
Lázaro Guerra Hernández, director técnico de la Unión Eléctrica. Foto: Roberto Garaicoa/Cubadebate.
La primera vez que Lázaro escuchó hablar de voltios y amperaje, apenas caminaba. Sobre la mesa de la casa, por la alborada de los ochenta, yacía un radio abierto y desarmado, cuyas piezas diminutas se unían por una fina línea de cobre sobre una placa de resinas de fibra de vidrio.
No sabría descifrar, hasta tiempo después, aquel laberinto de palabras que nacían unas tras otras de la boca del padre, como galvanómetro o impedancia.
Fue en la Lenin, ya adolescente y con la certeza de que estaría unido a esta noble profesión durante toda la vida, que comenzó a descubrirla, como bien dice, técnicamente.
Mentalmente, aún Lázaro recorre los largos pasillos de la escuela.
“¡Eran seis unidades! ¡Yo estaba en la 4! En aquel entonces, se entraba por especialidades y la mía era la física. Siempre hubo mucha exigencia, pues no solo era el rigor normal de las clases: había que dar el facultativo, seminarios específicos en dependencia de la especialidad que siguieras.
“Teníamos los laboratorios y hacíamos bastantes prácticas. Como la física era muy afin con la electricidad y el magnetismo, atrapó mi atención. Allí recibí una excelente preparación y eso es algo que agradezco. Los profesores eran muy buenos.
“Cuando estudié en la Lenin, el tema me fue interesando cada vez más, sobre todo cuando fui descubriendo el mundo de la electrónica y la electricidad. Tanto, que al concluir el grado 12 estudié Ingeniería Eléctrica en la Cujae. Cuando comencé en la carrera, me sentí más identificado”.
De estudiante universitario a profesor
La carrera se estudia en el Cipel (Centro de Investigaciones y Pruebas Electroenergéticas), que está fuera del campo universitario.
Según Lázaro, esa circunstancia “permitió una mayor compenetración entre los propios eléctricos. Al estar junto al centro de investigaciones, la relación entre profesores e investigadores era muy cercana. Todo esto favorecía el ambiente de formación”.
Sobre aquellos años, cuenta que “siempre tuve muy buenas notas, sobre todo los tres primeros años. Aunque en cuarto y quinto fui secretario de la UJC de la facultad, siempre me mantuve con notas buenas y eso me permitió terminar con diploma de oro”.
A pesar de la complejidad de su carrera, Guerra Hernández reconoce que la excelente preparación en el IPVCE le allanó muchos caminos.
“Era amante de las ciencias exactas, y las asignaturas de letras, como Filosofía, fueron las que más me costaron. Las materias de ciencias fueron más sencillas para mí. Disfruté la carrera y, con la base que tenía, los primeros años de ciencias básicas no fueron tan difíciles”.
Su pasión por el conocimiento y la vocación de enseñar lo hicieron quedarse dando clases en la universidad que lo formó. “Me encanta dar clases. Cuando era estudiante, solía repasar mientras ayudaba a mis compañeros. Creo que desde ese momento me di cuenta de mi vocación. No me molestaba explicar a los demás y que me hicieran preguntas”.
Fue profesor en la Cujae durante nueve años, siempre vinculado a la investigación sobre sistemas eléctricos de potencia, lo que le permitió tener una estrecha relación con el Despacho Nacional de Cargas y el Ministerio de Energía y Minas, “ya que los trabajos que desarrollábamos en la universidad contribuían al organismo”.
El joven ingeniero confiesa que ese fue uno de los periodos de mayor exigencia en su vida.
“Siempre se aprende mucho al interactuar con los estudiantes, principalmente debido a la exigencia que implica estar frente a un aula. No es lo mismo saber algo que poder explicarlo. Al hacerlo, uno tiene que profundizar aún más. Cada vez que enseñas, estás sujeto al escrutinio diario de los estudiantes.
“Ser profesor te forma para toda la vida; sobre todo, porque te brinda la metodología para enfrentar problemas, lo cual me fue de gran ayuda posteriormente, en mi trabajo en el ministerio”.
A Lázaro le complace enormemente que sus antiguos estudiantes trabajen hoy en el mismo organismo. “Eso me llena de orgullo, me da mucha satisfacción. La profesión de maestro es muy hermosa y siempre deja una marca en uno. Los estudiantes siempre recuerdan a sus maestros con cariño, y aunque ahora no tengo casi tiempo para seguir ejerciéndola, es algo que respeto profundamente”.

Lázaro durante una conferencia en la Cujae.
El mundo apasionante de la ingeniería eléctrica
Conversar con el jefe técnico de la Unión Nacional Eléctrica (UNE) es como leer un buen libro de física, que su lenguaje y su vocación de magisterio, cercana a la divulgación popular, aclaran para los menos enterados.
Términos como tensión, carga y resistencia se despojan de su complejidad para convertirse en conceptos más simples y comprensibles.
“El ingeniero eléctrico debe tener muchos conocimientos, no solo en ciencias básicas, sino también en otras áreas de especialización. Por un lado, está la baja tensión, y por otro, el campo del sistema eléctrico de potencia, en el cual soy especialista. Normalmente, las personas se dedican a una cosa y no a otra, debido a las especificidades involucradas.
“El mundo de la electricidad es muy técnico, pero apasionante y con complejidades poco vistas. A diferencia del agua, por ejemplo, la electricidad no es visible, a menos que se mida. En la electricidad, no se valora la valentía irracional, todo lo contrario: aquel que más sabe es quien más se cuida y se protege.
“Lo primero que hago cuando trabajo con electricidad en mi casa es apagar el interruptor. ¿Para qué voy a trabajar con un enchufe conectado a la corriente? Los linieros que trabajan con la red activa tienen los equipos de protección, mientras que aquellos que realizan labores de mantenimiento generalmente lo hacen sin corriente para protegerse. Los accidentes ocurren debido a la negligencia y el exceso de confianza”.
El especialista profundiza en el caso del sistema eléctrico de potencia y menciona especialidades importantes, como las de quienes trabajan en la estabilidad del sistema, la generación y los transformadores.
“Por ejemplo, los despachadores tienen un amplio conocimiento sobre la estabilidad del sistema, cómo realizar transferencias de energía por las líneas, cómo se distribuyen las cargas y la capacidad transitoria. Estos son aspectos con los que he trabajado durante largo tiempo”.
Ser jefe técnico de la UNE implica enfrentar nuevos desafíos. “Desde mi posición, se atiende el desarrollo de la electricidad y se planifica a largo plazo. Aunque no lo creas, esto conlleva su propia complejidad, pero gracias a mi formación anterior y mi conocimiento sobre cómo opera el sistema, tengo una ventaja. No puedes hacer proyecciones que luego no se puedan llevar a cabo en la práctica.
“Siempre digo a los jóvenes que todo lo que uno aprende en la vida es útil. En este campo, nunca dejamos de aprender, ya que siempre surgen nuevas tecnologías y avances que debemos asumir. Por ejemplo, actualmente estamos llevando a cabo varias investigaciones sobre la integración de fuentes de energía renovable en el sistema eléctrico nacional.
“Dado que esta energía es muy variable, se están introduciendo elementos nuevos para garantizar su integración segura en el sistema. También estamos investigando cómo utilizar baterías para regular la frecuencia. Son cuestiones que aún se están investigando en todo el mundo”.
Antes de continuar con la explicación, el ingeniero hace una pausa. Mueve algunos papeles sobre la mesa y comienza a organizar diversos elementos de oficina, como si estuviera creando una pequeña maqueta.
“En nuestro caso, tenemos un sistema eléctrico pequeño en comparación con otros países, y al ser más pequeño, es más susceptible de ser menos robusto. Al integrar más energías renovables, se vuelven elementos más perturbables y es necesario buscar elementos que regulen el sistema.
“La electricidad básica es la misma, pero la tecnología se vuelve cada vez más avanzada. Me gusta trabajar con personas jóvenes, que son muy inteligentes y hábiles. Todas las investigaciones deben ser modeladas, ya que no se pueden realizar pruebas de estos aspectos en un sistema en funcionamiento como el SEN”.
Guerra Hernández reconoce que los operadores de sistema en Cuba hacen un trabajo excepcional, como pocos lo hacen en el mundo, ya que "tenemos sistemas de regulación muy debilitados y, por tanto, la responsabilidad recae en las operaciones realizadas por el hombre, el despachador”.
En su opinión, un despachador “es como un gran director de orquesta. Por un lado, tienes toda la generación, que son los carros que debes conducir por las autopistas (las líneas de transmisión), y su misión es llevar los autos al lugar correcto. En todo este proceso, debemos tener en cuenta los diferentes niveles de tensión. A medida que la corriente se acerca al consumidor, se va reduciendo esa tensión.
“Hay algo que muy pocas personas saben. La generación no puede ser anárquica, ya que hay un parámetro de balance que se debe mantener: la frecuencia. En el caso de Cuba y otros países de América Latina, es de 60 Hz”.
Este conocedor ha enfrentado momentos difíciles. “Los momentos más tensos en mi carrera han llegado cuando el sistema se ha caído. Esto ha ocurrido en algunas ocasiones debido al paso de ciclones y, en otras, por distintas causas. Cuando sucede, debemos ir restaurando el sistema área por área, e incluso es complejo el arranque de las unidades. Pero eso es parte del trabajo y uno debe asumirlo como tal”.
El desafío de los medios
El reto más novedoso para Lázaro ha sido la televisión. “Mira, realmente le huía. En las actuales circunstancias energéticas, me dieron la tarea de informar, pero la televisión no era algo que me gustara. Con el tiempo, uno le coge el truco. Al principio, recuerdo que intentaba aprenderme los informes de memoria, y tú me veías repitiéndolos una y otra vez antes de salir al aire.
“Recuerdo la primera Mesa Redonda a la que asistí, después del paso de un ciclón. Cuando terminó el programa, me dolía hasta la garganta, se me secó la boca.
“Creo que la responsabilidad de comunicar implica una gran carga y lo que uno dice repercute de manera sensible en la vida de las personas. Créeme, dar malas noticias no es agradable.
“Muchas personas me preguntan por qué siempre estoy serio; incluso, al dar los buenos días. Yo no creo poder anunciar un apagón con una sonrisa, no creo que pueda hacerlo. Hay que tener empatía y sensibilidad hacia nuestra población. Ninguno de nosotros está feliz con esta situación. En la UNE estamos para proveer de electricidad, no para quitarla”, comenta.
Aun así –añade–, “a diferencia de lo que algunos podrían pensar, a pesar de ser a veces portador de noticias poco alentadoras, la gente en la calle me trata con mucho cariño. Me saluda y me agradece lo que hago. En la calle nunca han sido agresivos conmigo”.
Lázaro es un hombre que cree y apuesta por el trabajo colectivo.
“Siento una gran admiración por todos mis compañeros”, dice justo antes de terminar la entrevista.
“Los linieros son el símbolo de los trabajadores eléctricos, las personas que todos identifican cuando hay un desastre natural o una interrupción. Ellos trabajan en cualquier momento y a menudo en condiciones muy difíciles”, afirma.
Y acto seguido destaca que también es muy justo reconocer a los compañeros de la EMCE [la Empresa de Mantenimiento de Centrales Eléctricas].
“Es una megafábrica responsable de nuestros mantenimientos. Y no podemos olvidar a quienes gestionan y dirigen las termoeléctricas, y a los despachadores, que, como decía anteriormente, son como los grandes maestros que conducen la orquesta.
“Y así, a cada uno de los más de 50 000 trabajadores, cada uno de los cuales merece reconocimiento. Yo soy uno de ellos. Sencillamente, no me veo sin ser eléctrico”.