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Los amores de la Avellaneda

Gertrudis Gómez de Avellaneda.

Nacida en la ciudad de Camagüey, Gertrudis Gómez de Avellaneda está considerada en España la más importante escritora de la lengua castellana de todo el siglo XIX. Sobresalió en el teatro y en la poesía lírica y se distinguió en la novela. No hay en el teatro español de su tiempo nada que pueda compararse a Baltasar. Manejaba con soltura el arte de la narración y sus novelas y leyendas se leen sin esfuerzo. De gran valor literario y humano son las cartas que escribió a sus amantes. Son misivas que dejan transparentar el carácter de la escritora.

Tuvo Tula Avellaneda amores tormentosos. Tuvo también amores desgraciados. Parece una mujer condenada a no ser feliz. Un amor adolescente le hizo vivir tristezas y desengaños. En Sevilla, en 1839 conocerá a Ignacio de Cepeda. Lo ve como el príncipe azul de un cuento de hadas. Hay, de inicio, una amistad romántica entre ambos. Él se presenta ante ella como una víctima del esplín (el tedio, el hastío) de los románticos y ella se rinde al imperio de esa tendencia melancólica. Cuaja la amistad en una relación amorosa, pero es hombre frío y calculador. Nada hay en su carácter que se avenga con los arrebatos pasionales de su pareja y sobreviene la ruptura.

La amistad entre ambos sin embargo no se interrumpe; se mantiene por cartas durante años y años, aun cuando ella, instalada en Madrid, gana la consideración del mundo literario. Es en esa ciudad, en 1844, cuando conoce al poeta sevillano Gabriel García Tassara, tres años más joven. Una ardorosa pasión arrebata a Tula y nace una niña que apenas vive siete meses y que Tassara no reconocerá como hija suya. Una de las cartas que la Avellaneda dirige al amante esquivo gira en torno a esa niña. La niña se muere y la madre, desesperada, pide a Tassara que vaya a verla. Le suplica y lo amenaza. Le dice que, si no acude a la cita, le arrojará el cuerpo de la niña, moribunda o muerta, en medio de sus queridas. No consta que el poeta visitara a la niña en trance de muerte, pero sí figura como su padre en la partida de defunción, lo que debe haber sido hecho con su anuencia.

Si Tassara no la ama, el diputado Pedro Sabater ama a la camagüeyana con locura. Pero está enfermo. Muere 80 días después del matrimonio, y su muerte provoca que la Avellaneda se recluya en un convento. Será por poco tiempo. En 1847 vuelve a empatarse con Cepeda. No duran mucho juntos en esta segunda ocasión, pero de nuevo vuelven las cartas entre ambos. Es una correspondencia que se extiende hasta 1854 cuando Cepeda contrae matrimonio con María de Córdova. Cepeda, que falleció en 1906, a los 90 años de edad, conservó con cuidado las cartas de Tula. Su viuda las publicó un año más tarde, sorprendida de que un hombre tan mediocre como su marido hubiera inspirado un amor tan desbordado.

En 1855 casa Gertrudis Gómez de Avellaneda con el coronel Domingo Verdugo. Está ella en la cúspide de la gloria literaria. El matrimonio se celebra en el Palacio Real y los reyes son los padrinos de la boda. En 1858 estrenará con gran pompa su drama Baltasar. Un mes antes del estreno de esa pieza subía a escena su drama Tres amores. Ocurrió entonces un incidente cómico y trágico a la vez. Cuando en la escena final uno de los personajes dice: “Que hay gato encerrado, señores…”, alguien, desde uno de los grillés, lanzó a la escena un gato vivo y la hilaridad fue tal que, a pesar de la presencia de los reyes, hubo que dar por terminada la función. Verdugo, indignado, se expresó en forma violenta contra el autor de esa burla, un tal Antonio Ribera. Al mes siguiente, tras el estreno triunfal de Baltasar, Ribera, con alevosía, agredió a puñaladas a Verdugo; agresión que lo puso al filo de la muerte y de la que nunca se restableció del todo. Murió en Cuba, víctima de la fiebre amarilla.

Volvió la poetisa a España. Hizo en el viaje de regreso escala en Nueva York. Visitó las cataratas del Niágara a fin de rendir tributo a su compatriota José María Heredia. Visitó Londres y París y tras residir en Madrid por corto tiempo se instaló en Sevilla, en busca quizás de un clima más benigno. Llevó una vida recogida y humilde, entregada a las obras de caridad y a la revisión de sus libros. La mujer tan aclamada por su poesía y su quehacer teatral, que gozara de la consideración de los reyes de España, moría triste, sola y abandonada. Su entierro pasó casi inadvertido. Solo seis escritores la acompañaron hasta su última morada. Pese a las gestiones del gobierno cubano sus restos no han podido ser traídos a Cuba.