
El equipo villaclareño que se coronó campeón por última vez. Foto: Marcelino Vázquez/ ACN.
En 2013 publiqué un artículo con el mismo título y abordando el mismo tema en Cubadebate. Era un artículo de tono más ligero, con el único objetivo de llamar la atención sobre la propuesta de Leopardos como apelativo o mascota del Villa Clara. Ahora, puesto que el debate se mantiene, he creído necesario volver al asunto. Esta puede considerarse una reescritura de aquel texto.
Desde hace ya unos años, se ha planteado un debate en torno al epíteto y la mascota que deben acompañar al equipo de pelota Villa Clara. Polémica que parece no llegar a un consenso, aunque algunos hayan dado el caso por cerrado.
Ha sido muy fácil para algunas provincias asumir nuevas mascotas en lo que parece ser una nueva etapa de nuestro pasatiempo nacional.
Sin traumas aparentes, al cambiar su cara el equipo de Matanzas olvidó sus tradicionales Henequeneros y Citricultores que antes colmaran de aficionados sus estadios y de gloria a su afición, para pasar a ser Cocodrilos.
Industriales, a pesar de todos los campeonatos acumulados con su prestigioso nombre, reforzó su estandarte con un león azul: quimera del color de sus ascendientes Almendares y de la mascota del antiguo Habana de la pelota profesional cubana.
Así también Cienfuegos, que al independizarse de Las Villas había asumido la condición de Camaroneros, tuvo a bien sustituir esta por la de Elefantes, en honor a otro de los clubes de nuestra abolida pelota profesional.
Para la contienda, Ciego de Ávila prefirió el tigre a la piña. Sancti Spíritus honró a su ídolo Owen Blandino, el Gallo de Cabaiguán, asumiendo el apelativo de Gallos. Los santiagueros se convirtieron en Avispas para dejar atrás los tradicionales sobrenombres de Mineros y Serranos. Los camagüeyanos, que habían sido Granjeros, más tarde se volvieron Toros.
Evidentemente, fue un fenómeno que se basó en identificarse con bautismos guerreros, desdeñando aquellos que se referían a las supuestas producciones agrícolas, pecuarias e industriales de cada región o provincia.
Mientras esto ocurría, Villa Clara, el equipo más consistente de la pelota cubana de los últimos cuarenta años, cargaba con el remoquete de Naranjas en alusión al color de sus uniformes. Pátina heredada de los equipos Las Villas en las anteriores series nacionales.
Así, con una ingenua naranja como símbolo, con un pegote redondo de hormigón pintado de anaranjado a la entrada de nuestro estadio,[1] se identificaba nuestro equipo a pesar de regalarnos más glorias que penas. Entonces unos cuantos decidimos buscarle al Villa Clara un nombre de batalla. Y cuál mejor, pensamos, que el de Leopardos, en honor a aquella mágica escuadra que representó a la ciudad de Santa Clara, capital de la ahora provincia, en la Liga Profesional Cubana durante las décadas de los veinte y los treinta.
Es cierto que existía también otro antecedente glorioso más reciente: aquellos Azucareros de las décadas del sesenta y del setenta que representaban como selección a la provincia de Las Villas.
Azucareros podía haber sido, y quizás con más derecho, el nuevo nombre de los espirituanos, pero ellos habían abrazado el término de Gallos. También Cienfuegos pudo nombrarse Azucareros, pero ya sabemos qué pasó.
“Naranjas”, “anaranjados” y a veces “naranjas explosivas”, tratando con este último término de darle un poco de violencia o ferocidad al cítrico, eran los términos que usaban los narradores deportivos de nuestra emisora provincial para referirse a la novena villaclareña.
Azucareros podía haber sido el sobrenombre del equipo de Villa Clara honrando a Silvio Montejo, Emilio Madrazo, Aniceto Montes de Oca, Pedro Jova y más de una decena de peloteros de esta zona que militaron en aquel glorioso team.
Pero de eso solo se acordaron algunos para responder contra los que habíamos preferido el alias de Leopardos.
¿Azucareros o Leopardos? ¿Leopardos o Azucareros? Los dos nombres se identifican con la historia de la pelota en nuestra provincia. Naranjas no. Si alguna vez los defensores del término de leopardos hemos mencionado la ausencia de identidad ha sido con relación al sobrenombre y a la mascota de “la naranja”. Aunque en alguna ocasión alguien haya pretendido desvirtuar este argumento descontextualizando la idea.
La historia de nuestros Azucareros es más reciente en nuestra memoria, pero no debemos dejar de recordarla, de mencionar los nombres de los tremendos peloteros que nos llenaron de alegría defendiendo ese estandarte. Hay muchos jóvenes aficionados que no vieron esa pelota y deben saber cómo y quiénes la jugaban.
Los Leopardos de Santa Clara, más lejos en la historia, también merecen respeto y recordación. Baste decir que en sus filas militaba un pilongo que para muchos es el más grande jugador cubano que ha pisado la grama de un terreno de beisbol: Alejandro Oms, el Caballero. También el caibarienense Champion Mesa; el legendario José de la Caridad Méndez, el Diamante Negro; y El Inmortal Martín Dihigo.
Los Leopardos de Santa Clara no merecen el olvido. Mucho menos el desdén o la falta de respeto. Ya de eso se encargó en su momento el tirano Gerardo Machado, el Asno con Garras, al calificarles como “una tralla de negros borrachos”.
¿Azucareros o Leopardos? ¿Leopardos o Azucareros? Son, más que sobrenombres, íconos de identidad patria. ¿Azucareros o Leopardos? ¿Leopardos o Azucareros? Dos diamantes de la corona de esa gloria de Cuba que es la pelota.
Algún día nuestros nuevos Azucareros saldrán a la grama del Sandino (¿por qué no Estadio Alejandro Oms?) apoyados por la mascota de un Leopardo. O quizás, nuestros resucitados Leopardos se lancen al terreno al sonido del pitazo de un central y con un mar de cañas alzándose desde la gradas en señal de apoyo.
Nota:
[1] Ícono que aún permanece, aunque hay una extensa cola de candidatos que se discuten el honor del primer mandarriazo demoledor.