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Maestro Portillo, ¿cómo decirle adiós? (+ Video)

César Portillo de la Luz

César Portillo de la Luz

Anoche mismo pensaba en él mientras escuchaba la versión que nos regalaba Ivette Cepeda, de su Canción de un Festival. Recuerdo claramente la impresión que recibí cuando Elena la estrenó, Estábamos en 1963, convocados por el amoroso y quijotesco empeño de Odilio Urfé de mostrar en escena cada año, abarcando el folklore y el Teatro Vernáculo, encarnadas en sus más representativos intérpretes, toda la gama de expresiones de nuestra música popular. Era un año muy especial en lo que respecta a la canción porque un grupo de autores fuimos invitados a componer obras especialmente creadas para estrenarse en un concierto programado para dicho Festival. Cincuenta años se están cumpliendo, de aquella entrega de César Portillo de la Luz en cuya letra comienzan a aparecer, más allá de la amplia gama de sentimientos y conflictos humanos que suelen entretejerse a la manera de aplicaciones de crochet en una y otra y otra canción, elementos que forman parte del mundo de afuera. La costumbre a veces traiciona; a estas alturas resultan familiares aquellas frases: “y volver a caminar las calles que un día paseamos / y volver a sentarme en los parques donde te besé”. Pensemos de nuevo que estábamos en 1963; un discurso renovador, más allá del tono estrictamente coloquial, estaba a punto de romper el cascarón y Portillo, el intuitivo y jocoso autor de aquel chachachá de finales de los cincuenta cuyo ritmo declara sabrosón “en las cuatro estaciones del año / y en las cinco, si hubiera una más”, se lanza al ruedo con una canción romántica a todo dar, que con un cierto tonillo punzante titula (quien sabe si pudoroso por haber respondido con ella a un encargo) Canción de un Festival. Una canción eminentemente concebida para cantarse a gusto, es decir, sin sujetarla a un ritmo marcado o –como suele decirse en el argot de los músicos, ad libitum.

No había circulado todavía la primera Teresita; tampoco el primer Silvio. Los más jóvenes andábamos revolviéndonos por dentro en busca de un lenguaje que impidiera el estancamiento musical y que, en el campo del texto, abriera un poco o un mucho las ventanas, oxigenara los puntos de vista sin caer en el discurso chato de un pretendido “reflejo de la realidad”. Portillo marcaba el paso. Yo misma bebí en su fuente cuando, ese mismo año, compuse una canción que me hizo marcar la diferencia en el panorama de mi propio quehacer (“vuelve para hablarnos en las cosas más sencillas, como el árbol, el camino”) y desde entonces, más que nunca, me sentí deudora suya.

Sin apenas moverse del paisaje donde nació, creció y permaneció hasta el último día de su vida terrenal, César Portillo de la Luz irradió una señal prodigiosa. Probablemente no haya sitio en este planeta donde no se haya hecho sonar alguna vez una de sus melodías. Poderoso, atronador, reinará para siempre a través de las almas memoriosas, en los cuatro puntos cardinales ( y en los cinco, si hubiera uno más).

Descanse en paz, Maestro. Un abrazo.

Almendares, 5 de mayo de 2013

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