“Tenemos 20 casos positivos en el hospital”, me dice la doctora Mylene Vázquez, directora del “Salvador Allende”. Pregunta por los pacientes, las quejas del personal de apoyo y de salud, la llegada del agua –intermitente, por horarios al día– para fregar el almuerzo. Por primera vez me doy cuenta de que el piyama lleva las iniciales del centro hospitalario: “HSA”.
El día 1 hablamos sobre el color con el cual uno suele asociar a los hospitales. “Verde”, coincidimos casi todos. Camila –nota discordante– dice que rojo, aunque, en un paneo a nuestro cuarto, por ejemplo, lo único que se encuentra en esa tonalidad son las luces de los ventiladores encendidos. Mientras tanto, verde son los colchones, la silla al borde de la litera es verde, en la esquina de la habitación hay dos mesas de noche verdes, nasobucos de tela verdes, el pulover de dormir de Rita, verde. “No me gusta verte así”, dice mi madre cuando le envío las primeras fotos vestidos del color de marras.

Andy y otros jóvenes que laboran como voluntarios en la Covadonga.
Si esta suerte de diario nace con el fin de cada jornada, mamá exige la misma frecuencia en reportes personalizados. Se preocupa porque el PCR nuestro lo hacen a la salida y no a la entrada, porque cualquiera puede ser asintomático, porque quizás tenga razón, aunque nosotros no nos alarmemos; se turba porque es madre y está lejos. Cuando me fui de la casa hacia “la caliente” –acepta– unas lágrimas la traicionaron. No la vi. Siempre se las arregla para estar sonriendo. Nada de llantos.
En la mesa de evoluciones, Pupo y Jorgito –futuros médicos– junto a los doctores residentes, Lissett y César, escriben sobre las nuevas altas. Más tarde, desde Facebook, Pupo publica: “El aislamiento nos enseñó que todos somos humanos y que nada es más bello que ver a un paciente partir después de saber que está sano”.
La doctora Silvita, vía Messenger desde el Instituto de Angiología, ubicado dentro de la misma Covadonga, me dice que “aunque la sala Echeverría es de sospechosos, los pacientes se tratan como si fueran positivos, hasta que quede demostrado lo contrario”.
Camila, por su parte, abre los ojos imitando la luna llena de esta noche, cuando se entera de que mañana toca limpiar el baño de los pacientes. El riesgo siempre está. Lo sabemos desde el primer momento. Aquí también hay que estar con la adarga al brazo.
“Yo nunca había dormido tanto en un hospital”, cuenta Alejandro. Rita vuelve al color prevaleciente de esta sala y dice que el verde da paz. Corre apenas el tercer día del voluntariado.

La Habana vista desde el Hospital Salvador Allende