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Cambio de tiempo (+ Fotos y Video)

Teresita Fernández. Foto: Archivo de Marta Valdés/ Cortesía del Museo de la Música.

Teresita Fernández. Foto: Archivo de Marta Valdés/ Cortesía del Museo de la Música.

A veces las frases hechas que aceptamos sin más ni más, recobran su sentido literal. En más de una ocasión, a lo largo de esas seis décadas de cantos y guitarreos, de enjundiosos discursos sin tribuna ni pódium, cara a cara, de sillón a sillón, que prodigó al semejante fuera quien fuera a su paso por esta vida, Teresita Fernández hizo, de lo que estoy afirmando, un hecho contundente.

Cambio de tiempo fue en mi vida –y me consta que también lo fue en las vidas de quienes experimentamos sus primeras sacudidas-, la llegada de una voz, un temperamento y una empuñadura de guitarra como los que trajeron, en 1965, aquellos dos primeros recitales suyos en la pequeña Sala Arlequín de La Rampa y su posterior presentación en los muy selectos lunes de Bellas Artes.

Todavía no había hechizado a grandes y pequeños con el universo particular que todos y cada uno de nosotros llevaría consigo en lo adelante, porque pasó por tradición entonada de una a otra generación. Ni una enredadera, ni un trasto abandonado, ni un bichito diminuto siquiera, poblaban la palangana de oro que volteó sobre nosotros, adultos asombrados, de edades tan diversas con aquellas canciones de amor, más bien parábolas de una biblia que debe haber estado empeñada en escribir por aquel entonces.

Cuánto me llegaron sus acordes mayores y menores con tres dedos simples, sus ademanes con la mano derecha que no rasgueaba ni arpegiaba ni desglosaba sonidos sino que parecía argumentar razones sagradas para meterse en las vidas de los millones que la fuimos queriendo y hoy, sin remedio, entramos a venerarla para que siga durando como lo merece.

Me pregunto sobre qué estrellas de la noche habanera se habrán trepado aquellas canciones como la que empezaba diciendo, en un temblor, “me has dicho que me quieres” y que, más adelante, se arremolinaba (“no puede haber soledad”) hacia arriba, como un tirabuzón para dejarnos sin aliento, respirando a su ritmo y a su aire, frases salteadas que escucho dentro de mi cabeza ahora mismo, frases entrecortadas por esas nubes que se meten en la memoria y hacen sombra a la palabra (no así al revivir del canto emocionado). Absolutamente nadie antes que ella, nos había cantado así.

Todavía no había señales, ni un guiño siquiera, de ese brebaje mágico que nos dio a paladear para que en lo adelante, cada vez que se nos ocurriera, consiguiéramos volver a ser niños. Muchas personas, en la infancia, sólo habíamos dispuesto de la pájara pinta, el mirunflí o aquel canto del marinero que, con tal de que lo sacaran del agua y por no ahogarse, estaba dispuesto a entregar todo su oro y su plata y su mujer por esclava (¡sí, sí!), y  empezamos a tener una ronda propia que nos hizo tomar conciencia del mundo que teníamos pegado a las narices, sin lobos ni serpientes, sin yerbajos venenosos, colocado por obra de Dios en la Isla más hermosa del mundo, donde el puesto de hada, vacante desde las primeras matanzas a nuestros aborígenes y tachado con plumón indeleble desde el día que arribaron a nuestras dolidas costas los primeros seres esclavizados, pasó a ser ocupado por una maestra que canta. Nuevo cambio de tiempo, inesperado y salvador, para el archipiélago entero.

Aquella rebeldía de hierro, aquella atronadora salva que en tiempos en que nada parecía poder protegernos de la mala voluntad que amenazaba con ademanes sutiles o francamente groseros la dimensión espiritual alcanzada gracias a la fe en nosotros mismos, nos convocó a acercarnos, cuerpo a cuerpo, todos los domingos de la vida, para oxigenar el alma bajo las ramas de un bosquecito de yagrumas. Desde allí, acompañada de un par de cómplices fervientes*, de pie con su guitarra, al cuello un collar de semillas, acaso engarzado para ella en acción de gracias por manos agradecidas, Teresita Fernández se declaró juglar y se puso a soplar para todos lados, como quien juega a la gallinita ciega, un viento mágico capaz de volvernos ángeles y, con la fuerza de la cruz que siempre tuvo a la vista, sobre el cuerpo o en el mismo centro del corazón, atontar a los diablillos sonsos que pululaban en el ambiente de aquel entonces. Así tuvimos a mano una especie de espanta-demonios a cuyo amparo quien más y quien menos, alguna vez, fue a guarecerse. Linda tropa, invencible, armó –ya sabemos—acopiando pedacitos de cosas feas, con la sola voluntad de borrar de este mundo el flagelo del abandono.

El lunes 11 de noviembre de 2013 amanecimos con la ¿noticia? de que Teresita se había ¿marchado de este mundo?, que Teresita había ¿dejado de existir? Qué manera de resultar inútil el vocabulario. Qué manera de no figurar en el más abarcador o sofisticado diccionario un monosílabo, una palabra esdrújula, una pista capaz de validar esa extraña realidad que no nos queda otro remedio que admitir mirándonos a los ojos antes de abrazarnos, bajando la cabeza o elevando la mirada ¿en soledad? sin escatimar temblores de voz y cosquilleos en el corazón, sin mover un dedo para secar esa lágrima voluntariosa que cae, o pestañar para esconderla. Vamos a tener que convocar a la Maestra para que nos aclare qué es lo que ha pasado en realidad. O desempolvar la frase hecha y confundirnos en un voto de amor y fe con el compromiso de eternizar su legado a la luz de este irremediable, aleccionador, cambio de tiempo.

Almendares, 17 de noviembre de 2013

*El poeta Francisco Garzón Céspedes y el crítico Carlos Espinosa.

Teresita Fernández. Foto: Archivo de Marta Valdés/ Cortesía del Museo de la Música.

Teresita Fernández en la Peña de los Juglares. Foto: Víctor Casaus.

En Video, Teresita Fernández intepreta «No puede haber soledad» en el Centro Pablo