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Viaje a la escuelita del sendero (+ Video)

Todos los días Adrián, Alejandro y Yordan llegan a la escuela sobre sus caballos. Foto: Edelvis Valido.

Todos los días Adrián, Alejandro y Yordan llegan a la escuela sobre sus caballos. Foto: Edelvis Valido.

Por Ortelio González Martínez 

Pa­ra llegar a la escuela rural multigrado Hermanos Saíz, en la zona de San­tana, del Consejo Popular Ma­rro­quí en Ciego de Ávila, no hay que cruzar grandes ríos ni sentir el suspiro de las nubes a la es­palda, pero uno sí debe transitar varios kilómetros por un sendero lla­no y angosto que lleva a los límites entre las provincias de Ciego de Ávila y Sanc­ti Spíritus.

La escuela se encuentra a más de 15 kilómetros de la cabecera municipal de Flo­rencia y aparece luego de recorrer un largo trayecto por un in­cómodo sendero que, a pesar de an­dar a bordo de un jeep, hace que se sienta como si anduviésemos a lo­mos de un mulo cerrero en lugar de en un automóvil de doble tracción.

La bandera cubana en lo alto del asta indica el sitio exacto. La escuelita está bien pintada, limpia y cuidadosamente ordenada. De un lado tres alumnos del primer ciclo (de primero a cuarto grados); del otro, seis del segundo ciclo (quinto y sexto grados); todos tienen sus historias, las cuales sorprenden al ser fiel reflejo de las transformaciones emprendidas en el sector educacional, no importa cuan intrincado esté el lugar.

Naisla Rodríguez Rodríguez, licenciada en Matemática, es una persona dulce y laboriosa. Eso percibo cuando veo la atención que le dedica a Keyler Javier Góngora Polanco, el niño de primer grado que viene to­dos los días desde dos kilómetros “más arriba”, o la paciencia con que le rectifica la lectura a Yoisel Ale­jan­dro Rodríguez, de tercer grado.

Naisla es como la mujer orquesta. De eso me doy cuenta cuando explica: “Es difícil porque son niños de grados y potencialidades diferentes y debes atenderlos casi a la misma vez para que estén ocupados y no pierdan el tiempo. Una de las características de estas escuelas es que todos los grados tienen que estar trabajando y tienes que volverte casi un mago, pero eso no es problema mayor cuando a una le gusta la profesión.

“Además, somos rigurosos en el cumplimiento del programa de clases, pues los exámenes que deben de vencer en nada difieren de los de otros centros. Mis niños salen tan bien preparados como los de cualquier otra escuela”.

Y da pruebas de lo que dice: “El pasado año tuve una alumna, Yelién Brito González, que ganó el concurso provincial de Ciencias naturales. Aquí también estudió Raciel Gon­zález Delgado, que ahora cursa una especialidad en la Escuela In­ter­ar­mas Antonio Maceo, en La Habana.

Claudia González Delgado, hermana de Raciel, dice que quiere ser doctora.

Yordan Sosa Venegas, Adrián Ac­os­ta Jiménez, ambos del sexto grado, y Alejandro Daniel Morera Machado, de quinto, todos los días deben recorrer varios kilómetros al lomo de los caballos, que dejan pastando a la ve­ra del camino, mientras ellos reciben las clases.

Adrián piensa que con varios niños juntos se aprende más. “Cuan­do ha­go las tareas y no sé algo, siempre hay quien me puede explicar”, comenta.

Mientras, la psicopedagoga Yas­nay Rodríguez Rodríguez, quien ati­en­de otras seis escuelas rurales, expresa que en un aula de este tipo está el estudiante adelantado, el promedio y el de bajo alcance, y a veces el alu­m­no no pregunta dudas al profesor por pena, pero le pregunta al compañero adelantado”.

María de los Ángeles Quiñones Ve­negas, directora del área rural B, opina que un niño solo puede aprender bien, pero que “los valores se forman y se perfilan en su relación con los demás. También mejoran la expresión oral, la participación en clases y la disciplina”.

Enildo González Carbonell, papá de Claudia y de Raciel es el presidente del Co­n­sejo de Padres de la escuela y aunque no siempre la participación de ellos es constante, por la lejanía, todos forman una gran familia que tiene co­mo principal objetivo elevar la calidad en el aprendizaje.

A diferencia de la ciudad, en estas escuelas multigrado, de las cuales en la provincia hay 37 con 10 o menos alumnos, los maestros se preparan para atender el programa de estudio de dos o más grados a la vez, junto a especialistas en Computación, Edu­cación Física o Inglés.

A todo ello también se suma el trabajo de la Organización de Pioneros José Martí, con todos sus movimientos.

En la tarde uno desanda el camino a la inversa, a bordo del mismo jeep encabritado y, entre evocaciones y re­­cuerdos, es imposible olvidar a Key­­ler, Yoisel, Danisbel, Claudia, Ale­­­jan­dro, Diannery, Adrián; a sus ma­es­tros, y uno piensa en la luz eléctrica que hace poco llegó a 34 hogares aislados de la zona, y en esa otra luz: la de la enseñanza, que ilumina hasta el último rincón del país.

Te das cuenta de que lo más difícil es el acceso, porque donde menos uno lo imagina están el pupitre, el maestro y el futuro.

Conozca la historia de Laura, única alumna de una escuela en la serranía:

(Tomado de Granma)