La niña y el hombre del pulóver rojo

Lo vi allí, preocupado, con su mano derecha extendida hacia el cielo y la mirada puesta en el pasillo. Aguantaba el suero. Por momentos, cuando iba a salir le pedía a la señora —la que se ve al final de la fotografía— que le ayudara para darse un saltico hasta el Cuerpo de Guardia del Hospital Antonio Luaces Iraola, la tarde-noche fatídica del 11 de agosto pasado, cuando el ómnibus resbaló y fue a parar a la cuneta, con los seis neumáticos mirando al cielo y 44 personas atrapadas en su vientre.