquí”. En la posta médica, “una de las mejores de Cuba”, reina tanto sosiego que inquieta dentro de este amasijo de tristezas. Allá en el atracadero, una mujer duerme con su esposo en el barco.

Los muelles permanecen rotos y los pescadores en la zozobra de que si nadie los arregla suspenden la pesca. “Aquí hay mucho déficit de trabajo, el puerto cerró hace mucho tiempo, hay que traer comida a casa, las ofrendas que el mar nos da, decimos. Vender su pescadito en la ciudad, sobrevivir”, comenta el amigo de Toledo Sariol, que ve sentado cómo le ponen las tejas a su casa, “la voy a vender y me voy, aquí de los hermanos solo quedo yo”.

Rafael, el esposo de Mariló, deja la casa “al pairo” y a su mujer con las botas de agua puestas, porque viene un Joven Club Móvil y el tiene que atenderlo, “para que los muchachos se entretengan un poco, que no merecen esto”.

Mario está en la esquina, comentando, maldiciendo y lamentándose, nos pregunta: “¿Y ustedes trajeron algo?” Sentí vergüenza. Pero no por ir a Isabela solo con mi libreta y la lente de Ismael, sino porque más adelante vi al hermano de Fernando “echando pa´lante”, salvando tablas, dando gracias porque hoy pudieron armar “el banco de carpintero y echar a andar la sierra eléctrica”.

“Esta pared la hicimos a serrucho, uno no se puede sentar a esperar. Es cierto que hay quien no pudo recuperar ni un clavo, pero ya lo tendrá. ¿Quieren agua fría, café?”, dijo quien solo tiene horcones de madera dura.

Isabela de Sagua, veinte días después del huracán Irma. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate.

La casa de Fernando se levanta. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate.

Isabela de Sagua, veinte días después del huracán Irma. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate.

Frente al hogar de Mariló, su historia personal. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate.

Isabela de Sagua, veinte días después del huracán Irma. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate.

El viernes 29 de septiembre comenzaron a entregar los colchones en Isabela de Sagua. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate.

Isabela de Sagua, veinte días después del huracán Irma. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate.

Isabela de Sagua, veinte días después del huracán Irma. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate.

Isabela de Sagua, veinte días después del huracán Irma. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate.

La mayoría de los isabelinos están durmiendo en tablones, la marea saló sus colchones. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate.

Isabela de Sagua, veinte días después del huracán Irma. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate.

Isabela de Sagua, veinte días después del huracán Irma. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate.

Isabela de Sagua, veinte días después del huracán Irma. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate.

Atravesamos Isabela, esquivando los escombros que aún pululan en sus calles. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate.

Isabela de Sagua, veinte días después del huracán Irma. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate.

Hay quien no pudo recuperar ni un clavo. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate.

Isabela de Sagua, veinte días después del huracán Irma. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate.

Todavía queda mucho escombro pesado que no se saca a palas. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate.

Isabela de Sagua, veinte días después del huracán Irma. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate.

Isabela de Sagua, veinte días después del huracán Irma. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate.

Isabela de Sagua, veinte días después del huracán Irma. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate.

El Caney, el restaurante más famoso de Isabela de Sagua. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate.

Los trabajadores de El Caney le devolverán la vida al restaurante que alegra la vida del pueblo. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate.

Los trabajadores de Gastronomía le devolverán la vida al restaurante que alegra el pueblo. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate.

Isabela de Sagua, veinte días después del huracán Irma. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate.

Isabela de Sagua, veinte días después del huracán Irma. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate.

Isabela de Sagua, veinte días después del huracán Irma. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate.

Rubén Toledo Sariol, testigo de cuatro huracanes. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate.

Isabela de Sagua, veinte días después del huracán Irma. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate.

“Cuando entramos después del ciclón, el lunes 11, apartábamos los televisores, las lavadoras, los colchones…”, describe Rodrigo Oscar. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate.

Isabela de Sagua, veinte días después del huracán Irma. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate.

Los muchachos del preuniversitario de Sagua vinieron a ayudar a sus compañeros afectados por el embate de “Irma”. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate.

Isabela de Sagua, veinte días después del huracán Irma. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate.

Isabela de Sagua, veinte días después del huracán Irma. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate.

Isabela de Sagua, veinte días después del huracán Irma. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate.

Los colchones escurrían sal y desidia a pie de calle. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate.

Isabela de Sagua, veinte días después del huracán Irma. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate.

Un isabelino “echando pa´lante”. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate.

Isabela de Sagua, veinte días después del huracán Irma. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate.

La Punta carece de suministro corriente de agua potable mucho antes del paso de “Irma”. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate.

Isabela de Sagua, veinte días después del huracán Irma. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate.

Creí encontrar el rastro de “Irma” y no sus ráfagas, imaginé que sus huellas estarían en el alma y no por doquier. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate.


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