
29 edición de la Feria Internacional del Libro. Foto: Irene Pérez/ Cubadebate.
Durante la realización de cada Feria del Libro o al terminar las mismas, aparecen diversas opiniones de forma descriptiva o analítica, tanto desde nuestro país como desde el extranjero, donde se cuestionan algunos elementos, principalmente el relacionado con la venta y el desarrollo de la feria en sí misma.
Para empezar, me dirigí a varias fuentes donde se responde la pregunta que da título al trabajo: ¿Qué es una feria? Como todas dicen más o menos lo mismo, utilizaré la que ofrece Ecured, nuestra enciclopedia colaborativa:
Feria:
Es un evento económico, social o cultural que puede estar establecido o ser temporal, y que puede tener lugar en sede fija o desarrollarse de forma ambulante. En un sentido general, una feria forma parte de una estrategia comercial de un sector determinado y, de alguna manera, es una exposición de la realidad del mismo.
Y la etimología de la palabra, que también ayuda a lo que voy a escribir, expresa: El cimiento de la palabra feria se remonta al latín antiguo fesiae o festivitas que significaba dies festi (días festivos).
O sea, una feria, es primero que todo, una fiesta y los días en que se realiza, son festivos. Así que cada cual irá a buscar lo que mejor relacione con su plan de vida.
Las ferias de libro, tienen también el componente de investigación, donde ya sea con los libreros, comercializadores de las obras, con los bibliotecarios, prestadores y facilitadores de ellas o con los teóricos sobre la literatura, el libro y la comunicación, los cuales conforman, el intercambio científico.
Después se incluyen las presentaciones de obras, el reconocimiento a autores y personalidades relacionados con este entorno de la creación literaria durante toda una vida.

Muestra de los libros más pequeños del mundo, en la 29 edición de la Feria Internacional del Libro. Foto: Abel Padrón Padilla/Cubadebate
Llegamos entonces al tema comercial, tan llevado y traído.
El autor o el investigador, presenta una obra y luego de ese acto, se ofrece su venta, acto que a veces puede tener tintes de lucha vital.
Hasta aquí ningún problema, más allá de algunas consideraciones de precio, donde para algunos cubanos puede ser alto y para algunos extranjeros, ser irrisorio, sin olvidar que el precio promedio de todo las obras vendidas en esta Feria que acaba de concluir en La Habana, sólo llegó a los ocho pesos, como se dijo en el acto de clausura.
No equivoquemos los necesarios eventos totalmente científicos que se realizan en el Palacio de las Convenciones de La Habana y en otros centros del país. Esos tienen un objetivo muy específico y, en mi opinión, no tienen nada que ver con los temas populares, más allá de lo que las referidas investigaciones puedan incidir en nuestras vidas.

29 edición de la Feria Internacional del Libro. Foto: Irene Pérez/ Cubadebate.
¿Y a qué va cada cuál a la feria?
Vuelvo al tema de que feria es etimológicamente, un día de fiesta, por tanto, ninguna de las opciones relacionadas con esta, puede ser mal mirada, aunque algunos puristas puedan pensar diferente.
Estas 29 veces, cada familia o persona individual, ha decidido qué hacer.
Para unos, es imprescindible conseguir unos libros que normalmente pueden no estar al alcance. Otros, muchas veces hombres, llevan a la familia, los dejan que entren al recinto ferial y se quedan fuera, bajo alguna sombra, aprovechando para adquirir un producto más para el cuerpo que para el espíritu: desde un pan con lechón, hasta una cajita con pollo o bistec.
Otros, fiesta al fin y al cabo, creen encontrar la oportunidad de encontrar un contacto relacional, que tampoco va a al intelecto, sino a la satisfacción también humana.
Más allá muchos encuentran la oportunidad de adquirir desde un borrador, hasta un bolígrafo, pasando por pizarritas, bolsas, marcadores y todo tipo de componentes de oficina que en el resto del año no encuentran o que a veces pueden obtener en rebaja.
Si estamos en una fiesta, ¿significa que algunas de esas expectativas, no precisamente literarias, rompen, empañan o dañan la festividad?
¿No es mejor acaso que esas “otras cosas” sean propiciadas por la oferta de un libro u otra acción cultural?
¿Por qué cada año en otras ferias, donde los objetivos son la música y otras expresiones culturales o conmemorativas de tradiciones y donde se ofrece cualquier cantidad de variantes vendibles, comestibles o “bebestibles”, no están en la mira de los críticos, como si el libro y la literatura tuvieran que estar ubicado en una urna y otro elemento festivo tendiera a dañarlo?
Medio millón de personas estuvieron en estos diez días entre La Cabaña y otras subsedes. Su motivo principal fue el libro. La forma de disfrute, variada por demás, la escogió cada cual, entonces, ¿dónde estuvo lo malo o lo criticable, más allá de lo que todos sabemos que puede ser mejorado, material y organizativamente?