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Esteban Llorach me volvió medio loco

Esteban Llorach, profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de la Habana. Foto: Habana Radio

Aquella tarde de noviembre nos dimos cuenta de que Esteban Llorach quería
volvernos locos. Cursábamos entonces el tercer año de la licenciatura en
Periodismo, y por recomendación de Jesús Arencibia, periodista y profesor
cercano, habíamos matriculado en la dichosa optativa “Taller de edición de
textos”, impartida por el señor medio calvo, regordete y de cuidada barba
blanca, que llegaría de un momento a otro para aplicarnos una pregunta escrita
con la complejidad de una prueba de ingreso.

“Asere, esto está de madre” y “No hay Dios que se lo aprenda”, eran los
comentarios previos a la llegada del profe Esteban, a quien nos habían
presentado como Premio Nacional de Edición, editor de un sinfín de libros
infanto-juveniles, prologuista de otros muchos, maestro de maestros…

En aquel momento, sin embargo, su figura era el suspenso casi seguro
abalanzándose sobre nosotros. La prueba, una de las dos evaluaciones del
curso, consistía en aprenderse (¡de memoria!) una lista larguísima de símbolos
─casi jeroglíficos─ para señalar en un texto cuándo “poner en negrita”,
“cambiar por mayúscula”, “añadir sangría”, “bajar párrafo”. Por si fuera poco,
había que dominar la norma editorial cubana de cabo a rabo, conocer las
partes de un libro y prepararse para alguna que otra sorpresa.

Cruzó el pasillo por fin, guayabera y pantalón, maleta en mano y con toda la
calma del mundo. De nada valieron los ruegos y las caras del gato de Shrek. “Todos los años hago el mismo examen. Si los otros grupos han podido, ¿cómo no van a poder ustedes?”.

El miedo no disminuyó... Se levantó de la silla, tomó una tiza y explicó, uno a uno, de memoria, cada símbolo del folleto. “¿Alguien se quedó con dudas?”. Silencio general. Menos tensión, quizás. Nos hizo dispersarnos y repartió los exámenes. Se sentó al frente del aula y empezamos a escribir…

─¡Vaya, flaco! ─me dijo, tras ojear la prueba recién entregada─, ¡y yo dudando
de ti porque tenías la gorrita para atrás! Viste, que no era tan difícil.
Si mal no recuerdo, todos aprobamos aquella prueba imposible.

24 de noviembre, dos años después

─¿Viste? Se murió Esteban Llorach ─me escribe Sheila por WhatsApp.
─¡No jodas! ¿Cuándo? ¿De qué?
─Lo dijeron ahora, en el noticiero del mediodía. Ni idea.
─¡Coñooo! Seguro de un infarto. No se veía tan mayor…

Abro el navegador para buscar los detalles de la noticia. La única referencia
hasta el momento ─2:30 p.m.─ no pertenece a un medio oficial. Reescribo los
términos, por si las moscas, y el resultado es invariable. Voy a la pestaña de
noticias. Lo mismo. Me decepciono y luego me resigno. Abro el enlace.

─Isquemia cerebral ─le confirmo minutos después─. No ha salido nada por la
prensa oficial todavía.

***

─¿En serio? ─se sorprende Naimy al ver mi estado anunciando la noticia. Me
recuerda que tenía pensando conversar con el profe para que la ayudara con
su tesis─. ¿Tú estuviste en su optativa? Era genial… aunque en su momento
no la valoramos. Ahora me hace falta una de sus clases. Hay cosas que he
olvidado.
─Pues yo si veo una línea viuda en un documento me traumatizo ─le escribo,
haciendo referencia a la línea de un párrafo que queda suelta y aparece en la
otra página, sola, seguida del espacio en blanco.
─Jaja, sí. De eso sí me acuerdo. Las líneas viudas…
“No se ve bien”, pienso cada vez que me topo con una mientras escribo la
tesis. Es uno de los trastornos perfeccionistas que permanecen de aquella
optativa. Uno de los tantos. Más de una vez, para burlarse de mis obsesiones
adquiridas, Sheila y Karina me han coreado: “¡Esteban Llorach, sal de ese
cuerpo!”

***

─¿Te dio clases? ─me pregunta Andy unas horas después de ver mi estado.
─Sí. Me dejó un legado de trastornos obsesivo-compulsivos a la hora de
escribir.
─¿Qué?
─Nada... Cosas de líneas viudas, tipografías, párrafos, márgenes… de diseño y
eso. Locuras de editores.
─Asere, tú que fuiste alumno de él y lo conociste, escribe una crónica o algo de
eso. Y vemos si se puede publicar o algo ─sugiere por mensaje de audio.
─Bueno, papa… ─le escribo─. Deja ver qué sale.
Enciendo la laptop. Abro el Word y pasa el tiempo. No sale nada todavía.

***

─¿Viste? Murió el profe Esteban ─me escribe Claudia Rafaela, a las doce y
pico de la noche, tras leer la noticia por fin publicada─. No se me ocurre otra cosa que escribirte. ¿Por qué no nos acostumbramos a la muerte?
─Porque uno nunca la espera… Intento escribir algo. No me sale (emoji con
cara de decepción)
─Tranquilo. Saldrá cuando toque… Lo recuerdo con una camisa azul, de unos
detalles hermosos. ¡Y esas guayaberas! Y así todo era un tipo sencillo, chico…

Pasamos un rato hablando de sus clases y de sus libros, y le cuento de aquella
vez que le dije que tenía un problema personal y me fui para un concierto de
rock. Nos acordamos de cuándo él preguntaba dónde iba mayúscula y dónde se ponía el número de página, y de aquella vez que explicó cómo se dividían las palabras al final del renglón: “Si vas dividir, por ejemplo, la palabra ridículo, no puede ser justo después del ridí-, porque la otra línea ¡no puede empezar con una palabrota!”.

***

Esta no es la crónica que esperaba escribir sobre Esteban Llorach. Me faltó
numerar cada uno de sus reconocimientos, cómo los obtuvo, cuánto le costó,
qué le motivaba. Solo que no lo sé. No sé si en realidad lo conocí o si me
correspondía escribir sobre él. No sé, ni siquiera, si alguien leerá esto. Aun así,
escribo. Abro el Word, aumento el tamaño de la fuente y vuelven a mí todas las
manías. Miro una gorra negra que apenas me pongo, porque está más que
gastada y ahora llevo el pelo largo. Me acuerdo del día en que le entregué la
prueba y trato de imaginar mi cara en aquel momento. Ya no soy el de la
gorrita.